El anillo del capitán Beto comienza como si la música acabara de desprenderse de la Tierra. Los primeros acordes abren una extensión inmensa, un espacio desconocido y sin bordes. Hay algo que se eleva, que avanza hacia una región extraña, como si la canción quisiera perder la gravedad. Sin embargo, no consigue —o no quiere— abandonar del todo el mundo que queda abajo. En medio de esa amplitud persiste una tristeza terrestre. Los sonidos se dirigen hacia las estrellas, pero los acordes parecen recordar el camino de regreso. La canción viaja hacia adelante mientras algo en ella continúa mirando atrás.
Beto era colectivero. Ahora atraviesa el cosmos en una nave construida en Haedo, una máquina improbable en la que el barrio ha sido arrojado al espacio. Hace quince años que recorre las galaxias. Un anillo misterioso lo protege de los peligros y le concede poderes extraordinarios. Puede cruzar distancias inconcebibles, entrar en zonas donde nadie ha estado y seguir avanzando cuando la Tierra ya es apenas una señal remota.
Pero no viaja solo. En la cabina lleva una fotografía de Gardel, un banderín de River Plate, la estampita de un santo y unos malvones que todavía riega. El universo puede abrirse frente a él con toda su vastedad, pero Beto conserva a su lado una pequeña constelación terrestre. Son objetos modestos, casi ridículos frente a la magnitud del espacio. Restos de una vida anterior flotando dentro de la nave.
Al comienzo podrían parecer simples recuerdos. Amuletos para resistir la distancia. Fragmentos del barrio guardados por un hombre que no quiere olvidar de dónde viene. Pero la canción va revelando que esos objetos no son únicamente recuerdos de la Tierra. Son las señales de un mundo que empieza a desaparecer.
Beto busca alguna ciudad en la que todavía sea posible escuchar a alguien silbar un tango. Añora los amargos compartidos junto al umbral, la presencia de su madre, una taza de café. Incluso llega a extrañar algo tan ordinario como el paso de los camiones de basura.
Hay algo llamativo en ese recuerdo. Entre todas las maravillas posibles, vuelven las escenas más comunes: el ruido de un camión atravesando una calle cualquiera, el café a la hora de siempre, una estampita gastada, un tango silbado por alguien cuyo nombre probablemente nunca supo. Desde cerca, esas cosas parecían insignificantes. En el espacio, se han convertido en las coordenadas de su vida.
Spinetta explicó alguna vez, en distintas entrevistas, la intuición que había detrás del viaje de Beto: usaba el viaje de un astronauta argentino del barrio de Haedo para hablar de otra cosa —de que si pudiéramos volar tan alto que ya no quedara nada del mundo que nos llevó a volar, el viaje mismo dejaría de interesar. Beto, por más que tenga en su cabina todos los poderes, no puede luchar contra la soledad de saberse ya sin regreso al mundo. Añora la basura, las estampitas, el café, las cosas más vulgares, porque las necesita para identificarse.
Ahí se encuentra quizá la herida más profunda de la canción: Beto necesita recordar esas cosas para continuar sabiendo quién es.
Una identidad repartida afuera
Solemos imaginar que la identidad es algo que llevamos dentro. Un núcleo íntimo que permanece con nosotros aunque cambien los lugares, las personas o las circunstancias. Desde esa perspectiva, uno podría alejarse indefinidamente y seguir siendo el mismo, siempre que conservara sus recuerdos. Sin embargo, la soledad de Beto sugiere otra cosa. Su identidad no estaba guardada enteramente en su interior. Parte de ella permanecía repartida entre las calles, los objetos, los gestos y las personas que componían su vida.
En Heidegger, la noción de mundo nombra esa trama relacional dentro de la cual las cosas aparecen como significativas para nosotros. Habitar un mundo es encontrarse ya envuelto en prácticas, lugares, afectos y referencias que permiten reconocer algo como familiar, útil, importante o doloroso.
El banderín lleva consigo los colores de un equipo, los partidos vistos con amigos, los cánticos en el Monumental, las derrotas discutidas durante días, los domingos, las rivalidades y las celebraciones. En la estampita persisten una forma de pedir protección, ciertos temores, quizá las manos de quien la entregó. Los malvones abren un patio, una ventana, una casa y el gesto repetido de alguien que se acuerda de regarlos.
El mate reclama otras manos. El tango silbado presupone una ciudad donde incluso los desconocidos comparten una melodía. El café necesita una hora del día, una mesa, una conversación o el silencio familiar de quien lo bebe siempre en el mismo lugar.
Incluso el camión de basura pertenece a esa red. Su ruido recorre ciertas calles, pone a ladrar a los perros y, más de una vez, nos recuerda demasiado tarde que olvidamos sacar la basura. Considerado por separado, parece el objeto menos digno de nostalgia. Dentro de un mundo, forma parte del ritmo vital de lo cotidiano.
Beto conserva las cosas, pero ha perdido el lugar al que pertenecían.
Cada cosa conduce hacia otras. Los objetos abren lugares, prácticas, personas y recuerdos. Nunca significan completamente por sí solos.
Por eso Beto puede llevar consigo algunos de ellos y, aun así, haberlo perdido todo. En la cabina permanecen el banderín, la estampita y los malvones. Sin embargo, ya no está la red de relaciones que les daba vida. El banderín ha dejado atrás las tribunas. La estampita ya no participa del mundo de temores y esperanzas que la volvía necesaria. Los malvones crecen sin patio.
Su nave se convierte poco a poco en un museo de la Tierra. Los objetos sobreviven como restos de una vida que ya no puede recuperarse. Puede regar los malvones, pero no devolverles la casa. Puede mirar la foto de Gardel, pero no hacer aparecer una calle donde alguien vuelva a silbar un tango. Puede tocar los objetos que lo acompañan, aunque ya no puede entrar en el mundo que alguna vez se abría a través de ellos.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Lo que se revela cuando se interrumpe
Mientras habitamos un mundo, rara vez advertimos toda la trama que lo sostiene. Recorremos las mismas calles, repetimos gestos, utilizamos objetos y escuchamos sonidos que apenas llaman nuestra atención. La cotidianidad los vuelve discretos. Están tan cerca que dejan de verse. Solo cuando algo falta advertimos cuánto sostenía.
Heidegger mostró que las relaciones que organizan nuestra vida suelen aparecer con mayor claridad cuando se interrumpen. Un objeto que deja de funcionar revela de pronto el conjunto de usos y referencias en el que estaba inserto. La interrupción deja al descubierto una trama que, mientras funcionaba, permanecía en segundo plano.
La nostalgia tiene ese poder: devuelve densidad a lo que la costumbre había vuelto invisible. A veces embellece el pasado. Otras, nos devuelve su ruido, sus defectos y su vulgaridad, incluso aquello que nos irritaba y que, pese a todo, pertenecía a la forma concreta de nuestra vida. Beto no añora una Tierra purificada por el recuerdo. Añora una Tierra reconocible. Un lugar donde hasta la basura ocupaba su sitio.
La distancia revela que una parte de nosotros estaba depositada afuera, alojada en una calle, en un silbido, en una rutina que creíamos reemplazable. Aquellas cosas no eran un mero escenario de nuestra vida. Participaban silenciosamente en la respuesta a la pregunta por quiénes éramos.
Por eso los poderes del anillo resultan inútiles frente a la tristeza de Beto. El anillo puede protegerlo de los peligros del cosmos, pero no puede defenderlo de la pérdida de su mundo. Puede mantener su cuerpo a salvo, aunque no puede restituir el suelo afectivo y cotidiano desde donde su vida cobraba sentido.
En eso reside la paradoja más dolorosa de la canción. Beto ha alcanzado una libertad casi absoluta. Ha dejado atrás los recorridos fijos, los horarios, el tránsito y los límites de su antigua existencia. Ahora puede dirigirse hacia cualquier punto del universo.
Pero cuanto más se expande el espacio frente a él, más se vacía el mundo donde algo todavía puede importarle. Puede ir a cualquier parte, mas ya no hay donde pueda volver a ser del todo Beto.
Spinetta sostenía que, si voláramos tan alto que ya no quedara nada del mundo que nos llevó a volar, el viaje dejaría de interesar. Todo viaje conserva un hilo con el lugar de partida. Partimos porque algo nos impulsa, porque alguien espera, porque imaginamos un destino desde una vida que todavía permanece detrás de nosotros. Incluso el deseo de alejarse necesita un mundo del cual tomar distancia.
Cuando ese hilo se corta, la aventura se convierte en deriva.
Beto sigue surcando la galaxia, cada vez más lejos de la Tierra y quizá también de sí mismo. Hacia el final, la canción sugiere que de él no quedará ni rastro, como si la distancia pudiera terminar por desdibujar por completo al náufrago sideral.
Mucho después encuentran al capitán. En su anillo ha quedado grabado un signo del alma. La canción no explica el signo ni resuelve el misterio. Deja apenas una marca, como si el objeto que debía protegerlo hubiera terminado guardando la huella de aquello contra lo cual no pudo defenderlo.
Quizá por eso El anillo del capitán Beto suena como una canción que asciende hacia las estrellas sin dejar de caer hacia la Tierra. Beto consiguió escapar de su gravedad, pero no de la gravitación de su mundo.
Allá arriba descubre que aquello que nos sostiene rara vez coincide con lo extraordinario. Son las cosas vulgares, aquellas que la costumbre vuelve transparentes: el café, una planta, una canción, el ruido de un camión. Cosas que casi no vemos mientras permanecen con nosotros y que, cuando desaparecen, revelan que eran el lugar donde todavía podíamos reconocernos.