Hay una palabra que usamos y vivimos prácticamente todos los días y que casi nunca miramos de frente. La mencionamos de paso, como quien nombra algo incómodo: "me decepcioné", "fue una decepción", "no quiero volver a decepcionarme". Y después seguimos adelante, como si nombrarla bastara para dejarla atrás.
Pero la decepción no se va tan fácil. Y a mi juicio, quizás eso debería decirnos algo.
Llevo años estudiando la decepción, no solo como fenómeno clínico, sino como estructura de la experiencia humana. Lo primero que encontré, y que sigue siendo lo más desconcertante, es que no es una experiencia que únicamente le pasa a quienes esperan demasiado, o a los ingenuos, o a los que no supieron protegerse. La decepción le ocurre a cualquiera que haya apostado por algo. Es decir, a cualquiera que haya vivido de verdad.
Vivir es prometer
Cuando hablo del "apostar", me refiero a que vivimos proyectados hacia adelante. No lo digo metafóricamente, sino como la estructura básica de cómo funciona la existencia humana. Desde que nos levantamos en la mañana hasta que nos dormimos, estamos constantemente anticipando: lo que va a pasar hoy, lo que esperamos de esta relación, lo que creemos que será nuestra vida dentro de diez años. Somos, en el fondo, seres de promesas. Prometemos y nos prometemos. Y recibimos promesas: de las personas que amamos, de las instituciones en las que confiamos, inclusive de los marcos de referencia desde donde llevamos nuestras vidas.
La decepción le ocurre a cualquiera que haya apostado por algo. Es decir, a cualquiera que haya vivido de verdad.
Ahora bien, si vivir implica prometer y ser prometido, entonces la decepción no es un evento excepcional del camino. Es el nombre de lo que pasa cuando una promesa se rompe. Y muchas veces, las promesas se rompen. No todas, y no siempre de la misma manera. Pero la posibilidad de la ruptura es tan constitutiva de la promesa como la promesa misma. Sin esa posibilidad, sin ese riesgo, no habría promesa, habría solo certeza, y la certeza no necesita ser prometida. Esto es lo que quiero decir cuando digo que la decepción es ontológica: es parte de la arquitectura de una vida humana.
Y sin embargo la tratamos como si fuera una falla
La cultura contemporánea tiene una relación muy particular con la decepción, y es que básicamente quiere eliminarla. Hay una industria entera dedicada a enseñarnos a gestionar las expectativas, a no apegarnos, a mantener la ecuanimidad frente a los resultados. Sin duda, todo eso tiene su valor, pero hay algo en ese proyecto que me inquieta: la idea de que una vida bien vivida es una vida sin decepciones, o con las mínimas posibles. Como si la madurez consistiera en aprender a no esperar nada de nada, para no volver a sufrir.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
El problema es que esa estrategia tiene un costo enorme. Porque lo mismo que nos expone a la decepción —la capacidad de comprometerse, de confiar, de esperar algo de alguien— es también lo que hace que la vida valga la pena. Quien nunca se decepciona probablemente tampoco se enamora, ni confía del todo, ni se entrega a ningún proyecto con la intensidad que hace que ese proyecto importe. No se trata, entonces, de cómo evitarla. Se trata de cómo habitarla.
Tres maneras de responder
Hay distintas maneras de responder cuando una promesa se rompe. Algunas las reconocerás de inmediato.
Está la negación: seguir adelante como si nada hubiera pasado, insistir en que todo está bien, no dejar que la decepción aterrice. Es la respuesta más común y también la más costosa a largo plazo, porque lo que no se procesa no desaparece, se acumula, y muchas veces se repite.
Está la instalación: convertir la decepción en identidad. "Yo soy alguien a quien siempre le pasan estas cosas." "Ya sé que no puedo confiar en nadie." Es una forma de protegerse que termina siendo una prisión, porque cierra la posibilidad de volver a apostar.
La elaboración es dejar que la decepción haga su trabajo. No que te rompa, que te mueva.
Y está la elaboración: dejar que la decepción haga su trabajo. No resignarse, no hacerse el duro, sino atravesarla con los ojos abiertos y dejar que algo en uno cambie. No que te rompa, que te mueva. Esta tercera vía es la más difícil y la menos frecuente: la única que deja algo valioso al final.
Una invitación
Este año publico un libro en el que llevo trabajando mucho tiempo: Decepción: ontología de una promesa rota. En él desarrollo con detalle todo lo que aquí apenas esbocé: las distintas formas que toma la decepción, su relación con el tiempo y la identidad, lo que dice de nosotros la manera en que respondemos cuando algo que esperábamos no ocurre.
Junto al lanzamiento del libro, publicaré una herramienta interactiva de exploración filosófica de la decepción. Si quieres ser de los primeros en acceder, suscríbete a UpToYou.
Esta es la primera de varias columnas sobre el tema. Por ahora, con esta pregunta basta para empezar: ¿cuándo fue la última vez que te decepcionaste de verdad, y qué hiciste con eso?