Soghomon Soghomonian nació en 1869 en Kütahya, en el Imperio otomano. Quedó huérfano muy pequeño. Lo notable es que, cuando lo enviaron a estudiar a Etchmiadzin, el corazón de la Iglesia armenia, el niño no hablaba armenio, pero podía cantar. Tenía una voz que detenía a la gente. Esa voz fue lo que lo salvó, y en el sentido más literal, fue lo único que tenía, y a partir de ahí construyó todo lo demás.
Ordenado sacerdote y elevado al rango de vardapet —título eclesiástico y académico de la Iglesia Apostólica Armenia—, Komitas dedicó su vida a algo que entonces casi nadie valoraba: recorrer aldeas recogiendo las canciones que el pueblo cantaba y que se estaban perdiendo. Durante sus travesías, transcribió más de tres mil melodías de la Armenia rural, e inventó métodos de notación para capturar escalas que la música occidental no sabía escribir. Su epopeya era rescatar la memoria musical de un pueblo antes de que desapareciera. Debussy lo admiraba. Localmente lo llamaban el salvador de la música armenia.
Conviene detenerse en lo que eso significa, porque es la clave de todo lo que quiero plasmar en esta columna. La función vital de Komitas era escuchar. Escuchar lo que un pueblo cantaba y devolvérselo hecho forma, partitura, coro. Su existencia entera era una relación de ida y vuelta con la voz colectiva: la recogía, la ordenaba y la cantaba de regreso.
La función vital de Komitas era escuchar. Escuchar lo que un pueblo cantaba y devolvérselo hecho forma, partitura, coro.
La noche del 24 de abril
El silencio comenzó el 24 de abril de 1915, cuando la policía otomana lo arrestó en su casa de Constantinopla —la escena que representa el cuadro que acompaña esta columna—. Nadie creyó que fuera en serio. Komitas enseñaba música a familias turcas de alto rango, los embajadores iban a sus conciertos. Tanto en la vereda turca como en la armenia pensaron que había un malentendido.
No había ningún malentendido. Fue arrestado junto a unos ochocientos intelectuales armenios —diputados, escritores, médicos, abogados, sacerdotes, artistas— en la noche que marca el inicio del genocidio. Lo deportaron a Çankırı, a un campo de concentración turco. Por la intervención de algunos amigos influyentes y del embajador estadounidense Morgenthau, lo devolvieron a Constantinopla unas semanas después, entre los pocos que volvieron.
Pero algo ya se había fracturado. Grigoris Balakian, que estuvo en esa misma deportación, escribió que Komitas sufrió de manera tremenda en el camino, y que ya entonces aparecían las primeras señales de una herida profunda. Había visto la crueldad humana de cerca. Había escuchado los relatos de las marchas de la muerte y las masacres que llegaban de todas partes. El hombre cuya vida era escuchar empezó a escuchar el exterminio de su propio pueblo.
El intento de volver
Hay un detalle que la versión simplificada del trauma suele saltarse, y que a mí me parece sumamente relevante. Durante los primeros meses, Komitas intentó volver a su vida cotidiana. Trabajó en sus piezas para piano. Escribió poemas en los que todavía se rastrea una sombra de esperanza. Y compuso una obra nueva: una versión del Padrenuestro, pero no como las muchas que había arreglado antes. Era una composición original donde pedía salvación y protección a través de la voz de los niños.
Detengámonos en eso. El hombre que dedicó su vida a la voz colectiva, frente al exterminio de esa colectividad, hace un último intento de seguir cantando, y lo que canta es una súplica puesta en boca de niños. Como si buscara la única voz que todavía podía sostener una plegaria. Ninguno de esos intentos prosperó. Escribió un último texto sobre su realidad y lo cerró con una frase corta: "mi corazón está roto."
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Después vino el silencio. En 1916 lo internaron en un hospital psiquiátrico en Constantinopla. En 1919 lo trasladaron a Francia. Pasó los últimos dieciséis años de su vida en clínicas psiquiátricas cerca de París. Casi veinte años sin volver a componer. El hombre que había recogido la voz de un pueblo entero dejó de hablar para siempre.
Lo que el silencio dice
Es tentador resolver el caso con la palabra trauma, o con las siglas que hoy usamos: TEPT. Y es cierto, los psiquiatras lo describirían así. Pero esa explicación, siendo descriptivamente correcta, deja algo afuera.
Hay una entrevista rara, de los años treinta, que un colaborador del periódico Haratch de París le hizo en uno de sus momentos de lucidez. En ella Komitas pregunta: "me dicen que hay muchos armenios en París. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no vuelven a la patria?" La pregunta es desgarradora porque no hay patria a la que volver. Fue borrada. Y él, en su lucidez intermitente, sigue buscándola.
El periodista Avedis Hadjian, que recoge esa entrevista, apunta algo que amplía el caso de lo individual a lo colectivo: el dolor de Komitas no terminó con Komitas. Es un dolor que se hereda, que se reactiva, que cada armenio de la patria y de la diáspora vuelve a sentir con cada nueva violencia. El trauma de Komitas no fue solo suyo: fue la primera voz de un dolor transgeneracional que sigue resonando.
Hartmut Rosa describe lo que él llama el enmudecimiento del mundo: ese momento en que el mundo deja de respondernos, deja de tener voz propia, deja de resonar. En Komitas eso ocurre de forma casi literal. Toda su vida había sido resonancia pura: el mundo le cantaba y él respondía cantando de vuelta. Cuando ese mundo fue destruido, la relación se cortó. No quedó nada que respondiera. Y un hombre hecho enteramente de esa relación se quedó sin voz, porque la voz no tenía ya a quién contestarle.
No se puede devolver una canción a un mundo que ya no está para recibirla. Su silencio fue la música sin nadie a quien cantarle.
Jung describió algo parecido en términos de economía psíquica: cuando la realidad exterior se vuelve insoportable, la libido se retira del mundo y se repliega hacia adentro. Es el alma protegiéndose de un afuera que se ha vuelto inhabitable. El silencio de Komitas, leído así, no es solo sintomatología médica: es también una respuesta. La única posible cuando el mundo que uno cantaba deja de existir.
Una pregunta sin respuesta limpia
¿Por qué él, que tenía la música, que tenía justamente la herramienta para elaborar el dolor, no pudo usarla? Tal vez porque su música no era un instrumento personal de desahogo: era un vínculo. El modo en que él existía con otros, con su pueblo, con las voces que recogía aldea por aldea. Cuando ese pueblo fue aniquilado, la música perdió su destinatario. No se puede devolver una canción a un mundo que ya no está para recibirla. Su silencio fue la música sin nadie a quien cantarle.
Hace más de diez años, y por razones que aún no tengo del todo claras, tuve la fortuna de llegar a conocer en profundidad la vida y obra de Komitas. Y aún hay algo que me sigue golpeando de esta historia: que su última obra, en el límite de lo soportable, hubiera buscado la voz más frágil y nueva, la única todavía sin marcar por el horror, para sostener una última petición de salvación y esperanza. No funcionó, pero el gesto importa. Antes de callar para siempre, Komitas intentó que cantaran los que aún podían cantar.
Sus restos fueron trasladados a Ereván en 1936. Hoy es uno de los símbolos del genocidio armenio, su rostro aparece en museos y galerías de todo el mundo. Pero detrás del símbolo hay un hombre que pasó sus últimos veinte años en silencio, y ese silencio sigue diciendo lo que ninguna estatua puede. Que hay pérdidas que no se elaboran. Que a veces el alma, frente a lo insoportable, no encuentra otra respuesta que retirarse. Y que el hombre que le dio voz a todo un pueblo terminó sin encontrar la suya, porque ya no quedaba el mundo que esa voz necesitaba para existir.