Hay una filosofía antigua que se puso muy de moda en los últimos años. La conocemos, aunque no la hayamos estudiado: aparece en frases de Instagram sobre controlar lo que depende de ti, en libros de productividad sobre la disciplina, en el ideal del hombre que aguanta sin quejarse. El estoicismo, en su versión contemporánea, se tornó en una especie de manual para soportar un mundo difícil y adverso sin que se te note el esfuerzo.
No tengo nada en contra de esa tradición; tiene cosas valiosas. Pero me interesa otra, mucho menos popular, que creo que dice algo más urgente para estos tiempos. Una tradición que en vez de enseñarnos a aguantar nos enseña a dudar. Que en lugar de fortalecer nuestras certezas, las afloja, y a propósito. ¿Suena a debilidad quizás? Voy a tratar de convencerte de que es justo lo contrario.
El mundo de las certezas baratas
Mira a tu alrededor —o mejor, mira tu teléfono— y vas a encontrar un océano de gente absolutamente segura. Segura de quién tiene la razón en cada conflicto. De qué se debe pensar sobre cada tema, o de que el otro bando es estúpido o malvado. La certeza se volvió una forma de pertenecer: para estar dentro de un grupo hay que tener sus opiniones y posiciones, y tenerlas con la convicción de quien nunca dudó.
Lo curioso es que casi nadie llegó a esas certezas pensando. Las heredó, las absorbió, las repitió hasta sentirlas propias. Vivimos rodeados de gente segurísima de cosas que en realidad nunca examinó. Y esa certeza prestada, lejos de hacernos más fuertes, nos hace más frágiles. Cualquier dato que la contradiga se vive como un ataque, porque no construimos esa idea, solo nos aferramos a ella; es el fino arte contemporáneo de emular.
La mente que duda es la única que sigue abierta a aprender; la que es capaz de re-pensar incluso sus cimientos.
Dudar no es no saber nada
Cuando hablo de recuperar la duda, no hablo de ese relativismo flojo y posmoderno de "nada es verdad, cada uno tiene su verdad". Eso es otra cosa, y bastante ociosa en su lógica.
Dudar bien es más exigente que eso. Es suspender el juicio cuando todavía no tengo elementos para juzgar. Es resistir la presión de tener una opinión inmediata sobre todo. Es poder decir "no sé" sin sentir que eso me disminuye. Es mirar mis propias convicciones con la misma sospecha con que miro las ajenas, y preguntarme: ¿de dónde saqué esto?, ¿lo pensé yo o me lo pasaron?, ¿qué tendría que ver para cambiar de opinión?
Esto no es no saber nada. Es saber algo mucho más difícil: saber cuánto no sé. Y desde ahí, paradójicamente, pensar mejor. Porque la mente que duda es la única que sigue abierta a aprender, es la que es capaz de re-pensar inclusive sus cimientos.
La duda como una forma de respeto
Hay algo que descubrí con los años y que cambió mi forma de estar con la gente. Cuando llego a una conversación seguro de que tengo razón, en realidad no estoy conversando, estoy esperando mi turno para convencer. El otro es un obstáculo a vencer o un alumno a corregir. No hay nada que aprender porque ya lo sé todo.
Cuando llego dudando —de verdad dudando, no performándolo para agradar o compadecer—, pasa otra cosa. El otro se vuelve alguien que podría tener una pieza del rompecabezas que a mí me falta. Su desacuerdo deja de ser una amenaza y se vuelve información y apertura. La conversación se vuelve, de nuevo, lo que debería ser: dos personas tratando de entender algo juntas, no dos personas tratando de imponer una posición o criterio.
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La duda, en ese sentido, es una forma de respeto hacia el otro. Le concede al otro la posibilidad de enseñarme algo, y al mundo la posibilidad de ser más complejo de lo que mi cabeza y existencia alcanza a abarcar.
Tolerar la incomodidad de no saber
Por supuesto que dudar es incómodo. La certeza tranquiliza; la duda inquieta. Vivir sin respuestas firmes sobre las cosas grandes —cómo vivir, qué está bien, qué sentido tiene todo— produce una especie de vértigo o angustia en su contracara. Por eso preferimos las certezas, aunque sean prestadas, ya que nos ahorran el padecer existencial.
Pero hay una madurez particular en aprender a habitar ese vértigo o angustia sin salir corriendo a llenarlo con la primera respuesta que aparezca. En sostener las preguntas abiertas un poco más de tiempo. En tolerar no saber, no como un fracaso, sino como la condición honesta de alguien que toma el mundo en serio, y mucho. Las respuestas fáciles abundan justamente porque casi nadie aguanta la incomodidad de quedarse en la pregunta.
Una manera distinta de ser fuerte
Estamos acostumbrados a asociar la fortaleza con la firmeza. El fuerte es el que no se mueve, el que tiene sus convicciones claras, el que no se deja confundir. Pero hay otra clase de fortaleza, menos vistosa y común: la del que puede sostener la incertidumbre sin desesperarse. La del que dice tibiamente "no estoy seguro" y sigue funcionando, decidiendo, viviendo, sin la muleta de las certezas absolutas.
Esa persona es, en el fondo, más libre: nunca puso toda su identidad en tener razón.
Esa persona es, en el fondo, más libre. No está atada a defender una posición a toda costa. Puede cambiar de opinión sin sentir que se traiciona. Puede escuchar de verdad y equivocarse sin derrumbarse, porque nunca puso toda su identidad en tener razón.
Para concluir, no te pido que dejes de creer en nada. Te propongo algo más pequeño y más difícil: que la próxima vez que te descubras absolutamente seguro de algo, te detengas un segundo y te preguntes, con honestidad, de dónde viene esa certeza. A veces la respuesta te la confirmará o te permitirá descubrir que estabas defendiendo algo que nunca elegiste. En ese pequeño gesto de dudar de ti mismo hay más libertad de la que parece.