Llegó a la consulta con una frase que no olvidé: "no quiero hacerle nada, solo quiero que le vaya muy mal." Lo dijo sin dramatismo, casi en tono conversacional, como quien describe el tiempo. Y en esa economía de palabras estaba todo, la traición, la herida, el deseo que avergüenza un poco decirlo en voz alta, y también algo de alivio por haberlo dicho.

Su pareja la había engañado. No una vez, sino que durante meses, con alguien que ambos conocían. La traición tenía la forma completa: la mentira sostenida, la doble vida, la intimidad compartida con quien no debía. Cuando se enteró, la estructura de los últimos años se reorganizó de golpe — cada viaje, excusa, momento de distancia adquirió un significado retroactivo que no había tenido antes. El presente y el pasado cambiaron al mismo tiempo.

Lo que la trajo a la consulta no era el dolor. El dolor lo sabía manejar, o al menos sabía que se manejaría con el tiempo. Lo que la desconcertaba era el deseo. Quería que a él le fuera mal. Quería que sufriera. Quería, con una intensidad que le parecía casi pudorosa, que lo que le había hecho a ella tuviera consecuencias. Y no sabía qué hacer con eso.

Lo que la cultura terapéutica se apura en clasificar

La cultura terapéutica contemporánea tiene una relación incómoda con la venganza. La clasifica rápidamente como una emoción secundaria — algo que encubre el dolor real, algo que hay que "soltar" cuanto antes para poder sanar, algo que revela que uno todavía no ha hecho el trabajo interior necesario. El perdón aparece como la meta, el horizonte hacia el que hay que moverse, el indicador de que uno ha madurado lo suficiente como para dejar de necesitar que el otro pague.

Hay algo verdadero en eso. Y hay también algo que simplifica demasiado.

Martha Nussbaum, la filósofa que más rigurosamente ha estudiado la rabia y la venganza, hace una distinción que me parece indispensable. Separa la venganza propiamente tal — el deseo de que el otro sufra en proporción al daño que causó — de lo que ella llama la rabia transicional: la rabia que no busca retaliación sino reconocimiento. La rabia que dice "lo que me hiciste estuvo mal" sin necesariamente exigir que el mundo se reorganice para castigarlo. Esa rabia, dice Nussbaum, no es solo legítima. Es necesaria. Es la respuesta honesta de alguien que tomó en serio el vínculo y que no está dispuesto a fingir que la traición no ocurrió.

Mi paciente no quería hacerle nada. Quería que las consecuencias existieran. Que el universo moral en el que ella vivía — donde las traiciones tienen peso, donde mentir durante meses a alguien que te ama tiene un costo — siguiera siendo real. Lo que su deseo de venganza protegía no era el odio sino la justicia. Una noción muy básica y humana de que las cosas deben tener consecuencias.

Estamos diseñados para vengar. La posibilidad de la venganza disuade: señala que la traición no es gratuita.

El diseño y la trampa mimética

Michael McCullough, el psicólogo que estudió la evolución de la venganza y el perdón como mecanismos adaptativos, llegó a una conclusión que incomoda a quienes prefieren una visión más edificante de la naturaleza humana: estamos diseñados para vengar. Específicamente, como respuesta funcional que cumple un propósito social real. La posibilidad de la venganza disuade. Señala que la traición no es gratuita, que las normas del vínculo tienen dientes. Sin esa señal, el costo de traicionar sería demasiado bajo.

Esto no convierte la venganza en una virtud. Convierte el deseo de venganza en algo comprensible — en una respuesta que tiene su lógica, su historia evolutiva, su función. Condenarla moralmente antes de entenderla es perder algo.

Lo que me interesa de mi paciente no es si su deseo era "bueno" o "malo". Es lo que ese deseo revelaba sobre ella. Sobre quién era cuando el dolor era máximo y las capas de socialización se adelgazaban. La venganza, en ese estado, no era su peor versión, era una de sus versiones más honestas. La que no tenía paciencia para el protocolo del perdón prematuro ni para la performance de la sanación acelerada.

René Girard describió algo que va más lejos y que me parece más oscuro: el deseo de venganza es mimético. Se contagia. Se retroalimenta. La lógica de la retaliación escala por su propia naturaleza — lo que empezó como una respuesta proporcional al daño recibido tiende a crecer, a buscar una justicia que siempre se siente insuficiente, a no encontrar nunca el punto en que el sufrimiento del otro iguala al propio. Porque nunca lo iguala. La venganza ejecutada casi nunca produce lo que prometía producir.

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Mi paciente lo sabía, aunque no en esos términos. Sabía que hacerle algo a su ex pareja no la aliviaría de verdad. Que verlo sufrir no devolvería los meses de mentira ni reconstruiría la confianza destruida. Que el vacío que sentía no tenía una forma hueca a llenar con el sufrimiento de él. Era otro tipo de vacío, más difícil de nombrar, que tenía que ver con el tiempo perdido y con la imagen de sí misma que la traición había dañado tanto como el amor.

Eso es lo que la traición íntima hace que ninguna otra herida hace de la misma manera: no solo daña el vínculo con el otro sino la imagen propia. La pregunta que emerge debajo del deseo de venganza no es solo ¿cómo pudo hacerme esto? Es ¿cómo no lo vi? ¿Qué dice de mí que confié en alguien que me mintió durante meses? ¿Qué parte de eso creí porque quería creerlo?

Esas preguntas son más difíciles de sostener que el deseo de venganza. Y quizás por eso el deseo de venganza tiene tanta energía, porque mientras está activo, posterga las preguntas más incómodas. La rabia hacia afuera protege temporalmente de la rabia hacia adentro.

El reconocimiento que la venganza no puede dar

Kohut, el psicoanalista que describió con más precisión la rabia narcisista, señalaba que la traición íntima produce un daño específico: el daño a la imagen del self. No solo duele el hecho de la traición, duele la revelación de que algo en la imagen que uno tenía de sí mismo, de la relación, del otro, era falso. Y ese tipo de daño genera una rabia particular, la del que quiere restaurar algo que se rompió y que no sabe si puede restaurarse.

El deseo de venganza, leído así, no es solo deseo de que el otro sufra. Es deseo de que la imagen dañada sea reconocida como dañada. De que el mundo confirme que lo que ocurrió fue real, grave, tuvo el peso que sintió. Que no fue exagerada ni susceptible ni incapaz de manejar las imperfecciones de una relación. Que lo que le hicieron fue, objetivamente, una traición.

Eso es lo que muchas veces se pide cuando se pide venganza: no retaliación sino reconocimiento. El problema es que el reconocimiento nunca llega desde la venganza. Llega, si es que llega, desde otro lugar.

Con el tiempo, lo que fue cambiando en mi paciente no fue que dejara de querer que le fuera mal a su ex. Fue que eso dejó de ser lo central. Su atención fue moviéndose, gradualmente, desde él hacia ella. Desde lo que él merecía hacia lo que ella quería construir. Desde el deseo de que su historia tuviera un final justo hacia el deseo de que su propia historia continuara de una manera que valiera la pena.

No llamaría a eso perdón, al menos no todavía. Lo llamaría algo más modesto y más real: el momento en que el deseo de venganza dejó de ocupar el centro, no porque hubiera sido resuelto sino porque algo más vivo empezó a ocupar ese espacio.

La venganza, en su mejor versión, es un indicador. Dice: esto importó. Lo que me hicieron tuvo peso. No soy alguien a quien se puede traicionar sin costo. Cuando ha cumplido esa función — cuando la persona ha escuchado lo que ese deseo le dice sobre sí misma y sobre el valor que le da a lo que perdió — puede empezar a soltar. No es cuestión de madurez para consolidar un perdón prematuro, es sencillamente porque hay algo hacia adelante que empieza a importar más.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026. Esta columna dialoga con Nussbaum, M. C. (2016). Anger and Forgiveness: Resentment, Generosity, Justice. Oxford University Press.; McCullough, M. E. (2008). Beyond Revenge: The Evolution of the Forgiveness Instinct. Jossey-Bass.; Girard, R. (1977). Violence and the Sacred (P. Gregory, Trad.). Johns Hopkins University Press. (Obra original publicada en 1972.); Kohut, H. (1972). Thoughts on narcissism and narcissistic rage. The Psychoanalytic Study of the Child, 27, 360–400.