"Temprano madrugó la madrugada"
Hace unos meses un crítico literario, al enterarse que era sobrino de Abel, me expresó: "Abel González debe ser la persona más simpática de todo Viña del Mar". La frase que en su momento me pareció un poco exagerada abre la puerta para decir con prudente justicia que Abel era un ser humano muy excepcional y contracultural.
Abel es una persona inclasificable. En lo deportivo fue futbolista, boxeador, corredor (nunca runner… ya que eso era para él una moda algo insoportable) y ciclista. A nivel filosófico, un liberal conservador. En lo político, un hombre de derechas pero con amigos de izquierda. A nivel social, un hombre de la calle y del calor del hogar. A nivel psicológico, duro y emocional.
La vida de Abel transcurre en total apertura a lo humano. Con una "hospitalidad levinasiana" fue acogiendo a todos los rostros y abrazando con su amistad muchas vidas. La irrupción del rostro siempre constituyó para él un compromiso ético y la puerta para el infinito. En la vida de Abel todo tenía lugar y cada conversación era un pequeño sacramento del encuentro. El mismo viejo Borges, a quien Abel conoció gracias a presentarse como un "lector", lo dijo en una conferencia: "cada vez que despertamos, el mundo comienza otra vez". Con Abel parecía que la vida estaba recién comenzando.
Fue un hombre de rutinas. Amante de la estabilidad y lo simple. Sabemos que tuvo una gran aversión a los viajes, a los que consideraba como "simples traslados", diciendo en su defensa que él no necesitaba viajar porque el viaje habitaba dentro de sí.
Fue dueño de un humor inteligente y creativo. Su risa será inolvidable. De hecho, mi última conversación con Abel fue para consultarle si una persona que aspiraba a ser del grupo de los duros podía juntar el álbum del mundial. A lo que Abel respondió: "Dile que por ningún motivo, es una falta gravísima, no puede ser que en un mundo en guerra anden dedicados a juntar laminitas".
Conversación y amistad
La vida de Abel está atravesada por dos palabras: conversación y amistad. Como filósofo fue amante del lenguaje y buscador de la palabra precisa. Fue un maestro que formó a muchas generaciones en espacios universitarios, pero por sobre todo enseñó a pensar en los cafés de la ciudad y en la experiencia del encuentro. A los más jóvenes nos ayudó a entender la filosofía como lo hacía su maestro Jorge Millas: "como un acto de libertad". Y desde ese lugar nos transmitió su conmoción por la palabra y amor por la verdad.
Un rasgo que reconocemos de la vida de Abel fue la sabiduría. Su vida ha sido hermosa para quienes lo conocimos, y también, nos gusta pensar, para lo que él buscaba con tanta insistencia. Abel fue un pequeño reflejo de esa luz que persiguió toda su vida.
Más que un gran creyente, prefiero decir que Abel era un gran dudante.
Abel siempre estuvo inquieto por lo divino. Sin aferrarse a certezas absolutas o doctrinas cerradas, fue haciendo camino en el claroscuro de la fe. Fue un buscador incansable del misterio, un "peregrino del absoluto", que traspasó noches y dudas. Todo lo monástico y místico le producía una enorme atracción. Disfrutaba de la buena conversación teológica. Hace poco me escribió para avisarme que cada día más le gustaba el personaje del buen ladrón y se sentía identificado con él, a pesar de no haber robado nunca. Un creyente/dudante que hizo de la sabiduría la puerta de entrada para el reflejo de la luz eterna, e hizo de la duda la condición indispensable del creer.
El Emaús de Abel
Pienso en el relato de los discípulos de Emaús, el encuentro de Jesús resucitado con dos discípulos tristes y abatidos, y encuentro ahí puntos hermosos con la vida de Abel.
Los discípulos, después de la violenta muerte de Jesús, van tristes por el camino. Algo de esa caminata triste se refleja hoy en nuestra vida. Y el resucitado se les acerca para preguntarles: "¿Qué van conversando por el camino?" Es un Dios deseoso de encuentro y conversación. Abel transparentaba algo de ese Dios que se encarna en la humanidad para entrar en la conversación de la historia humana. Un Dios que se acerca y pregunta, que sabe escuchar, que se ajusta al ritmo y dolor del otro. Cuánto de ese Dios conversador habitaba en Abel.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
"Les ardía el corazón mientras les explicaba las escrituras". ¿Cuántas veces Abel hizo arder nuestro corazón con una reflexión desafiante o una cita llena de precisión y belleza? Abel era un hombre de palabra justa y profunda. Y también una palabra que levantaba la esperanza. Es cierto que no era muy hábil para lo práctico, pero fue un verdadero terapeuta de la palabra, y a través de ella encendió muchos corazones apagados y amores abatidos.
Los discípulos le dijeron "quédate con nosotros" y "se sentaron en la mesa y lo reconocieron al partir el pan". En la vida de Abel la mesa fue un verdadero sacramento del encuentro. En esa mesa sin tiempo, llena de humor y profunda reflexión, se nos abrieron los ojos y la vida.
La conversación en el camino, la palabra precisa que nos hace arder el corazón, la mesa compartida donde se abren nuestros ojos y la vida. La vida de Abel es un Emaús rutinario. Abel vivió como un peregrino de Emaús por la ciudad de Viña del Mar.
En estas horas muchos hemos hecho nuestros los versos de Rilke: "Señor, da a cada uno su propia muerte, una muerte que de cada vida brote y en que haya amor, significado y sufrimiento". Y nos hemos preguntado qué será de nuestra vida sin Abel.
Personalmente me resisto a terminar la conversación con Abel González. Ya sea por la fe o por la literatura de Borges, me niego a creer que la muerte sea un fin absoluto. Y como los discípulos de Emaús le digo: Abel, "quédate con nosotros". Abel vivió de manera cotidiana, por tanto su resurrección debería ser cotidiana. Su vida tuvo tanta luz que me atrevo a soñar su resurrección en los cafés de la ciudad, todos hoy de luto, donde se seguirá pronunciando su nombre. Me atrevo a soñar la resurrección de Abel en las calles y los árboles sin hojas del Cerro Castillo, en su risa libre, en ese humor callejero, en las miradas cordiales. Abel, quédate con nosotros y no permitas que se acabe la conversación.
Finalmente, hay un elemento de la vida de Abel sin el cual no se puede comprender su historia: el amor de su compañera de vida. Pocas veces he visto un testimonio de tanta paciencia, cariño y cuidado en una pareja, ese cuidado lleno de detalles y entrega que nunca le soltó la mano. Una ternura incansable, que solo se puede comprender en esa clave espiritual que nos regala Santa Teresa de Ávila: "la vida que anda en amor, no cansa ni se cansa".
"Temprano madrugó la madrugada y temprano levantó la muerte el vuelo" en nuestra querida ciudad de Viña del Mar, que hoy despide a uno de sus grandes conversadores. En su querido Cerro Castillo ya se respira la ausencia de uno de sus hijos más queridos. Maestro, profesor, tío y amigo. Llegó la hora de "levar anclas" y emprender el único viaje de tu vida. El viaje hacia la Luz, hacia la luz del reflejo eterno. Hasta siempre… eterno y entrañable Abel.