Los datos ya no son especulativos. En 2025, la inteligencia artificial desplazó directamente más de 54.000 empleos en Estados Unidos. McKinsey calcula que la tecnología existente hoy podría automatizar el 57% de las horas trabajadas. El Foro Económico Mundial proyecta 92 millones de roles desplazados para el 2030. Estos números generan dos tipos de respuesta con una lógica inversa: el apocalipsis —millones sin sustento y el colapso del tejido social— y la utopía —la liberación del trabajo tedioso y tiempo libre para la creatividad y el florecimiento humano—. Ambas respuestas, más allá de su carácter polarizado, tienen algo en común: evitan una pregunta incómoda.
¿Qué somos cuando trabajamos, y qué estructura interna se sostiene en esa actividad que quizás no hemos nombrado del todo?
Lo que el trabajo hace por nosotros
Freud dejó una frase breve y poco comentada sobre la salud psíquica: "Lieben und Arbeiten" —amar y trabajar—. Aun cuando para muchos pasa desapercibida a primera vista, la economía de la formulación ya dice bastante. El trabajo no era para él solo un medio de subsistencia; correspondía a uno de los dos pilares de una existencia psíquicamente integrada.
Hannah Arendt fue más precisa en La condición humana cuando distinguió tres dimensiones de la actividad humana: la labor —el esfuerzo biológico de mantenerse vivo, cíclico e ingrato—, el trabajo —la producción de objetos duraderos, lo que deja huella— y la acción —la participación en el espacio compartido con otros, lo específicamente humano, lo que no puede reducirse a función—. Lo que la IA amenaza con eliminar es principalmente la labor y partes del trabajo. La acción —lo que ocurre entre personas, lo singular, lo que nace de la presencia real— es lo más difícil de automatizar. La distinción importa, porque nos permite dejar de hacer la pregunta en bloque y empezar a precisar qué se perdería realmente, qué permanecería, y qué podría, quizás, recuperarse.
Lo sé por la consulta. Lo que aparece cada vez con más frecuencia no es agotamiento por exceso de trabajo en el sentido clásico —horas largas, esfuerzo físico, tareas acumuladas—. Es otro tipo de cansancio: el de no poder salir del modo productivo, aunque no haya nada urgente que hacer. La frontera entre el tiempo de trabajo y el propio se fue disolviendo tan gradualmente que casi nadie recuerda cuándo desapareció. El resultado es que muchas personas llegan al fin de semana en el mismo estado de activación sostenida que el lunes, y duermen sin descansar, porque lo que las agota no es el cuerpo sino la incapacidad estructural de apagar el modo de alerta.
En ese contexto, la desaparición del trabajo por efecto de la IA suena, en primera instancia, como un alivio. Y quizás lo sea. Pero hay algo que la conversación sobre tiempo libre y florecimiento suele omitir, y que quien trabaja clínicamente con personas sabe bien: el trabajo hace algo por nosotros que no le pedimos explícitamente y que descubrimos solo cuando falta.
Mientras estamos ocupados, buena parte de lo que espera en el fondo —las preguntas sin respuesta, los afectos sin elaborar— permanece en suspensión. Cuando el trabajo desaparece, eso sube.
El fondo que sube
El trabajo es un organizador psíquico. Estructura el tiempo —la semana tiene sentido, el lunes tiene peso, el viernes tiene promesa—. Define una identidad reconocible hacia afuera y hacia adentro: uno es alguien, tiene un lugar en el orden visible del mundo. Provee un sentido de competencia y de contribución, aunque la tarea sea aparentemente pequeña. Y hace algo más que casi nadie nombra: contiene al inconsciente.
Lo veo con regularidad en personas que se jubilan, que quedan desempleadas de manera inesperada, o que toman vacaciones largas sin haberlo planificado internamente. Lo que esperaban era descanso, y lo que encuentran es angustia. No hablo del aburrimiento de no tener qué hacer, sino de algo más denso, primitivo y difícil de nombrar. Es lo que Jung llamaba regresión de la libido: cuando la energía psíquica no tiene un objeto externo al que dirigirse, regresa hacia adentro. Eso no es en sí mismo negativo —es, de hecho, la condición de posibilidad de ciertos procesos de transformación genuina— pero tampoco es el paraíso de tiempo libre que las utopías tecnológicas prometen.
Algo para pensar, para ti
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¿Qué emergería si el trabajo desapareciera masivamente? Propongo una hipótesis no del todo amigable, ambivalente en el sentido preciso del término. Por un lado, sin la estructura del trabajo, los seres humanos tenderíamos a reorganizarnos alrededor de necesidades más primitivas y en ciertos sentidos más reales: el vínculo, el juego, el ritual, la creación sin propósito productivo, la contemplación. El trabajo bajo el capitalismo de rendimiento exacerbado ha atrofiado sistemáticamente esas dimensiones; el juego se volvió hobby, el ritual se volvió contenido, la contemplación se volvió imprudencia. Un retorno a ellas no sería una regresión en el sentido peyorativo sino una recuperación de algo que estuvo siempre disponible y que fue desplazado.
Por otro lado, la historia muestra que los períodos de desestructura masiva no producen automáticamente florecimiento. Generan también búsqueda desesperada de sustitutos del sentido, adherencia a estructuras que den certeza, aunque sean rígidas o dañinas, y en algunos casos violencia que nace del vacío. En términos junguianos: la energía psíquica necesita objetos. Si no los encuentra en formas sanas, los encuentra en otras partes. El fanatismo, el consumo compulsivo, el entretenimiento sin fondo son todas formas de llenar el espacio que el trabajo dejaba. El tiempo libre masivo sin una cultura psíquica que lo sostenga no es libertad; apunta más bien a una pregunta urgente sin respuesta disponible.
La madurez que no tenemos
Viktor Frankl, que estudió la cuestión del sentido desde el lugar más extremo posible, llegó a una conclusión que Geoffrey Hinton —el premio Nobel conocido como el padrino de la IA— reiteró recientemente con otras palabras: el ingreso básico universal puede resolver la subsistencia, pero no puede resolver el propósito. "Necesitan sentir que contribuyen con algo", dijo Hinton. Frankl lo había formulado décadas antes con mayor precisión: el sentido no se produce, se encuentra, precisamente en la relación con otros, en el trabajo creativo, en el sufrimiento asumido con dignidad. Si la IA elimina las dos primeras fuentes tal como las conocemos hoy, lo que queda disponible es la tercera, que nadie querría recomendar como programa social.
La pregunta sobre qué seríamos si no tuviéramos que trabajar, que plantea con elegancia la filósofa Brigid Delaney en su columna en The Guardian, tiene una capa que la filosofía política no llega a tocar del todo. No es solo un cuestionamiento sobre qué haríamos con el tiempo; es una pregunta sobre qué estructura interna tenemos para habitar ese tiempo sin llenarlo, compulsiva y compensatoriamente, de otro sistema de ocupación. Mark Fisher, que entendió mejor que nadie cómo el capitalismo coloniza la imaginación hasta hacer impensable cualquier alternativa, señalaba en concordancia que la conciencia requerida para vivir de otra manera es algo que tiene que construirse, y que el sistema activamente impide que se forme porque no es de su interés.
El problema psicológico es ese, exactamente. A mi juicio, una de las grandes paradojas de la historia de la humanidad es que no tenemos todavía la madurez psíquica colectiva para habitar la abundancia. La historia del siglo XX está llena de experimentos e hitos de tiempo libre que terminaron en fanatismo, consumo o destrucción. Lo que planteo no es un argumento contra el tiempo libre —cuestión que valoro y promuevo de sobremanera— sino un argumento para tomarse en serio la pregunta de qué tipo de ser humano lo habita.
Lo que la IA no puede reemplazar —al menos por ahora ni del todo— no son las tareas más complejas en términos de procesamiento. Son las que requieren presencia real: el cuidado genuino, cultivar la amistad y la conversación, el acompañamiento de quien sufre, y esa creación que nace de la experiencia encarnada de haber vivido algo. Quizás esté aludiendo a una dimensión filosóficamente espiritual, porque a mi entender, su valor depende justamente de que vengan de alguien que sabe lo que es estar aquí.
Si la IA desplaza el trabajo como producción, lo que queda disponible es exactamente ese territorio: el de la acción en el sentido de Arendt, el de la individuación en el de Jung, y el de la búsqueda de sentido según Frankl. La pregunta entonces no es si seremos reemplazados. Es si tenemos, individual y colectivamente, la capacidad de habitar lo que quedaría. El paso del ser humano definido por lo que hace al ser humano que simplemente es —como lo formula Brigid Delaney— no ocurre automáticamente cuando el trabajo desaparece. Sostener la existencia sin el refugio de la productividad es, quizás, el trabajo más difícil que queda por hacer.