En su libro Mirar al sol, Irvin Yalom aborda el temor a la muerte como una de las preocupaciones fundamentales de la condición humana. Siguiendo una idea de Epicuro, sostiene que el miedo a la muerte está presente en todos los seres humanos, aunque con frecuencia permanezca fuera de la consciencia y se exprese de maneras indirectas.
Personalmente, considero injustificada esta generalización. No creo que todas las personas deban tener miedo a la muerte. Tampoco me parece legítimo suponer que, cuando una persona no experimenta conscientemente ese temor, necesariamente lo albergue de forma inconsciente.
Más bien, pienso que muchas personas tememos, no tanto a la muerte en sí misma, sino al sufrimiento. Tememos el dolor físico, la enfermedad, la pérdida progresiva de nuestras capacidades, la dependencia, el deterioro y la incertidumbre que con frecuencia acompañan el proceso de morir. En otras palabras, solemos imaginar la muerte a través de la experiencia del sufrimiento que puede precederla, más que como el simple hecho de dejar de existir.
Probablemente algunas personas sí experimentan un intenso miedo a la muerte misma. Sin embargo, me parece que en muchos casos ese temor está entrelazado con el miedo a aquello que podría ocurrir antes de morir: una enfermedad dolorosa, una discapacidad, o el sufrimiento de los seres queridos. Por ello, considero más adecuado hablar de una diversidad de experiencias humanas que de un temor universal.
El deseo de una vida que valga la pena
Existe, además, otra preocupación profundamente humana que quizá sea aún más importante desde un punto de vista existencial: el deseo de vivir una vida que valga la pena. La mayoría de las personas aspiramos a realizar algunos proyectos significativos —distintos en cada persona—: amar y ser amados, formar una familia, desarrollar una vocación, escribir un libro, contribuir al bienestar de otros, crear una obra artística o científica, dedicar la vida a practicar un deporte, viajar, aprender o simplemente construir una existencia coherente con nuestros valores. No todas las metas poseen la misma importancia, pero algunas llegan a convertirse en ejes que organizan el sentido de una vida.
Es comprensible que resulte doloroso comprobar que determinadas metas no podrán alcanzarse, ya sea porque el tiempo de vida fue insuficiente, porque faltaron oportunidades, recursos económicos o condiciones sociales favorables, o porque nuestros propios temores limitaron nuestras decisiones. Esta frustración constituye un problema propiamente existencial, pues nos obliga a preguntarnos qué significa haber vivido bien cuando algunos de nuestros proyectos permanecen inconclusos.
Sin embargo, conviene introducir un matiz importante. Solemos asumir que todo aquello que deseábamos habría contribuido a nuestra felicidad si lo hubiéramos conseguido. Probablemente asumimos esto porque, como afirma Lipovetsky, vivimos en la época posmoderna, centrada en el placer y la comodidad. Pero obtener lo que deseamos no siempre es bueno. Muchas veces deseamos algo porque creemos que será bueno para nosotros, cuando en realidad desconocemos cuáles serán o habrían sido sus consecuencias.
La frustración por un deseo incumplido no demuestra que su realización hubiera mejorado nuestra vida. Perdimos aquello que imaginábamos como un bien, no aquello que efectivamente habría sido un bien.
Una persona puede lamentar durante años no haber iniciado una relación con alguien que admiraba, sin saber que esa relación habría terminado siendo profundamente destructiva. Otra puede frustrarse por no haber obtenido un determinado empleo, ignorando que ese trabajo habría deteriorado gravemente su salud o la habría conducido a circunstancias mucho peores de las que finalmente vivió. Nunca podremos conocer con certeza esos mundos alternativos. Algunos filósofos como Nelson Goodman y David Lewis llamaron "contrafácticos" a estos escenarios hipotéticos: historias posibles que nunca ocurrieron y cuya verdad permanecerá para siempre fuera de nuestro alcance.
Elegir sin garantías
Esta incertidumbre acompaña inevitablemente la existencia humana. Søren Kierkegaard insistió en que vivir implica elegir constantemente sin disponer de garantías absolutas acerca de las consecuencias de nuestras decisiones. Elegimos una profesión, una pareja, un lugar donde vivir o un proyecto vital sin conocer plenamente el futuro. Esperar una certeza completa antes de actuar es imposible; quien aguardara esa seguridad no elegiría, pero no se puede vivir sin elegir. La libertad humana consiste precisamente en asumir ese riesgo.
Si nuestras elecciones están inevitablemente rodeadas de incertidumbre, entonces quizá el sentido de la vida no dependa tanto de acertar siempre como de comprometernos responsablemente con aquello que consideramos valioso. En este punto encuentro especialmente sugerente la propuesta de Viktor Frankl. Para él, la motivación fundamental del ser humano no es la búsqueda del placer, sino la voluntad de sentido. Necesitamos que nuestra vida posea una dirección y un significado que justifiquen nuestros esfuerzos.
Frankl sostuvo, además, que incluso el sufrimiento puede adquirir sentido cuando resulta inevitable. No obstante, esto no significa que debamos buscar el sufrimiento. Sería un error interpretar la logoterapia como una invitación al masoquismo. Si un sufrimiento puede evitarse razonablemente, lo deseable es evitarlo. El valor de la propuesta de Frankl consiste, más bien, en recordar que cuando el dolor llega —como inevitablemente sucede en algún momento de toda vida— todavía conservamos la posibilidad de responder de una manera digna y significativa.
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Al mismo tiempo, la búsqueda de sentido no excluye el deseo de alcanzar metas ni de experimentar alegría. Por el contrario, muchos de los momentos que confieren significado a nuestra existencia provienen precisamente de proyectos largamente anhelados que finalmente se concretan. Otros, en cambio, llegan sin haber sido planificados: una amistad inesperada, el descubrimiento de una nueva canción o una experiencia de la belleza de un paisaje. Una vida con sentido parece nutrirse tanto de aquello que perseguimos deliberadamente como de aquello que la propia vida nos regala.
La vida probablemente incluye, en distintos grados, objetivos logrados, caminos dejados de lado, alegrías y sufrimientos, entre otras experiencias. Pero ¿qué necesitamos para tener una "historia de vida" significativa?
Las narrativas que contamos sobre nosotros
Considero que es importante también revisar las historias que contamos acerca de nosotros mismos. Michael White y David Epston mostraron que las personas solemos organizar nuestra identidad mediante narrativas. Con frecuencia, una narrativa dominante termina eclipsando otros aspectos de nuestra experiencia. Alguien puede convencerse de que "siempre ha fracasado", dejando fuera numerosos episodios de perseverancia, afecto, creatividad o fortaleza.
La terapia narrativa propone precisamente recuperar esas experiencias que contradicen la historia dominante. White las denominó resultados únicos —unique outcomes—: acontecimientos que no encajan con la narrativa problemática y que permiten construir historias alternativas más amplias y complejas. Esto no implica negar el sufrimiento ni fabricar un optimismo artificial. Significa reconocer que nuestra biografía suele ser más rica que el relato reducido que hacemos de ella.
Quizá algo semejante ocurra con nuestra valoración del pasado. Cuando pensamos únicamente en los deseos incumplidos, corremos el riesgo de olvidar los logros alcanzados, las alegrías inesperadas, las relaciones valiosas y los caminos que finalmente resultaron mejores de lo que habíamos imaginado. Del mismo modo, cuando contemplamos exclusivamente aquello que perdimos, nunca sabremos cuántos sufrimientos evitamos precisamente porque algunos de nuestros deseos no llegaron a realizarse.
Por todo ello, prefiero entender la existencia no como una lucha permanente contra la muerte, sino como el esfuerzo por vivir de una manera significativa mientras estamos vivos. La muerte constituye un límite inevitable; el sufrimiento forma parte de la condición humana; la incertidumbre acompaña todas nuestras decisiones. Pero también existen el amor, los proyectos, los encuentros inesperados, la capacidad de reinterpretar nuestra propia historia y la posibilidad de encontrar sentido incluso en circunstancias difíciles. Quizá no podamos elegir todas las cosas que nos ocurren, pero sí podemos seguir construyendo una narrativa que haga justicia tanto a la alegría y la esperanza como a las frustraciones y el dolor.