Existe un comportamiento en las redes sociales que me parece el símbolo más representativo de una condición existencial contemporánea. Apunto a algo que va más allá de fenómenos ya suficientemente documentados, a saber: el scrolleo compulsivo, la sobreexposición o la comparación constante. Tampoco hago referencia al ya popularizado concepto de stalkear a alguien, más bien, aludo a algo sutil y revelador de nuestros tiempos; el follow silencioso. La persona que te sigue, pero que nunca interactúa. Que está ahí, presente en la lista de contactos, pero cuya presencia no produce nada — ni vínculo, ni conversación, ni distancia real — solo una señal tenue de que algo ocurrió, de que alguien pasó.

El dilema es que la plataforma lo permite y en cierta medida lo incentiva. Uno puede mantener cientos de presencias a un costo casi nulo; la de un follow, un like ocasional o una respuesta de emoji que no compromete ninguna interpretación. Lo estructural, es que el sistema está diseñado para que el costo de estar sea mínimo, así como el de no estar también. Esa arquitectura, produce un sujeto que aprende, gradualmente, a relacionarse con todo desde el umbral. A estar lo suficiente para no ausentarse, pero nunca suficiente para comprometerse del todo.

A modo personal, lo llamo la ética de la mínima continuidad. Ética porque no es solo un hábito, es un sistema de valores implícito. Una creencia, raramente articulada pero profundamente operativa, de que mantener todas las opciones abiertas es la forma más eficiente de existir. Que el compromiso pleno es ingenuo. Que quien se entrega del todo a algo, ya sea una relación, un trabajo, una idea, una amistad, se expone a una pérdida que quien se queda en el umbral puede evitar.

· · ·

Hay una paciente que llegó a la consulta con un motivo de consulta que le costó formular. No era depresión; funcionaba bien, trabajaba, tenía relaciones, ánimo conservado. Tampoco un cuadro ansioso; no había ataques de pánico ni evitaciones significativas. Era algo más difuso y difícil de nombrar, y después de varias sesiones encontró la palabra que le parecía más justa: plana. Se sentía plana.

Al explorar la noción de planitud, lo que emergió fue una consistencia notable. Llevaba tres años en una relación que "funcionaba" pero que ninguno de los dos había definido del todo. Tenía un grupo de amigas con quienes se veía cada dos o tres meses, suficiente para no perder el vínculo, insuficiente para que esas amistades tuvieran peso real en su vida cotidiana. Llevaba un par de años pensando en cambiar de trabajo sin haberlo hecho, en un estado de insatisfacción permanente que tampoco era lo suficientemente agudo como para obligarla a actuar. Venía a terapia, pero ciertamente inclusive este espacio se transformó en una instancia para sobrellevar su vida; nada de cambios o movimientos significativos.

Era alguien que había perfeccionado, sin saberlo, y sin ser evitativa o poco introspectiva, el arte contemporáneo de la mínima continuidad. De estar en todo lo suficiente para no tener que irse. De no estar en nada lo suficiente para que algo le doliera o la transformara del todo.

· · ·

En el contexto digital en que vivimos, esta lógica dista de ser una anomalía, es la norma que el sistema produce y refuerza. La arquitectura de las plataformas está construida sobre la lógica del umbral: puedes entrar y salir de cualquier contenido, cualquier comunidad, cualquier relación virtual, sin coste real. En este sentido, el algoritmo premia la presencia mínima sobre la ausencia total; basta con abrir la aplicación, con detenerse un segundo en una imagen, para que el sistema registre tu existencia y te devuelva más de lo mismo.

Lo que ese entrenamiento produce, con el tiempo, es un sujeto que lleva la lógica del umbral digital a todos los ámbitos de su vida. Un sujeto para quien el compromiso pleno —en una relación, en una idea, en una práctica— empieza a sentirse como un riesgo innecesario. Como ingenuidad de quien no aprendió todavía que todo puede cambiar, que nada es seguro, que lo más imperante es reservarse siempre una salida.

Lo que ese sujeto no puede ver fácilmente es que la salida siempre disponible tiene un precio. Y el precio es la presencia, es decir, lo que hace que algo importe —que una relación deje huella, que un trabajo produzca algo que valga, que una idea transforme al que la sostiene— es precisamente el compromiso con ello. La disposición a estar ahí cuando es incómodo, cuando decepciona, cuando exige algo que no estaba en el cálculo inicial. El umbral protege de esa incomodidad, y a la vez, también protege de esa presencia.

· · ·

En el trabajo que llevo desarrollando sobre la decepción como fenómeno existencial, hay una noción que se vuelve particularmente relevante aquí: la decepción de la decepción. No la decepción ordinaria —la que ocurre cuando algo que esperabas no llegó— sino la decepción de segundo orden que emerge cuando te das cuenta de que te protegiste tanto de decepcionar que no sabes ya qué querías realmente. Que la distancia que mantuviste de todo no te protegió del dolor, sino que te privó de la posibilidad de saber qué te importaba.

"Es eso," dijo. "No me duele nada en particular. Me duele que nada me duela lo suficiente."

Mi paciente la reconoció de inmediato cuando la describí. "Es eso," dijo. "No me duele nada en particular. Me duele que nada me duela lo suficiente."

Esa frase contiene, en su forma más desnuda, el costo existencial de la mínima continuidad. En nuestra época, ya no es tanto que la vida implique sufrimiento, es el conflicto de una vida de planitud. Una vida en que la protección fue tan eficaz, que lo que protegía quedó también protegido de todo lo que lo habría hecho crecer.

· · ·

Ciertamente, lo que la era digital ha hecho no es inventar esta lógica —la evitación del compromiso existe en todas las épocas— sino perfeccionarlo y normalizarlo a una escala sin precedentes. Ha producido lo que yo llamo una conciencia post-dialéctica: un sujeto que ya no puede sostener la tensión de los opuestos el tiempo suficiente como para que esa tensión produzca algo.

En la lógica dialéctica, la tensión entre dos polos opuestos —el querer y el temer, el comprometerse y el soltarse, el estar y el irse— produce, si se sostiene con suficiente tiempo y consciencia, algo nuevo. Una síntesis que no existía antes. Un movimiento del alma que solo ocurre cuando la contradicción no se resuelve prematuramente.

El scroll resuelve la tensión antes de que pueda producir nada, y es que precisamente su fundamento es la ausencia de telos. Cuando algo incomoda, una idea desafía lo que pensamos, un vínculo exige algo que no habíamos calculado, la opción de deslizar el dedo hacia lo siguiente está siempre disponible. El sistema nunca obliga a quedarse en la incomodidad el tiempo suficiente como para que algo emerja de ella.

El sujeto que se desarrolla en ese sistema lleva esa lógica consigo mismo; es la impronta contemporánea. Sale de la conversación difícil antes de que llegue a alguna parte. Abandona el libro antes de que el argumento se complique o en su defecto si es que aparece un tema que sea mayor tendencia o "liviano" en su comprensión. En síntesis, se mantiene en la relación desde el umbral porque entrar del todo implicaría una exposición que el sistema le enseñó a evitar.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

· · ·

La mínima continuidad es una respuesta adaptativa a un entorno que la incentiva y que la premia. Dicho esto, la pregunta clínica relevante no es cómo corregirla sino cómo hacerla visible para quien la vive, porque lo que caracteriza a esta lógica es precisamente su invisibilidad. Es esta lógica la que nos interpela momento a momento sin producir un dolor agudo ni generar algún tipo de crisis, básicamente, no tiene el dramatismo ni el valor significativo de los síntomas que obligan a actuar. Produce planitud, una que muchas veces es difícil de tomar en serio, una que se sostiene desde la ética de la mínima continuidad.

Lo que fue cambiando en mi paciente, con el tiempo, fue que empezó a notar cuándo estaba en el umbral. A reconocer la sensación específica de estar presente en algo sin haber entrado del todo. Y a preguntarse, con cada vez más frecuencia, si quería quedarse ahí o si estaba dispuesta a dar el paso que la mínima continuidad siempre postergaba.

No todas las respuestas fueron afirmativas. Hay umbrales que, al examinarlos, revelan que la salida es lo más honesto y liberador. Hay relaciones que no merecen el compromiso pleno y hay trabajos que no valen la entrega total. La mínima continuidad no siempre es un error; a veces es una lectura correcta de lo que algo merece.

No obstante lo anterior, hay una diferencia entre quedarse en el umbral porque has mirado hacia adentro y decidido que no quieres cruzar, y quedarse porque cruzar implica un riesgo que el sistema te enseñó a evitar —muchas veces inconscientemente— por defecto. La primera es una decisión. La segunda es una forma de no decidir que se disfraza de prudencia.

El problema de la ética de la mínima continuidad no es que sea siempre equivocada. Es que cuando se convierte en el modo basal de ser-en-el-mundo, priva al sujeto de algo que no tiene otro nombre que la experiencia plena de su propia vida; en otras palabras, son tiempos de una ontología plana.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026. Los conceptos de ética de la mínima continuidad, conciencia post-dialéctica y decepción de la decepción están desarrollados en: Spoerer, C. (2026). The Disappointment of Disappointment: Post-Dialectical Consciousness in the Age of Digital Flatness. Ponencia presentada en el IAAP-IAJS Joint Conference, University College London.