Hay una canción de Cass McCombs que abre con una frase que hasta el día de hoy me resuena después de escucharla por primera vez. Viene del álbum Mangy Love (2016) y se llama "Medusa's Outhouse." La frase es esta: "Help me, help me to remember to forget / to forget what hasn't happened yet." Ayúdame, ayúdame a recordar cómo olvidar, a olvidar lo que aún no ha ocurrido.
Medusa's Outhouse — Cass McCombs, Mangy Love, 2016. Escuchar en Bandcamp →
Vale la pena detenerse en ella antes de seguir, porque condensa una paradoja que al principio parece un juego de negaciones y que después, si uno la deja reposar, resulta ser el diagnóstico más preciso de una forma de sufrimiento contemporáneo que no sé cómo nombrar de otra manera.
Entendamos que para olvidar lo que no ha ocurrido, primero tuviste que haberlo vivido. En el interior, con suficiente detalle e intensidad como para que se volviera memoria antes de ser experiencia. El olvido que se pide es el de algo que ya está ahí, ya tiene peso y duele, aunque el acontecimiento al que pertenece todavía no haya tenido lugar. La petición delata la trampa: quien pide ayuda para olvidar lo que no pasó ya lo pasó, quizás sin recordarlo exactamente, pero sí habiéndolo vivido del todo.
La forma lógica del síntoma
Wolfgang Giegerich, el psicólogo analítico que radicalizó la profundización en la lógica del alma, distingue entre dos preguntas que suelen confundirse. Una es la pregunta por el contenido de un síntoma —qué contiene, qué recuerdo esconde, qué herida representa—. La otra es la pregunta por su forma lógica —qué estructura tiene, cómo opera, qué movimiento del alma expresa—. La primera es la pregunta que la psicología habitual sabe hacer muy bien. La segunda es la que le interesa a Giegerich, y es la que me parece más útil aquí.
Porque el contenido de este síntoma puede ser cualquier cosa: una relación que todavía no terminó, un fracaso que todavía no ocurrió, una pérdida que todavía no llegó. Lo que importa no es qué se está pre-procesando sino cómo. La forma lógica de este síntoma es la colonización del futuro como territorio psíquico. El ego —esa instancia que Giegerich distingue cuidadosamente del alma— ha aprendido a entrar al futuro antes de que el futuro llegue, a instalarse ahí, a vivirlo con suficiente detalle como para gestionarlo, y a intentar después deshacerse de esa experiencia imaginada como si fuera un recuerdo real que se puede elaborar y apropiar.
El resultado es una vida que se vive en paralelo a sí misma. Hay una vida real que transcurre en el presente, con sus personas concretas, conversaciones de todos los días y sus pequeños acontecimientos. En contraste, hay una vida simulada que ya procesó la mayoría de los desenlaces posibles, que ya sufrió las pérdidas, que ya administró los finales, y que por eso llega a cada momento presente con algo ya gastado, recorrido, y hasta medio olvidado antes de haber sido vivido del todo.
La experiencia real transforma. La experiencia simulada produce algo distinto: un agotamiento sin objeto, un duelo sin referente claro.
El ego protege, y a veces demasiado. Esa es su función y no una menor: protegernos de lo que duele, anticiparse a lo adverso, llegar preparado a lo que puede ser complejo. La ansiedad tiene esa lógica: mejor encender la alerta antes de que llegue la amenaza real.
Pero el alma, en el sentido en que Giegerich la entiende —la lógica histórica que constituye a la psique misma— demanda otra cosa: ser afectada por lo que realmente ocurre, no por la versión que el ego elabora de antemano para amortiguar el impacto. Exige el contacto directo con lo que acontece, tal como es y en el momento en que emerge.
Hay una distinción que parece técnica pero que tiene consecuencias enormes. La diferencia entre la experiencia real y la experiencia simulada no está solo en el contenido sino en lo que producen. La experiencia real transforma. La experiencia simulada —por muy detallada y emocionalmente intensa que sea— produce algo distinto: una especie de agotamiento sin objeto, un duelo sin referente claro, una elaboración que no termina de cerrar porque el acontecimiento al que se refiere todavía no ha tenido lugar.
Cuando el ego pre-procesa el futuro, priva al alma de su posibilidad de transformación. No porque la transformación requiera necesariamente sufrimiento, sino porque requiere contacto genuino con lo que realmente ocurre, con toda su impredictibilidad, con todo lo que no se puede anticipar ni simular. La experiencia real siempre tiene algo que la simulación más cuidadosa no puede capturar: lo que no esperabas que pasara. Ese exceso de lo real sobre lo anticipado es exactamente lo que transforma. Y el pre-olvido lo destruye, porque para olvidar lo que no ha pasado hay que haber imaginado tan completamente lo que pasará que ya no queda espacio para lo que realmente ocurre.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
La capacidad de ser sorprendido
Lo que se pierde en esta operación no es el dolor —el dolor lo hay igual, quizás más, porque es un dolor sin objeto real que no puede cerrarse—. Lo que se pierde es algo más específico: la capacidad de ser sorprendido.
No en el sentido frívolo de la sorpresa ni el asombro ante lo inesperadamente agradable. En el sentido preciso y más profundo: la capacidad de que lo que ocurre te afecte de una manera que no habías anticipado. Lo no anticipado es lo que mueve, ya que es el elemento irreductible de la experiencia real que ninguna simulación previa puede capturar, y es exactamente lo que hace que algo que sucede deje una huella distinta a la que dejó la imaginación de que iba a suceder.
He visto esto en la consulta de maneras distintas. La persona que llega a una conversación difícil —una ruptura, una confrontación, un momento significativo con alguien que importa— habiendo ya vivido esa conversación tantas veces en su interior que llega al momento real como a algo que ya pasó. No está presente en lo que ocurre porque ya lo vivió en su subjetividad. Y lo que el otro dice, lo que realmente pasa en ese encuentro, llega a una alteridad que ya estaba, de alguna manera, del otro lado.
El pre-olvido multiplica y distribuye el dolor en el tiempo, de manera que nunca termina del todo, porque nunca se refiere a algo que realmente ocurrió.
El tobogán místico
Hay un segundo movimiento en la canción de McCombs que no hay que perderse, porque creo que es la parte más importante. Inmediatamente después de pedir ayuda para olvidar lo que no ha ocurrido, la voz pide algo que parece contradictorio: "knock me down that mystic slide again." Derríbame por ese tobogán místico otra vez.
La petición no es solo de olvido. Es de restitución de algo. El que quiere olvidar lo que no ha pasado también quiere volver a poder ser derribado por algo. Quiere recuperar el estado en que lo real todavía podía afectarlo de una manera que no controlaba. Debajo del síntoma —debajo de la neurosis de pre-olvidar lo que no ha ocurrido— hay un deseo que es exactamente lo opuesto: el deseo de volver a ser vulnerable a lo que realmente pasa, de volver a llegar a los acontecimientos sin haberlos ya administrado, de ser sorprendido otra vez por algo que no sea mera subjetividad.
Ese deseo, oculto en la misma frase que describe el síntoma, es lo más sano de todo lo que la canción dice. La petición de olvidar lo que no ha pasado contiene, doblada sobre sí misma, la petición de volver a vivir lo que todavía no ha ocurrido como si fuera la primera vez.
Por mi parte, no tengo una solución técnica para esto. Giegerich, en cambio, apela a la capacidad de mirar lo que está ocurriendo con suficiente honestidad como para ver su forma lógica y no solo su contenido. Lo que propone no es un ejercicio sino un cambio de perspectiva: dejar de preguntar qué contiene el síntoma y empezar a preguntar qué hace, cómo opera, qué movimiento del alma expresa.
Lo que el pre-olvido expresa, leído así, es un alma que todavía quiere ser afectada por lo real pero que aprendió a protegerse de eso de una manera tan eficaz que ya no sabe cómo deshacerla. La petición de la canción —ayúdame a recordar cómo olvidar lo que no ha pasado— es también, leída de otro ángulo, una petición de regreso. Al estado anterior al sistema de protección. Aquel momento en que todavía era posible llegar a algo sin haberlo ya anticipado antes de vivirlo.