Esta mañana, mientras tomaba café y veía amanecer, me sorprendí preguntándome algo que probablemente muchas personas diagnosticadas en la adultez se han preguntado alguna vez: si hubiera sabido que soy autista y de altas capacidades, ¿habría hecho las cosas de manera diferente? ¿Habría sido otra persona?
Casi de inmediato apareció mi parte lógica para responderme:
—Melina, esa es una pregunta sin sentido.
Y tenía razón. No existe una máquina del tiempo que me permita comprobarlo. No hay manera de volver atrás y comparar versiones de una misma historia. Sin embargo, la imaginación suele ser más rápida y persuasiva que la lógica, y antes de que pudiera detenerla, una serie de escenas alternativas ya estaban desplegándose en mi mente como una película con un guion ligeramente diferente.
Sin embargo, no se puede desconocer que todas aquellas experiencias son las que van edificando nuestra forma de ser, que nos permiten ir aprendiendo no solo a enfrentar los retos que van emergiendo, sino a ir moldeando las habilidades y talentos que, muchas veces, ni sabíamos que teníamos.
Durante unos minutos me permití fantasear con una versión alternativa de mi historia. Una donde alguien hubiera entendido antes por qué me sentía distinta. Una donde ciertas exigencias no hubieran resultado tan abrumadoras. Una donde algunos episodios de mi vida hubieran estado acompañados de una comprensión que entonces no existía.
Doy otro sorbo de café: ya está frío. Estamos en invierno y sospecho que la soledad pesa un poco más durante esta época del año. Tal vez por eso la mente se vuelve especialmente hábil para viajar hacia los "y si…".
Autismo y altas capacidades. ¿Quién iba a decirlo? Durante buena parte de mi vida caminé sin saber que esas dos palabras explicaban mucho de lo que me pasaba.
Y quizás ahí está la verdadera diferencia entre un diagnóstico temprano y uno tardío: no es lo que sabes, sino lo que podrías haberte ahorrado en confusión, en culpa, en horas de tratar de encajar en un molde que no estaba hecho para ti.
Recuerdo una tarde en la que salí a caminar con mi mejor amiga y me preguntó:
—¿Qué se siente ser diferente?
La miré y le dije: —¿Diferente?
—Sí. Lo digo por lo de tu condición.
Me quedé en silencio mientras pensaba en qué responder. Ella chasqueó los dedos y el sonido me sobresaltó. La miré y le dije: la verdad no creo que sienta nada en particular. Si tuviera superpoderes, sería más fácil sentirse diferente. Pero mi vida es bastante normal. Me levanto, trabajo, me frustro, me río, me equivoco y vuelvo a empezar. Tal vez la diferencia sea que mi cerebro procesa las cosas de una forma distinta, como si tuviera un sistema operativo diferente al de la mayoría. A veces eso es una ventaja. A veces es un lío.
Mi amiga miró hacia el cielo y dijo: —Podría ser. Tú eres más directa al hablar, mientras que yo me pierdo buscando la forma más linda de decir lo que pienso. —Se rio y agregó—: Mejor vamos a comer algo, que ya me dio hambre.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Tomo otro sorbo de café y regreso a mis pensamientos. No creo que un diagnóstico temprano me hubiera evitado todos los sinsabores que he vivido. Tampoco estoy convencida de que hubiera transformado mi personalidad. Pero sí creo que me habría dado algo valioso: un marco de referencia. Una forma de entender que no estaba rota; simplemente estaba armada de otro modo.
Mi existencia sigue siendo imperfecta. Continúo equivocándome, dudando, sintiendo miedo ante la incertidumbre y enfrentando desafíos que no van a desaparecer por tener un diagnóstico. La diferencia es que ahora tengo una brújula que antes no tenía. Y con ella puedo orientarme mejor, aunque el camino siga siendo sinuoso.
Yo reconozco que muchas veces no he sentido miedo ante los cambios sino pánico. Mi sistema nervioso es experto en detectarlos, como si estuviera en el filo de un abismo, y no ha sido fácil enseñarle a mi cuerpo y a mi mente que no todo cambio es una amenaza. Sin embargo, con el paso del tiempo, he aprendido a convivir con esa sensación de alerta, a reconocerla, a respirar un poco más profundo antes de reaccionar, y a recordarme que, la mayoría de las veces, el abismo es más pequeño de lo que parece.
A estas alturas, para muchas personas no es un secreto que a nuestra mente le encanta jugarnos malas pasadas, y muchas veces caemos en sus juegos, que no siempre son fáciles de detectar. En mi caso, mi mente suele susurrarme con mucha frecuencia que no soy lo suficientemente buena, que los demás lo hacen mejor o que debería haber actuado de otra manera. Pero ahora, con el diagnóstico como linterna, puedo mirar esas voces y decirles: "Ya sé de dónde vienen." No siempre logro callarlas, pero al menos las reconozco como lo que son: ecos de una historia que ahora tiene más contexto.
Así es como he aprendido a mirar mi miedo como si fuera un amigo al que, de vez en cuando, invito a contemplar uno que otro atardecer y a hacer un balance tanto de lo vivido como de lo que deseo vivir. Porque si hay algo que este camino me ha enseñado, es que la vida no se trata de eliminar el miedo, sino de aprender a caminar con él.
Fijo mi mirada en el horizonte y me pregunto cuántas personas más estarán haciendo exactamente lo mismo que yo: enfrentando sus miedos y revisando alternativas de sí mismas, preguntándose qué habría pasado si hubieran sabido antes. Y quizás la respuesta no esté en lo que habría sido, sino en lo que todavía puede ser.