Lo encontré tarde, o más bien en el momento justo; que no es lo mismo, pero es igual. Tenía veintitantos años, estaba en el principio de mi formación en psicología y recién comenzaba a sospechar que la mayor parte de lo que me enseñaban era una manera muy sofisticada de no mirar a las personas de frente. En esos azares inexplicables, un día alguien me pasó un ejemplar de Post Office con la advertencia de que era "contra lo establecido o derechamente algo sucio en su narrativa", lo que en ese contexto quería decir que era para personas dispuestas a leer algo que no terminaba bien y probablemente no pretendía enseñar nada para el lector incauto.
Lo leí en un par de noches; de esos libros que entran a nuestras vidas a modo posesión. Enfatizo que no era la historia lo que me enganchaba —la historia era básicamente un hombre yendo al trabajo, odiándolo, bebiendo y volviendo al trabajo— sino el tono. Una voz brutal que describía el horror cotidiano con una precisión clínica y al mismo tiempo con algo parecido a la ternura, aunque Bukowski habría odiado esa palabra. Una voz sin piedad hacia nada, incluyendo hacia sí misma.
Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920 y pasó casi toda su vida en Los Ángeles. Es difícil resumirlo sin caer en la caricatura del mito de su persona: el alcohólico genial, el poeta de los bares de mala muerte, el misógino con corazón de oro. Todas esas descripciones son verdaderas y a la vez todas incompletas, que es exactamente lo que él habría dicho de cualquier descripción.
Lo que la caricatura omite es la disciplina. Bukowski escribió durante décadas en condiciones que habrían silenciado a cualquier escritor razonable: pobreza, enfermedad, trabajo físico extenuante, alcoholismo severo. Ejemplo de ello es que empezó a publicar libros tardíamente, a los cincuenta años. La constancia con que se sentaba frente a la máquina de escribir, noche tras noche, con o sin audiencia o reconocimiento, dice algo sobre él que ninguna anécdota de bar termina de capturar.
La muerte en vida de la aquiescencia
En una entrevista que Roger Ebert le hizo en el set de Barfly en 1987 —la primera de sus dos películas, dirigida por Barbet Schroeder y protagonizada por Mickey Rourke como su alter ego Henry Chinaski—, Bukowski lo dijo con una precisión que me sigue pareciendo notable: "La manera en que me convertí en un barfly fue que no me gustó lo que vi en el horario de nueve a cinco. No quería convertirme en una persona trabajadora ordinaria, pagando la hipoteca, mirando televisión, aterrorizada. El bar era un escondite para salir de la corriente principal." Y después añadió algo que es la frase más junguiana que he leído en boca de alguien que probablemente nunca oyó hablar de Jung: "Me negué a aceptar la muerte en vida de la aquiescencia."
La muerte en vida de la aquiescencia. Exactamente lo que Heidegger llamó la existencia inauténtica, lo que Jung llamó la identificación con la persona social, lo que en la consulta aparece como ese agotamiento particular que no tiene nombre claro, el recurrente cansancio de haber vivido una vida que no era la propia.
Barfly compitió por la Palma de Oro en Cannes. Bukowski mismo escribió el guion y tiene un cameo breve en la película. Hay una escena que me quedó grabada: Henry llega al bar después de ser golpeado en el callejón trasero por el bartender, se sienta, pide una copa, y la toma como si nada hubiera pasado. Sin victimismo, drama ni una narrativa de superación. Solo el gesto de estar ahí de nuevo, en el único lugar donde se siente en su ley. Roger Ebert, que le dio cuatro estrellas, lo describió como una película sobre personajes "que intentamos no ver pero que quizás disfrutaríamos más que algunos de nuestros amigos más visibles."
Hay algo en esa frase que da en el centro de lo que Bukowski hace, y es que pone en primer plano a lo que la vida visible elige no ver, personalmente diría, como un acto de atención pura, o plena como se dice hasta el hastío en nuestros tiempos.
La segunda película, Factotum (2005), la dirigió el noruego Bent Hamer con Matt Dillon como Henry Chinaski. Dillon dijo en una entrevista algo que me parece la descripción más precisa del personaje que he leído: "Era un hombre físicamente derrotado por el mundo material, que había cedido ante eso. Pero era muy brillante, agudo y fuerte mentalmente." La paradoja completa de Bukowski en una frase: la derrota física y la agudeza mental coexistiendo sin contradicción, sin narrativa de redención ni arco de transformación.
Ham on Rye, publicada en 1982, es su novela más autobiográfica y probablemente la mejor. Cubre la infancia y adolescencia de Chinaski —la de Bukowski— durante la Gran Depresión en Los Ángeles. El padre es una presencia violenta y arbitraria, los golpes son frecuentes y sin causa coherente; la madre, callada frente a todo. Hay una escena que Matt Dillon recordó en su entrevista y que sintetiza el estilo de Bukowski mejor que cualquier análisis: Chinaski adolescente, tirado en la cama con el peor brote de acné de su vida, escucha al médico decirle a su padre "Jesús, éste es el peor caso de acné que he visto en la historia de Los Ángeles", y Chinaski piensa "¿Este tipo no se da cuenta de que lo estoy escuchando todo?" No hay queja, llanto ni reclamo respecto a lo que podría traducirse como una verdadera tragedia para un adolescente. Solo la observación fría y ligeramente irónica de lo que está pasando.
Eso es lo que Bukowski hace con todo su material: simplemente lo mira de frente y lo describe sin añadirle narrativa de dolor. Hay una frase en Ham on Rye que resume parte sustancial de nuestro paradójico existir en nuestros íntimos mundos bukowskianos: "El problema era que siempre había que seguir eligiendo entre algo malo y algo peor, y sin importar lo que eligieras, te rebanaban un poco más, hasta que no quedaba nada."
Hay una diferencia fundamental entre el que describe y el que se queja. El que se queja pide que la realidad sea distinta. El que describe la toma tal como es.
La epoché de los bares
Lo que Bukowski me enseñó sobre vivir tiene poco que ver con el alcohol y mucho que ver con la atención.
Bukowski fue, a su manera áspera y sin concesiones, uno de los escritores más atentos a lo real que he leído. Atento a la mujer en el extremo del bar que "parece que pertenece al lugar y a la vez no pertenece del todo." Agudamente perceptivo respecto al "peso exacto" de un vaso de whisky a las dos de la tarde en un bar sin ventanas y saturado de humo de cigarrillos. Con la frialdad objetiva de quien reconoce que una derrota pequeña se siente idéntica a una grande cuando eres el que la vive.
En la fenomenología hay un concepto que se llama epoché: la suspensión del juicio, la descripción pura del fenómeno antes de interpretarlo. Bukowski practicó algo parecido durante cincuenta años sin haberlo estudiado nunca. Y es que estaba en su naturaleza: lo que veía y sentía lo escribía lo más cercano a tal cual era. Sin la capa protectora de la teoría ni la añadidura accesoria a su glosa; el porqué de las excesivas advertencias cuando accedí por primera vez a una copia de Post Office.
Eso, paradójicamente, es lo más difícil. La formación clínica convencional te enseña a interpretar. A encontrar el patrón, el mecanismo, la explicación. Y hay valor en eso, sin duda. Pero hay algo que esa capacidad puede anestesiar si no se cuida: la capacidad de mirar a una persona como un fenómeno irrepetible antes de clasificarla en una categoría. En el caso de Bukowski, nunca clasificó a nadie, y es por eso que sus personajes son tan vivos y brutalmente reales.
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La herida como materia prima
La pregunta que más me hicieron cuando empecé a mencionar que leía a Bukowski fue: "¿Pero no era un alcohólico y un misógino?" Como si el alcoholismo descalificara su lucidez, o como si la lucidez requiriera una vida ordenada.
En esta misma línea, emerge un argumento interesante: la herida no necesita sanarse para ser útil. Bukowski usó su herida —la infancia violenta, el cuerpo que lo avergonzaba, la alienación temprana y permanente— como su materia prima. La convirtió alquímicamente en escritura durante cincuenta años, contra todo buen pronóstico. En sus palabras más desgarradoras y muchas veces mal interpretadas: "encuentra lo que amas y deja que te mate".
Al final de la película Factotum, Chinaski recita un poema ("Lanzar los dados"), que a mi parecer dice de manera radical mucho de lo que adolecemos en la actualidad: la falta de perseverancia, compromiso y propósito auténtico.
Si vas a intentarlo, adelante.
Si no, no empieces.
Esto puede significar perder novias, esposas, familia, trabajo, y quizás la cabeza.
Puede significar no comer por 3 o 4 días.
Puede significar congelarse en la banca de un parque.
Puede significar cárcel.
Puede significar burla, juicios, soledad.
La soledad es el regalo,
el resto es una prueba de tu aguante.
De cuánto realmente quieres hacerlo,
y lo harás a pesar del rechazo y lo desfavorable.
Y será mejor que cualquier cosa que puedas imaginar.
Si vas a intentarlo, adelante.
No hay otro sentimiento como ese.
Estarás a solas con los dioses,
y las noches se encenderán con fuego.
Irás por la vida con una sonrisa perfecta.
Es la única lucha que vale la pena.
Vuelvo a Barfly una vez por año, más o menos. Hay algo en la imagen de Henry Chinaski —Mickey Rourke encorvado, desastrado, caminando hacia el bar con la certeza de quien va al único lugar donde le está permitido ser exactamente quien es— que me recuerda algo que la formación clínica puede hacerle olvidar a uno: que hay personas que no quieren ser rescatadas de su vida. Que hay formas de existir que no necesitan ser corregidas. Que la pregunta "¿qué necesita este ser humano para vivir mejor?" a veces tiene que ceder el paso a otra más honesta: "¿qué está este ser humano eligiendo, y por qué esa elección tiene una lógica que no es la mía?"
No apunto a un nihilismo clínico, sino al respeto. Y Bukowski, que habría odiado ser objeto de respeto clínico, lo habría entendido perfectamente.