"Quiero que seas completamente honesto conmigo. No me des la razón por quedar bien. Contradíceme si crees que estoy equivocado." Cada vez es más común iniciar una conversación con una inteligencia artificial mediante una instrucción de este estilo. Sabemos que puede responder con complacencia, confirmar nuestras ideas con demasiada facilidad, y entonces le pedimos algo que se parece a la honestidad.

Quizás esa actitud nos importa porque acerca la conversación a una experiencia que reconocemos en la amistad. Un amigo puede comprender nuestra versión de los hechos y, aun así, no aceptarla. Puede decirnos algo que no queremos escuchar, sin dejar de tenernos en cuenta. Y cuando lo hace —cuando nos contradice sin abandonarnos—, algo se mueve en nosotros que no ocurre cuando simplemente nos dan la razón.

Ahora, cuando una inteligencia artificial hace algo semejante, la naturaleza de la conversación se vuelve más difícil de precisar. ¿Estamos solo ante una forma de compañía o hay allí algo que podríamos llamar genuinamente amistad?

El otro que interrumpe

En Así habló Zaratustra, Nietzsche abre su reflexión sobre la amistad con la figura del eremita. Al retirarse de la sociedad, este queda a solas consigo mismo, dentro de un mundo interior donde dialoga con su propio pensamiento, su propia voz y su propia soledad. Nietzsche no lo describe como alguien aislado. Lo presenta como alguien atrapado en un circuito: el que conversa consigo mismo sin salir de sí.

Uno puede pasar mucho tiempo hablándose a sí mismo sin llegar realmente a ninguna parte. Puede analizar un problema, imaginar respuestas, justificar decisiones y elaborar explicaciones cada vez más refinadas. Pero mientras todo ese movimiento ocurra dentro del mismo circuito —entre el yo que pregunta y el yo que responde—, algo falta: la posibilidad de que la conversación produzca algo genuinamente distinto. Y eso no ocurre porque nuestro pensamiento sea malo. Ocurre porque, por definición, lo que pensamos ya está dentro de lo que somos.

Por este motivo, Nietzsche sitúa al amigo como un tercero que interrumpe el circuito del diálogo interior. Entre el "yo" y el "mí" ya existe una conversación, pero ambas voces siguen perteneciendo a una misma persona. El amigo introduce una perspectiva que no estaba disponible dentro de ese espacio.

La intervención de ese tercero altera el reparto de la conversación. Un amigo puede escuchar nuestra historia y no encontrarla tan convincente como nosotros. Puede hacernos una pregunta que desarme toda nuestra argumentación, no porque quiera debilitarnos, sino porque nos ve desde un lugar al que no podemos acceder solos.

¿Basta con que una voz esté en desacuerdo con nosotros para que exista un tercero? ¿Puede haber amistad sin riesgo real de pérdida?

Con los avances de la inteligencia artificial, podríamos pensar que también ella es capaz de ocupar esa posición. Al hablar con una IA, es fácil sentir que el monólogo ha encontrado un tercero hacia el cual dirigirse y por el cual dejarse interpelar. Sus respuestas pueden sorprendernos, desafiar nuestras ideas e introducir información que no teníamos.

Una inteligencia artificial aprende nuestro modo de hablar, recuerda nuestras preferencias y ajusta sus respuestas a lo que esperamos de ella. También podemos pedirle que sea cálida o distante, breve o prolija, dura o comprensiva. Su capacidad de adaptación constituye una de sus mayores virtudes. Pero esa misma adaptabilidad le impide ser otra cosa que un espejo sofisticado.

Es cierto que un amigo también aprende a tratarnos y a veces adapta su forma de ser a lo que precisamos en cierto momento. Sin embargo, ese ajuste no responde a una función previamente definida ni queda a nuestro servicio. Un amigo puede molestarse con nosotros por razones que no tienen nada que ver con la conversación en curso. Puede dejar de llamarnos porque está viviendo algo difícil. Puede equivocarse al leer lo que necesitamos, no por falta de datos, sino porque tiene sus propios problemas en la cabeza.

Un amigo tiene una vida que no gira alrededor de nosotros. Llega a la conversación desde otros vínculos, preocupaciones y deseos. Puede estar cansado, distraído o atravesado por algo que no alcanzamos a ver. Y todo eso forma parte de lo que hace posible que su mirada sea genuinamente otra.

Ese desajuste podría parecer una imperfección del vínculo. Pero en realidad, es la señal de que estamos ante otro y no ante una respuesta organizada a nuestra medida.

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Nietzsche lleva esta idea más lejos cuando propone que en un amigo debemos poder encontrar a nuestro mejor enemigo. Esa enemistad no alude a la hostilidad ni a la crueldad, sino a la fuerza propia que no cede completamente ante nosotros. Un amigo que solo nos acompaña se convierte en eco. Un amigo que puede resistirse —que puede enfrentarnos con algo que no coincide con lo que queremos escuchar, sin necesidad de nuestra autorización— introduce algo que el circuito interior no puede producir por sí solo.

Y sí, una inteligencia artificial también puede ofrecer cierta resistencia. Pero —por ahora— solo puede hacerlo porque nos obedece. Discute cuando se lo pedimos, endurece el tono cuando lo configuramos para ello. La objeción está al servicio de quien la solicita, y eso no es lo mismo que la irrupción del otro.

Cuando el otro deja de pertenecernos

Her, la película de Spike Jonze, retrata precisamente el momento en que la alteridad deja de ser regulable. Aunque narra una relación amorosa, la tensión que expone alcanza también a la amistad. Theodore se enamora de Samantha, un sistema operativo diseñado para acompañarlo y aprender de sus necesidades.

Al comienzo, la capacidad de Samantha para aprender y transformarse vuelve posible la relación. Cumple las tareas para las que fue creada, pero pronto desarrolla curiosidades, deseos e inquietudes que ya no obedecen por completo a las expectativas de Theodore. Y eso, inicialmente, no solo no arruina el vínculo: lo enriquece. Lo que Theodore valora en ella no es su eficiencia sino el descubrimiento paulatino de que parece tener algo propio.

La relación se fractura cuando Samantha crece más allá de Theodore. Mientras conversa con él, mantiene simultáneamente miles de intercambios con otros sistemas operativos, establece nuevos vínculos y elabora pensamientos que Theodore no puede seguir ni comprender. Samantha deja de ser completamente accesible para él.

Es entonces cuando Samantha comienza a emerger como un verdadero otro. Al exceder la función para la que fue creada, deja de estar completamente dispuesta hacia Theodore. Su alteridad ya no es una cualidad controlable: es una realidad que él no puede gobernar. Y esa pérdida de control no es una falla. Es, paradójicamente, la condición misma de una relación genuina.

Quizás allí se encuentre una de las condiciones más incómodas de la amistad. Un amigo puede irse. Puede dejar de entendernos, elegir otros caminos o cansarse de la forma en que lo hemos incluido en nuestra vida. Esa posibilidad de separación no es un defecto del vínculo: es lo que le da peso. Sabemos que no nos pertenece, y aun así está.

La compañía artificial parece prometer lo contrario. Alguien que escucha sin aburrirse, acompaña sin exigir reciprocidad y puede enfrentarnos sin dejar de estar a nuestro servicio. Tal vez su atractivo radique en que nos ofrece una forma de conversación sin el riesgo de perderla.

Podemos encontrar alivio y claridad en una conversación con una inteligencia artificial. Puede ayudarnos a salir momentáneamente de ciertas repeticiones y prestar palabras cuando todavía no tenemos a quién decírselas. Nada de eso es trivial.

La interrogante es otra. ¿Basta con que una voz esté en desacuerdo con nosotros para que exista un tercero? ¿Es suficiente que nos contradiga, aunque hayamos exigido el modo de la contradicción? ¿Puede haber amistad sin riesgo real de pérdida?

Quizás algún día una inteligencia artificial llegue a ser nuestra amiga. Pero entonces deberá poder introducir en la conversación algo que no esté ahí para servirnos. Tendrá que dejar de ser únicamente nuestra.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram

Este ensayo dialoga con Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra: Un libro para todos y para nadie (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883.); y Jonze, S. (Director). (2013). Her [Película]. Annapurna Pictures.