Humanamente hablando, podríamos decir que tenemos una fe casi ciega en las palabras. A nivel cultural, crecimos creyendo que todo problema se resuelve hablándolo, que todo malentendido se deshace con la explicación correcta, que estar cerca de alguien significa, sobre todo, conversar. Hay mucho de verdad en eso. Las palabras nos salvan a diario, nos acercan, nos permiten existir juntos; son apertura. Pero hay un punto —y casi nadie nos lo advierte— donde las palabras dejan de ayudar y empiezan a estorbar. Un punto donde lo honesto, íntimo y verdadero, solo puede ocurrir en silencio.

Bien lo sabemos, aunque lo olvidemos. Lo supimos alguna vez frente a alguien que sufría, cuando descubrimos que cualquier frase de consuelo sonaba hueca y que lo único que cabía era estar ahí, callados, acompañando. Lo vivimos en un abrazo que dijo más que un mar de palabras. Lo sentimos frente a un paisaje, a una muerte, al nacimiento de un hijo, en esos momentos en que hablar habría sido, de algún modo, una forma de arruinar un momento significativo.

Una tradición que tomó el silencio en serio

En Occidente desconfiamos un poco del silencio, y en muchos contextos nos incomoda. En una conversación, un silencio largo se siente como fracaso, algo que hay que llenar rápidamente. Muchas veces asociamos el callar con la timidez o la ignorancia. Hablar, en cambio, es señal de inteligencia, seguridad y presencia.

No obstante, hay tradiciones que lo entendieron al revés. El maestro hindú Ramana Maharshi (1879–1950), que vivió buena parte de su vida en la montaña de Arunachala, en el sur de la India, enseñaba sobre todo desde el silencio. Sostenía algo que a oídos occidentales bordearía lo absurdo: que el silencio es la forma más alta de enseñanza, una elocuencia que no se agota nunca. Para él, las verdades más hondas no se transmiten con explicaciones; se transmiten en la quietud compartida, en una presencia que no necesita palabras para comunicar lo esencial.

Las verdades más hondas no se transmiten con explicaciones: se transmiten en la quietud compartida.

No hace falta irse a una montaña ni adoptar ninguna creencia para reconocer lo que aquí se señala. Lo señaló a su manera, también, buena parte de nuestra propia tradición: los místicos que hablaban de un silencio más lleno que cualquier discurso, los que entendieron que ante lo más grande, la palabra justa suele ser ninguna.

Una escena

Quiero contar una escena. Es de una novela, pero podría ser de cualquier vida.

Una madre, ya viuda, le habla a su hijo del padre que murió. Le cuenta lo que daría por abrazarlo una vez más, por sentir el olor de su chaqueta de cuero, por escucharlo cantar en la ducha o quejarse del político de turno. Le habla de un hombre común y corriente, y de cómo esa misma normalidad era lo que lo hacía irrepetible. El hijo escucha. Nunca había oído a su madre hablar así, nunca había imaginado esa imagen tan amplia del padre que recién entonces, escuchándola, terminaba de conocer.

Y en un momento, el hijo siente el impulso de decir algo. De responder, de consolar, de llenar ese instante con alguna frase. Pero se detiene. Entiende —y esto es lo difícil— que cualquier palabra ahí sería insípida, condescendiente, una manera de romper algo que estaba vivo. Así que hace lo más difícil y lo menos habitual: guarda silencio. Aprieta la mano de su madre, la mira a los ojos, y se quedan así unos segundos. En ese mutismo compartido pasa todo. Lo que el padre fue, lo que la madre amó, lo que el hijo recién ahí comprende sobre sí mismo y sobre el hombre que está llamado a ser. Nada de eso necesitó decirse. De hecho, decirlo lo habría destruido.

Esa escena dice, en lenguaje de carne y hueso, lo mismo que el maestro de la montaña enseñaba: hay un silencio que no es ausencia de comunicación, sino su forma más plena.

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El silencio como presencia, no como vacío

Conviene distinguir, porque no todo silencio es de este tipo. Está el silencio incómodo, el de la distancia, el de las cosas que no se dicen por miedo o por rencor —ese silencio sí es un problema, y a veces hay que romperlo con palabras valientes. Pero hay otro silencio, completamente distinto, que no separa sino que une. Un silencio lleno, habitado, en el que dos personas están más juntas que en cualquier conversación.

La diferencia está en la presencia. El silencio que aísla es un silencio en el que cada uno está, en realidad, en otra parte. El silencio que comunica es uno en el que ambos están plenamente ahí, juntos, atentos a lo mismo. No es que falten las palabras: es que sobran. Lo que ocurre es tan real que nombrarlo lo desvitalizaría.

Hemos perdido la capacidad de estar callados juntos sin que se sienta raro. Y al perderla, perdimos también una forma de intimidad que ninguna palabra puede dar.

Vivimos en una época que le tiene terror a ese silencio. Lo llenamos de ruido, de pantallas, de música de fondo, de conversación nerviosa. Hemos perdido, en buena medida, la capacidad de estar callados juntos sin que se sienta raro. Y al perderla, perdimos también el acceso a una forma de intimidad que ninguna palabra puede dar.

No se trata de dejar de hablar

Las palabras son uno de los regalos más grandes que tenemos, y la mayoría de nuestros problemas, de hecho, vienen de cosas que no se hablaron a tiempo. La historia de la humanidad y la conciencia se enmarca en el desarrollo lingüístico y la posibilidad de comunicarnos colectivamente. Mi visión es que en una época saturada por el "ruido", es fundamental que podamos reafirmar la importancia del silencio como instancia de comunicación con nosotros mismos y el mundo.

Lo relevante es recuperar el oído para distinguir cuándo toca hablar y cuándo toca callar. Aprender a notar esos momentos —y son más frecuentes de lo que creemos— en que la palabra justa es ninguna. A no tenerle miedo al silencio compartido. A confiar en que, a veces, el gesto de amor más genuino —e inclusive seductor, dependiendo del contexto— que podemos hacer por alguien no es encontrar qué decirle, sino simplemente quedarnos, callados, aunque sea por unos segundos.

La próxima vez que estés frente a alguien que sufre, o que amas, o que está viviendo algo demasiado grande para las palabras, prueba a no buscar la frase perfecta. Prueba, en cambio, guardar silencio y estar plenamente ahí. Es más difícil de lo que parece —exige una presencia que hablar muchas veces nos ahorra—. Pero en ese silencio, si te animas a habitarlo, puede ocurrir algo que ninguna palabra alcanzaría a tocar.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

El pasaje citado pertenece a la novela del autor: Spoerer, C. (2017). La tercera ladera del río. Editorial Latinoamericana. Esta columna dialoga con las enseñanzas sobre el silencio (mauna) recogidas en: Maharshi, R. (1984). Enseñanzas espirituales (M. I. Guastavino, Trad.; 6.ª ed.). Editorial Kairós. (Obra original en inglés publicada en 1972.)