Hay una canción de Damien Jurado que se llama The Shame of Two Cities. Dura tres minutos. Está grabada en mono, con una tonalidad casi irónica y burlesca para su mensaje. Posee esa calidad de grabación que suena a algo encontrado en una cajita vieja, y tiene un estribillo que me cuesta sacarme de encima: "Don't walk with your head in a cloud, hoping to be someone better." No camines con la cabeza en las nubes esperando ser alguien mejor; es casi una súplica. Y en el segundo verso, la pregunta que la hace insoportable: "Do you always hurt the ones you love?" ¿Siempre lastimas a los que amas?

Vale la pena escucharla antes de seguir leyendo, porque la canción hace algo que las palabras de un análisis no pueden: te pone en el lugar del que reconoce, sin querer, que ha estado viviendo en otra parte.

La vergüenza de las dos ciudades es precisamente eso: vivir simultáneamente en dos lugares. En uno está nuestra vida real, las calles donde existimos, la gente que nos rodea, el trabajo que hacemos, los vínculos que sostenemos o que descuidamos. En el otro está la ciudad imaginaria donde creemos que deberíamos estar. La ciudad del proyecto de nosotros mismos. La ciudad de la mejor versión, del potencial realizado, de quien seríamos si las cosas hubieran salido distintas o si por fin nos decidiéramos a hacer lo que sabemos que deberíamos hacer.

La vergüenza aparece en el momento en que notamos la distancia entre las dos. Cuando descubrimos que hemos estado habitando la ciudad imaginaria tan intensamente —tan convencidos de que era la real, o de que pronto lo sería— que la otra, la concreta, siguió su curso sin nosotros. La vergüenza de las dos ciudades es la de haberse ausentado en uno de estos planos.

El esteta que nunca elige

Kierkegaard describió algo parecido, aunque con otro nombre, en el siglo XIX. Habló del estadio estético como una forma de existencia en la que el sujeto vive en la posibilidad pura, fascinado por todo lo que podría ser, abierto a todas las opciones, sin comprometerse con ninguna. El esteta kierkegaardiano es alguien que colecciona experiencias, proyectos, identidades posibles, pero que huye sistemáticamente del momento en que una elección cierra las demás. Porque elegir, en el sentido pleno de la palabra, es renunciar. Y renunciar hace daño.

Lo que Kierkegaard vio con claridad es que la posibilidad infinita no libera, más bien paraliza. O más precisamente, genera una forma particular de actividad frenética que en realidad es una huida del compromiso real. El esteta parece vivir mucho —planea, empieza, se entusiasma, abandona, vuelve a empezar— pero en el fondo no vive nada del todo. Siempre está en el umbral, a punto de entrar en la vida verdadera, que comenzará cuando las condiciones sean las correctas, cuando él sea la persona que necesita ser para merecerla.

En El concepto de la angustia, Kierkegaard añade otro elemento relevante: esa posibilidad infinita produce un vértigo particular, una angustia que no viene del peligro concreto sino de la libertad misma. La libertad de ser cualquier cosa termina siendo aterradora, y la huida más común es convertir la vida en un proyecto permanente, siempre en construcción, nunca inaugurado. Lo que la canción de Jurado nombra como vergüenza, Kierkegaard lo habría llamado desesperación. Una silenciosa en este caso: la de no ser uno mismo mientras se finge estarlo siendo.

La ciudad imaginaria no está deshabitada, sino llena de un sujeto que no es nadie todavía. La ciudad real está llena de personas concretas que necesitan al que ya existe.

El das Man y su antídoto

Heidegger llegó a una conclusión parecida desde otro ángulo. En Ser y tiempo, describió la existencia inauténtica como la del das Man —el "se": se dice, se hace, se piensa como todos—. Una forma de existencia en la que el sujeto delega la responsabilidad de su vida a lo que genéricamente se espera, a lo que está bien visto, a la imagen que el entorno le devuelve. El das Man no elige, se deja llevar por la corriente de lo que uno debería ser.

Pero lo que más me interesa de Heidegger para esta columna no es el das Man sino su antídoto: lo que él llama la existencia auténtica, que es, antes que nada, hacerse cargo. Reconocer que esta vida —esta, la que estoy viviendo, con estas personas y estas circunstancias— es la mía, y que eludir esa responsabilidad tiene un costo. Por una parte, la angustia; pero también algo más mundano y más dañino: el daño que se hace a quienes están ahí, en la ciudad real, esperando que uno llegue.

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La trampa bien intencionada

Byung-Chul Han ofrece una lectura contemporánea de todo esto que vale la pena incorporar, aunque sea brevemente. En La sociedad del cansancio describe cómo el sujeto contemporáneo ha internalizado la exigencia de rendimiento hasta el punto de convertirse en su propio explotador. Ya no es el otro —el jefe, la institución, el mandato social— quien le exige ser más, mejor, más productivo. Es él mismo. El sujeto de rendimiento se agota persiguiendo una versión optimizada de sí mismo que retrocede sistemáticamente cada vez que se acerca, porque el estándar siempre sube.

La ciudad imaginaria es, en este sentido, una trampa bien intencionada. Nos instalamos en ella convencidos de que estamos trabajando por una vida mejor, y sin darnos cuenta dejamos de habitar la que ya tenemos. El cansancio que describe Han emerge desde esta escisión permanente: la de estar siempre en otra parte, en la ciudad del proyecto, mientras la vida real transcurre sin testigos.

Hay un tipo de decepción que es más difícil que la mayoría: la decepción con uno mismo. Este tipo de decepción no tiene la salida de la externalización, no hay otro al que culpabilizar. Cuando el que prometió soy yo, y el que no cumplió también soy yo, la estructura de la experiencia cambia de manera radical, porque solo está la distancia entre la promesa y lo que realmente ocurrió, y yo en el medio de esa distancia, como juez y parte.

La ciudad imaginaria es, en el fondo, una promesa que uno se hace a sí mismo. Y la vergüenza de las dos ciudades es la decepción que resulta de esa promesa incumplida, no frente a otros, sino frente a la propia conciencia. Es la forma más íntima de decepción, y también la más difícil de elaborar, porque al no poder culpar al mundo, nos obliga a mirarnos. Como es de esperar, esa mirada es incómoda, la misma que la canción de Jurado nombra. El estribillo no juzga, observa. Y en esa observación hay algo que se parece mucho a la compasión, hacia uno mismo y hacia los que han sufrido la ausencia del que estaba en la ciudad imaginaria cuando debería haber estado aquí.

El segundo verso de la canción termina con una imagen que me quedó: "leaving you nothing but a castle." Dejándote solo con un castillo. Uno de arena, presumiblemente, porque la marea real terminó por llegar y el castillo no resistió. Lo que construiste desde la ciudad imaginaria —desde la identidad que esperabas tener, desde el proyecto de ser alguien mejor— se deshace cuando la realidad toca la orilla.

¿Cómo se retorna a la ciudad real? No tengo una respuesta satisfactoria, y desconfío de los que la tienen. No hay técnica, método ni lista de pasos. Pero sí creo que hay algo que los filósofos nombran de distintas maneras y que se parece mucho a lo mismo: hacerse cargo. Kierkegaard lo llamaría dar el salto al estadio ético. Heidegger lo llamaría resolución. A modo personal, me inclino por la responsabilidad: aquel momento en que uno para de esperarse a sí mismo, aunque sea por unos segundos o minutos.

A lo que apunto es a reconocer que esa aspiración solo tiene sentido habitada desde adentro, desde quien uno realmente es, no desde quien uno imaginó ser. La ciudad real no es una segunda opción, es la única ciudad donde la vida ocurre de verdad. Y hay una razón práctica y urgente para volver a ella, que la canción de Jurado nombra sin medias tintas: los que amamos viven ahí. No en la ciudad imaginaria, donde solo habita el proyecto de nosotros mismos. Están en las calles concretas, en los ratos ordinarios, en las conversaciones de todos los días. Cuando estamos en la ciudad de las nubes, estamos en otra parte, y aunque sea en la parte más noble y luminosa del proyecto de sí mismo, es estar ausente.

Quizás la vergüenza de las dos ciudades —esa que la canción nombra y que uno reconoce de inmediato, aunque no quiera— sea, en el fondo, lo más honesto que tenemos. La señal de que algo sabe, en algún lugar adentro, que se ha vivido en el lugar equivocado por demasiado tiempo y que todavía hay tiempo para cruzar.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026. Esta columna dialoga con Kierkegaard, S. (1992). O lo uno o lo otro (B. Saez Tajafuerce y D. González González, Trads.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1843.); Kierkegaard, S. (2013). El concepto de la angustia (D. G. Rivero, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1844.); Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927.); Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2010.) La canción que dio origen a esta columna: Jurado, D. (2023). The Shame of Two Cities. En Passing the Giraffes. Maraqopa Records.