Los paleontólogos llevan décadas desconcertados por un hallazgo que aparece, con obstinada regularidad, en los yacimientos más antiguos que conocemos. Los primeros Homo sapiens —y antes que ellos, algunos de sus precursores— enterraban a sus muertos con flores. Los colocaban en posición fetal, dejaban herramientas, ocre rojo, alimentos. Lo hacían porque algo en ellos exigía un gesto simbólico hacia lo que se había ido. Hacia algo que ya no estaba pero que, de algún modo, seguía siendo significativo.
Lo fascinante de esto va más allá de la arqueología: significa que la necesidad de vincularnos con algo invisible, con algo que nos trasciende, es más antigua que la escritura, que las ciudades y que casi todo lo que llamamos cultura. Es, al parecer, una constante de lo que somos.
El investigador Chris Crawford, que estudia la religión desde la evolución cognitiva, sostiene que creer en dioses no fue un accidente cultural sino una consecuencia casi inevitable de cómo funciona nuestra mente. Una mente que aprendió a preguntarse "¿quién hizo esto?" ante todo lo que le ocurría —la tormenta, la enfermedad, la cosecha buena o mala— es una mente que busca responsables, autores, presencias detrás de los hechos. Y cuando las presencias que conoce —otros humanos, animales, fuerzas visibles— no alcanzan para explicar lo que le pasa, las busca más arriba, más allá, en algo que exceda lo visible. No porque sea primitiva o irracional. Porque está haciendo lo único que sabe hacer con lo que no comprende: intentar relacionarse con ello.
Lo que me interesa de este argumento no es si los dioses existen o no. Lo relevante es lo que revela sobre nosotros: somos, hasta en nuestra neurología, seres que necesitan vincularse con algo mayor que ellos mismos.
Somos, hasta en nuestra neurología, seres que necesitan vincularse con algo mayor que ellos mismos.
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Hay algo que los estudios sobre el bienestar psicológico confirman de forma persistentemente obstinada: las personas que tienen un sentido de pertenencia a algo que las trasciende —una comunidad, causa, tradición o un propósito mayor que su propia biografía— viven una vida más plena que las que no lo tienen. No en términos de felicidad superficial, sino en resiliencia, en capacidad para soportar el sufrimiento, en el sentido de que la propia vida vale algo más allá de lo inmediato.
No hace falta que ese algo sea Dios. Puede ser la familia entendida como linaje, la pertenencia a una cultura o a una lengua, el compromiso con una idea que uno no alcanzará a ver realizada del todo, o contemporáneamente, el cuidado de la tierra o de la siguiente generación. La forma varía enormemente semánticamente, aun cuando la sintaxis del fenómeno es la misma.
Viktor Frankl —que estudió este asunto desde el lugar más extremo posible, los campos de concentración— llegó a una conclusión que sigue siendo incómoda para la mentalidad contemporánea: el ser humano puede soportar casi cualquier cómo si tiene un para qué (Frankl, V. E., 1979. El hombre en busca de sentido. Herder). Ese para qué casi siempre apunta más allá de uno mismo. Quien solo se tiene a sí mismo como horizonte posee un espectro muy estrecho para sostener el peso de la vida.
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Algo para pensar, para ti
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Vivimos en una época que desconfía legítimamente de muchas formas de este vínculo. Hemos visto demasiadas veces cómo el "algo que nos trasciende" se convierte en instrumento de control, en excusa para la violencia, en cierre del pensamiento crítico. El siglo XX fue, entre otras cosas, una demostración brutal de lo que pasa cuando la pertenencia a algo mayor que uno mismo se vuelve totalitaria.
Pero la respuesta a ese abuso no puede ser la atomización completa, la renuncia a cualquier forma de vínculo trascendente, la vida reducida a la gestión eficiente de las propias preferencias. Esa respuesta también tiene su propio costo, y lo estamos pagando: una epidemia de soledad, una dificultad generalizada para el compromiso sostenido con algo más allá del propio beneficio inmediato, una fragilidad que se desmorona ante la primera pérdida porque no hay nada más amplio donde sostenerse.
La pregunta real no es si necesitamos vincularnos con algo que nos trasciende. Esa necesidad está ahí, lo queramos o no. La pregunta es con qué, y bajo qué condiciones, y conservando qué grado de lucidez crítica.
La pregunta real no es si necesitamos vincularnos con algo que nos trasciende. La pregunta es con qué, y bajo qué condiciones.
Desde la psicología analítica, Jung lo llamó de formas distintas en distintos momentos de su obra, pero el núcleo era siempre el mismo: el individuo que solo se tiene a sí mismo como referencia está incompleto, no porque le falte autoestima, sino porque está desconectado de algo que lo constituye. Lo llamó el Sí-mismo —esa dimensión de la psique que excede al yo consciente— y también escribió sobre la necesidad humana de mito, de narración que conecte la vida individual con algo más vasto. "El hombre no puede soportar un mundo sin significado", escribió (Jung, C. G., 2002. El hombre y sus símbolos. Caralt).
Enterrar a los muertos con flores, poblar el cielo de dioses, comprometerse con causas que superan la propia vida, cuidar a personas que nunca conoceremos: son gestos distintos del mismo impulso. Un impulso que no aprendimos hace dos siglos ni hace dos mil años. Lo interiorizamos de mucho más atrás, grabado en una forma psíquica que se volvió humana, entre otras cosas, cuando descubrió que necesitaba relacionarse con lo que no ve.
Eso no nos obliga a creer en nada en particular, pero sí nos invita a preguntarnos, con honestidad, con qué nos estamos vinculando. Y si eso con lo que nos vinculamos es digno de lo que somos.