Hay una escena que se repite en miles de casas, reuniones sociales, noches, y sin duda, consultas de psicoterapia. Alguien rodeado de gente —con pareja, hijos, amigos, trabajo— que de pronto siente, en medio de todo eso, una soledad que no sabe ni puede explicar. Ciertamente no le falta compañía, tiene el teléfono lleno de contactos y la agenda llena de planes. Y sin embargo ahí está esa sensación, sorda, persistente e íntima, de estar solo de un modo que ninguna de esas personas alcanza a tocar.
La primera reacción, casi siempre, es pensar que algo anda mal. Que esa soledad es un síntoma, un defecto, una señal de que no estamos haciendo bien las cosas. Vivimos en una cultura que trata la soledad como una enfermedad a erradicar, y que nos ofrece mil soluciones para no sentirla: conexiones, pantallas, ruido, en síntesis, planes para no quedarnos jamás a solas con nosotros mismos.
Quiero proponer otra mirada, más incómoda, pero también más liberadora. Y es que la soledad, en su forma más profunda, es una condición de estar vivos.
Hay una soledad que no se cura con compañía
Conviene distinguir, porque la palabra "soledad" nombra cosas muy distintas. Está la soledad circunstancial —la de quien no tiene con quién hablar, la del aislamiento real— y esa sí se alivia con vínculos, y conviene cuidarla, porque el aislamiento prolongado hace daño. Pero hay otra soledad, más silenciosa y radical, que no depende de cuánta gente tengamos alrededor.
Es la soledad de saber que nadie va a vivir nuestra vida por nosotros. Que nadie siente exactamente lo que sentimos y que entre lo que nos pasa por dentro y lo que logramos comunicar siempre queda una distancia que ninguna palabra termina de cerrar. Podemos amar y ser amados genuinamente, y aun así, en el último rincón de nuestra experiencia, estamos solos de un modo que no tiene arreglo. No porque algo falle, sino porque así es la dinámica y fascinante experiencia en cuestiones de amor.
La soledad no es un intruso que se cuela cuando descuidamos nuestras relaciones. Es una habitante permanente de la condición humana.
El psicoanalista argentino Gabriel Rolón lo llama, con una imagen exacta, "una visita inevitable". La soledad no es un intruso que se cuela cuando descuidamos nuestras relaciones. Es una habitante permanente de la condición humana, que a veces se asoma y a veces se esconde, pero que nunca se va del todo.
Por qué huimos tanto
Si la soledad es inevitable, ¿por qué le tenemos tanto miedo? ¿Por qué hacemos cualquier cosa con tal de no sentirla?
Desde mi punto de vista, porque ponernos frente a ella significa situarnos frente a verdades que preferimos no mirar. La soledad nos recuerda que somos finitos, que vamos a morir en algún momento, y que ese tránsito final lo haremos solos por más amor que nos rodee. Son verdades duras, y es comprensible que organicemos buena parte de nuestra existencia para no tener que verlas de frente.
El problema es que esa huida tiene un costo. Quien pasa la vida escapando de la soledad nunca llega a conocerse, porque el autoconocimiento requiere, justamente, esos ratos a solas en que nadie nos distrae de lo que somos. Quien no tolera estar consigo mismo termina dependiendo desesperadamente de los demás, no para acompañarse, sino para no tener que escucharse. Es justamente ahí donde la compañía deja de ser un encuentro y se vuelve una anestesia.
Lo que la soledad tiene para enseñarnos
Hay una paradoja muy linda en todo esto. Las personas que mejor toleran la soledad suelen ser las que mejor acompañan. Los que pueden estar consigo mismos son los que pueden estar de manera auténtica con un otro, sin exigirle que les llene un vacío que no le corresponde completar.
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Y es que cuando dejamos de pedirle a los demás que nos rescaten de nuestra soledad, algo se libera en el vínculo. Ya no necesitamos al otro para no sentirnos solos —lo cual es una carga enorme para cualquier relación—, sino que podemos estar con él por el gusto de estar, desde la plenitud y no desde la carencia. La soledad asumida, lejos de aislarnos, nos hace capaces de una intimidad más verdadera.
Y hay algo más. Esos ratos a solas, cuando dejamos de temerlos, son el lugar donde ocurre lo más íntimo de una vida consciente: el percibir, el sentir, el pensamiento, la creación, el duelo, la oración para quien la tiene, el simple reposo de ser uno mismo sin tener que actuar para nadie. Casi todo lo que de verdad nos forma sucede en soledad. La hemos demonizado tanto que olvidamos que también es el suelo donde crece lo mejor de nosotros.
Casi todo lo que de verdad nos forma sucede en soledad. La hemos demonizado tanto que olvidamos que también es el suelo donde crece lo mejor de nosotros.
No se trata de buscar la soledad
No estoy haciendo una apología del aislamiento. Los vínculos son una de las cosas más valiosas que tenemos, y necesitamos a los demás de maneras profundas y legítimas. El aislamiento real, sostenido, hace sufrir, y muchas veces enferma.
Lo que señalo es que entre huir de la soledad y refugiarse en ella hay un punto medio que casi nadie nos enseñó a habitar: el de poder estar solos sin angustia y acompañados sin dependencia. El de aceptar que la soledad nos visitará una y otra vez a lo largo de la vida —en las pérdidas, en las noches, en ciertos silencios— y que no hace falta salir corriendo cada vez que toca la puerta.
La próxima vez que la sientas, en medio de una fiesta o en una cama vacía, prueba a no tratarla como una emergencia. Prueba a quedarte un momento con ella, a preguntarle qué viene a decirte. A veces no dice nada y solo hay que dejarla pasar. Pero a veces, si la escuchamos, esa visitante inevitable trae imágenes e ideas sobre quiénes somos que ninguna compañía podría darnos.
Estamos solos, sí. Es una de las verdades de estar vivos junto con la inevitable muerte. Pero hay una manera de estar solos que, extrañamente, nos acerca más a todo: a nosotros mismos, a los demás, y a esta vida breve y compartida que, cada uno a su modo, atravesamos también en soledad.