Heidegger llamó al ser humano ser-para-la-muerte. Lo dijo como una descripción de algo que nos constituye: somos la única especie que sabe que va a morir, y eso —según él— es precisamente lo que hace posible que nuestra existencia sea nuestra. En este orden, su mirada nos lleva a enfrentar la realidad de que solo porque el tiempo se acaba podemos hacernos cargo de él, así como por el hecho de que hay un final, podemos eventualmente llegar a elegir de verdad.
Jan Patočka, filósofo checo —que continuó el trabajo fenomenológico de Heidegger— y quien además pagó con su vida el precio de pensar en voz alta bajo una dictadura, llevó esta idea hacia algo más concreto: el cuidado del alma. Para Patočka, vivir era problematizar la propia existencia, hacerse responsable de la libertad que uno tiene. Y eso, insistía, solo cobra urgencia cuando la vida es finita. El cuidado del alma es lo que hacemos con el tiempo contado que se nos dio, no el tiempo abstracto de un ser eterno, sino este tiempo, el nuestro, el que se termina.
El cuidado del alma es lo que hacemos con el tiempo contado que se nos dio.
Lo que me interesa de ambos autores es que apuntan a algo que la experiencia confirma de un modo mucho más inmediato.
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Pensemos en cualquier cosa que hayamos amado de verdad. Una persona, un lugar, un período de tu vida. Parte de lo que hacía que eso importara era saber, aunque no lo dijéramos, que no iba a durar para siempre. El amor a los hijos tiene esa densidad extraña en parte porque uno los ve crecer y sabe que ese momento —ese niño con esa edad y esa forma de reírse— no volverá. Así también, una tarde con alguien que queremos vale más cuando sabemos que el tiempo es escaso. No es una ilusión sentimental: es la estructura misma del valor de las experiencias significativas que vivimos.
Un experimento mental nos ayudará a verlo con más claridad. Si fueras eterno, si tuvieras infinitos años por delante, ¿qué urgencia tendría hacer algo hoy? Probablemente ninguna, siempre habría un después. ¿Qué peso tendría una decisión, si pudieras tomar todas las decisiones posibles, una tras otra, sin que ninguna cerrara nada definitivamente? Elegir es renunciar, y solo puede renunciar quien no tiene todo el tiempo del mundo. La eternidad, mirada de cerca, no es la salvación del sentido: es su disolución. Un instante que no se acabara nunca no valdría nada.
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Esto va en contra de un reflejo muy arraigado. Tendemos a pensar el sentido como algo que hay que construir a pesar de que morimos, un legado, obra, algo que nos sobreviva y demuestre que estuvimos. Es como si el sentido fuera una victoria sobre la muerte. Personalmente, me parece más relevante reflexionarlo desde la contracara. El sentido no triunfa sobre la finitud: emerge de ella. No buscamos significado a pesar de que morimos, ya que las cosas pueden significar algo precisamente porque morimos.
Algo para pensar, para ti
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Veámoslo desde los innumerables casos de personas que han estado cerca de la muerte, quienes lo describen con una consistencia que vale la pena considerar. Quienes reciben un diagnóstico grave o sobreviven alguna situación límite suelen hablar después de una intensidad nueva en lo más ordinario. Obviamente, no porque hayan encontrado un sentido nuevo, sino porque la cercanía con el final les devolvió el peso a lo que siempre estuvo ahí. ¿Y cómo no? Si la rutina nos anestesia, es la conciencia de la finitud, cuando aparece, la que nos despierta.
La rutina nos anestesia. La conciencia de la finitud, cuando aparece, es la que nos despierta.
Por favor, nada de esto es un argumento para vivir obsesionados con la muerte. La angustia permanente por el final es tan estéril como ignorarlo. Lo que propongo es algo más humilde: reconocer que la pregunta por el sentido y la pregunta por la muerte son la misma pregunta. No dos problemas distintos —uno que resolver y otro que evitar— sino dos caras de lo mismo.
Quizás la única respuesta honesta a esa pregunta de las noches no sea un sentido que nos salve de morir, sino el reconocimiento de que solo los que mueren pueden tener una vida que valga la pena vivir.