En mi novela hay un personaje, Dante, que cuenta una historia aparentemente irrelevante sobre su padre. El hombre se pasaba los días persiguiendo malezas en el jardín. Las arrancaba de raíz, vivía pendiente del menor brote, cuidaba sus plantas nobles con una devoción que —decía Dante— a veces parecía mayor que la que se tenía a sí mismo. El hijo, en cambio, hizo lo contrario: armó su propio jardín de malezas. Las dejó crecer. Casi no las regaba. Nunca las abonó. Y aun así, su jardín resistía las heladas y las sequías que tumbaban el jardín del padre.

Es una imagen que me persigue desde que la escribí, porque habla de algo que veo todas las semanas en la consulta. Hay partes de nosotros que crecieron como malezas. Sin que nadie las cultivara, sin permiso, muchas veces contra el orden de lo esperado. Son las capacidades que la familia no premió, los deseos que la escuela no supo qué hacer con ellos, las intensidades que aprendimos a podar para ser queribles. Y son, casi siempre, lo más vivo que tenemos.

La sombra no es solo oscuridad

Jung tiene un nombre para esto: la sombra. Y conviene rescatarlo de la versión empobrecida que circula, esa que la reduce a "el lado oscuro" o a lo que escondemos por vergüenza. Jung fue más preciso. En Aion advierte que la sombra no contiene solo defectos morales: contiene también instintos normales, reacciones apropiadas, percepciones realistas, impulsos creativos. Dicho de otro modo, en eso que rechazamos de nosotros hay tanto basura como tesoro, y el problema es que los tiramos juntos.

En eso que rechazamos de nosotros hay tanto basura como tesoro. El problema es que los tiramos juntos.

El padre del jardín entendía bien la primera mitad. La maleza es invasiva, desordenada, no pide permiso. Pero no veía la segunda: que esa misma planta es la que sobrevive cuando la noble se rinde. La que se adapta a cualquier suelo. La que cumple su ciclo aunque todo esté en contra. Jung lo formula de una manera que a mí me sigue causando sentido: lo que no queremos saber de nosotros mismos no se evapora por ignorarlo, sino que se acumula y termina gobernándonos desde abajo. Las cualidades que podamos no se mueren, se vuelven raíz subterránea. Y desde ahí, o nos sostienen sin que lo sepamos, o nos brotan en el peor momento.

El costo del jardín perfecto

Me voy a detener en el padre, porque es el personaje que más me interesa de toda la escena. Dedicaba su vida a eliminar lo que crecía solo. Y cuanto más cuidaba el orden, más frágil quedaba el jardín. Esa paradoja tiene una traducción clínica exacta.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Winnicott describió algo parecido cuando habló del falso self: esa fachada que construimos para encajar, para ser aceptables, para responder a lo que el entorno espera de nosotros. El falso self puede funcionar durante años. Puede verse impecable desde afuera. Pero se sostiene a costa de un enorme gasto de energía, porque mantener el orden interno —reprimir lo espontáneo, vigilar cada brote de lo que no debería estar— consume exactamente la vitalidad que necesitaríamos para vivir. El jardín ordenado del padre era precioso y estaba siempre al borde del colapso. Las personas más adaptadas que llegan a la consulta suelen estar en esa misma posición: agotadas de cuidar una versión de sí mismas que no las protege de nada.

Hillman, que fue probablemente el discípulo más díscolo de Jung, llevó esto todavía más lejos. Le molestaba la obsesión cultural con el crecimiento sano, luminoso, ascendente. Decía que el alma no crece hacia arriba como una planta de vivero, sino hacia abajo, hacia lo oscuro, lo húmedo, lo que la consciencia preferiría no tocar. Para Hillman, querer un jardín sin malezas no es salud: es una fantasía de control que empobrece el alma.

El oro no salía de lo noble, sino de lo rechazado. La maleza psicológica es esa materia prima.

La prima materia

No se trata de invertir los papeles y romantizar el caos. El hijo de la novela no es más sabio que el padre por dejar crecer todo. Se trata de algo más difícil: aprender a mirar lo que crece sin permiso antes de arrancarlo. Preguntarse qué está intentando sobrevivir ahí. La rabia que reprimo, ¿qué frontera está marcando? El deseo que me da vergüenza, ¿hacia dónde apunta? La intensidad que me enseñaron a apagar, ¿qué parte de mí mantiene encendida?

En alquimia —cuestión que Jung dedicó años a estudiar— la materia prima de la transformación, la prima materia, era siempre algo despreciable. Lo que se tiraba a la basura, lo que nadie quería tocar. El oro no salía de lo noble, sino de lo rechazado, después de un trabajo paciente y lejos de lo sencillo. La maleza psicológica es esa materia prima.

El jardín del padre necesitaba cuidado constante para no morir. El del hijo se sostenía solo, porque estaba hecho de lo que ya había probado que sabía sobrevivir. Quizás madurar no sea volver el jardín en algo cada vez más ordenado, sino aprender a confiar en lo que crece sin que lo cuidemos. En reconocer que algunas de nuestras malezas son parte constitutiva de nuestra condición humana, es decir, de nuestra diferencia y autenticidad.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

La figura de la maleza aparece desarrollada en su novela La tercera ladera del río (2017). Esta columna dialoga con la noción de sombra en Jung, C. G. (1989). Aion. Paidós; con la prima materia alquímica en Jung, C. G. (2005). Psicología y alquimia. Trotta; con la concepción del falso self en Winnicott, D. W. (1965). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós; y con Hillman, J. (1996). The Soul's Code. Random House.