Hay una vieja historia sobre un navegante que, para cruzar un tramo del mar, pidió a su tripulación que lo atara al mástil. En ese tramo, lo sireno se manifestaba tan bellamente que los marineros se arrojaban al agua y morían. El navegante quería escuchar el canto —era demasiado humano para renunciar a oírlo—, pero sabía que si lo escuchaba libre, estaba perdido. Así que se hizo atar y pudo oír la belleza sin que esta lo destruyera.

Pienso seguido en esa imagen mitológica. ¿Cómo no? Si a mi juicio describe con una precisión incómoda el problema central de nuestra época en términos atencionales. Al igual que las sirenas y su en-canto enceguecedor y delirante, es que vivimos rodeados de cosas muy lindas, brillantes, hechas con una inteligencia enorme para una sola finalidad, capturar nuestra atención y no soltarla. Y a diferencia del navegante, casi nadie nos enseñó a atarnos al mástil, para no perder el juicio, diría en nuestro caso a lo menos el sentido de realidad.

La atención no es lo que creemos

Solemos pensar en la atención como una herramienta, algo que usamos para concentrarnos en una tarea, como una linterna que apuntamos hacia donde queremos ver. Si es una herramienta, entonces el problema de la distracción es un problema de eficiencia: me distraigo, rindo menos, y la solución pareciera ser buscar un parche técnico, como instalar una aplicación que bloquee otras aplicaciones.

Pero la atención es algo mucho más profundo que una herramienta. La atención es la forma en que estamos presentes en el mundo. Es la diferencia entre mirar a alguien y verlo de verdad. Entre oír una canción y escucharla. Entre estar en un lugar y habitarlo. Cuando prestamos atención plena a algo, ese algo existe para nosotros de un modo que no existe cuando estamos a medias. La atención, en el fondo, es lo que hace que la experiencia sea experiencia y no solo información pasando frente a nosotros.

Lo que está en juego cuando vivimos distraídos no es la productividad: es nuestra capacidad de estar realmente vivos en lo que nos pasa.

El costo invisible

Cuando paso el día saltando de una pantalla a otra, de una notificación a la siguiente, de una pestaña a quince pestañas, no es solo que haga las cosas más lento. Es que dejo de estar presente en cualquiera de ellas. Mi hija me cuenta algo y yo asiento mientras una parte de mí sigue en el teléfono. Leo un párrafo y al terminarlo no sé qué leí. Estoy en todas partes y por lo tanto en ninguna.

Lo más cruel es que esta fragmentación no se siente como una pérdida mientras ocurre. Se siente como estar conectado, informado, al día. El precio se cobra después, en una vaga sensación de que el día pasó sin que yo estuviera del todo en él. De que la vida transcurre en una habitación contigua mientras yo reviso si pasó algo importante en otro lado.

Normalmente, no pasa nada importante en otro lado. Lo importante estaba en la habitación.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

No se trata de huir

La respuesta fácil sería decir: apaga todo, desconéctate, vete a una cabaña sin señal. Pero esa respuesta tiene el mismo problema que taparse los oídos para no oír el canto. Renuncia a la belleza para evitar el peligro. Y la verdad es que muchas de las cosas que reclaman nuestra atención también valen la pena. No quiero un mundo sin música, sin conversaciones, sin las mil cosas interesantes que hay para sentir y vivir.

Entonces, detengámonos un segundo en la metáfora. El navegante no se tapó los oídos. Se ató al mástil. Es una diferencia enorme. No renunció a escuchar, sino que encontró la manera de escuchar sin perderse. Buscó una estructura que le permitiera estar expuesto a lo que lo atraía sin quedar a merced de ello.

Atarse al mástil, hoy, no es una sola cosa. Para alguien puede ser dejar el teléfono en otra habitación durante la hora de comer. Para otro, decidir que las primeras dos horas del día son suyas antes de que el mundo entre con su vorágine. Para otro, simplemente notar —solo notar, sin culpa— cuántas veces en una hora la mano busca el teléfono sin que haya pasado nada. La estructura concreta importa menos que el gesto de fondo: reconocer que no podemos confiar solo en nuestra fuerza de voluntad frente a cosas diseñadas históricamente y por miles de personas para vencerla.

La atención es, al final, una forma de amor. Le damos atención a lo que nos importa, y al dársela, lo hacemos importar.

Volver a estar

Hay una pregunta que me hago a veces, al final de un día, y que me parece más útil que cualquier medición de productividad: ¿estuve hoy en algún lado de verdad? ¿Hubo un momento en que estuve completo en lo que hacía, sin una parte de mí mirando hacia otro lado?

Cuando la respuesta es sí, el día tuvo densidad, aunque no haya hecho nada espectacular. Una conversación íntegra. Una caminata en la que vi el cielo. Un rato de trabajo en el que me perdí, en el buen sentido. Cuando la respuesta es no, el día se escurre entre los dedos por más cosas que haya hecho.

La atención es, al final, una forma de amor. Le damos atención a lo que nos importa, y al dársela, lo hacemos importar. La pregunta de cómo cuidamos nuestra atención no es una pregunta técnica sobre concentración. Es una pregunta sobre qué queremos que sea real en nuestra vida —porque solo será real aquello a lo que logremos, de verdad, prestarle atención.

El canto sigue sonando y no tiene nada de malo escucharlo. Pero vale la pena preguntarse si estamos atados a algún mástil, o si vamos sueltos hacia el agua sin habernos dado cuenta.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl