Hace poco me pregunté cuánto tiempo de mi vida he dedicado a actividades que, vistas desde afuera, podrían parecer una completa pérdida de tiempo: leer una novela un domingo por la tarde, ver una película y seguir pensando en ella varios días después, quedarme en silencio frente a una pregunta sin sentir la obligación de responderla de inmediato.

Vivimos en una época incómoda para ese tipo de cosas. Todo parece tener que demostrar su utilidad. Si leemos, que sea para aprender una habilidad; si hacemos ejercicio, que sirva para aumentar nuestra productividad; si descansamos, que nos sea útil para rendir mejor al día siguiente. Incluso el ocio necesitamos justificarlo. Descansar porque sí parece casi un acto de rebeldía. Y sin embargo, mientras más años llevo haciendo clases, más convencida estoy de que algunas de las experiencias que más nos transforman son precisamente las que no tienen un objetivo inmediato.

Soy profesora de lenguaje de hombres adultos privados de libertad. Durante mis inicios como docente pensaba que mi trabajo consistía en enseñar contenidos. Por supuesto que eso forma parte de mi labor, pero con los años entendí que la verdadera enseñanza suele ocurrir en la espontaneidad de una conversación, de una pregunta o de una experiencia contada por algunos de mis estudiantes.

He visto como un cuento de apenas dos páginas termina provocando una discusión mucho más profunda que una clase completa. Estudiantes que se han quedado pensando en el comportamiento de un personaje como si estuvieran hablando de alguien conocido. También personas que cambian de opinión durante una conversación porque se dieron el tiempo de escuchar. Esos momentos nunca aparecen en las estadísticas, no figuran en los indicadores de aprendizaje, no se pueden medir, y sin embargo, son los que más recuerdo cuando termina el año académico.

La palabra "productividad" se ha convertido casi en una virtud moral. Si un día no hicimos suficientes cosas sentimos culpa.

Vivimos obsesionados con avanzar. Hay que cumplir metas y alcanzar objetivos para optimizar el tiempo. La palabra "productividad" se ha convertido casi en una virtud moral. Si un día no hicimos suficientes cosas sentimos culpa, pero pocas veces nos detenemos a pensar si todo esto nos está ayudando realmente a vivir mejor.

Hace un tiempo les pregunté a mis estudiantes qué libros recordaban de su vida. Hablaron de personajes, de historias, de frases que todavía los acompañaban años después. Algunos ni siquiera recordaban el título del libro pero sí la sensación que les había dejado. Eso me hizo pensar que la memoria funciona de una manera muy distinta a la lógica de la productividad. No recordamos todo lo que hicimos, sino aquello que nos movió por dentro. Quizás por eso la literatura sigue siendo necesaria incluso en un mundo donde todo parece resumirse en videos de un minuto y respuestas instantáneas.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Con los años también aprendí a valorar el silencio. Al principio de mi carrera sentía que debía llenar cada minuto de la clase. Explicar, ejemplificar, preguntar otra vez. Hoy ya no. A veces hago una pregunta y espero. Al principio, ese silencio incomoda. Después ocurre algo interesante: alguien se atreve a pensar antes de hablar. No responde para salir del paso. Vivimos acelerados, pero no más conscientes. Estamos conectados con todo el mundo y a cada rato, consumimos información durante horas pero dedicamos muy poco tiempo a procesarla. Nos hemos acostumbrado a reaccionar antes de reflexionar. Quizás por eso me preocupa que estemos enseñando a valorar solamente aquello que puede medirse. ¿Cómo se mide la capacidad de escuchar? ¿Cómo se evalúa la empatía? ¿Cómo me doy cuenta del momento exacto en que una idea cambia la forma en que una persona entiende el mundo? Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un certificado de notas, pero terminan acompañándonos durante toda la vida.

Mientras tanto seguiré creyendo que una buena conversación alrededor de un libro nunca es tiempo perdido. Que una pregunta sin respuesta inmediata puede ser más valiosa que una explicación perfecta y que detenerse a pensar en un mundo que nos exige correr todo el tiempo, es una forma silenciosa de resistencia. Quizás lo contrario de perder el tiempo es justo permitirnos vivir y disfrutar momentos que no producen nada visible pero que casi sin darnos cuenta terminan cambiando nuestro mundo interior.

Ericka Valenzuela Pizarro — Profesora de Lenguaje, especialista en educación en contextos de encierro, escritora aficionada, lectora desde siempre, amante de los animales (en especial de los gatos) y de las plantas. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.