Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para decidir qué hacer con nuestra vida. Ya no basta con escoger una carrera entre un puñado de alternativas. Podemos considerar dobles titulaciones, majors, minors, posgrados, certificaciones y combinaciones que hace algunos años ni siquiera tenían nombre. Algo parecido ocurre con el trabajo. Podemos especializarnos, cambiar de rubro, trabajar de manera independiente, aprender otra disciplina o construir un perfil que combine varias ocupaciones.

Mismo escenario con decisiones más pequeñas. Antes de comprar algo podemos comparar decenas de modelos y cientos de reseñas. Para elegir una película tenemos varias plataformas con catálogos que difícilmente alcanzaríamos a recorrer completos.

Lo valioso de todo esto es que tener más posibilidades amplía nuestro margen de libertad. El problema es que esas posibilidades crecen mucho más rápido que nuestra capacidad para decidir entre ellas.

La paradoja de la elección

Hace más de veinte años, el psicólogo Barry Schwartz llamó la atención sobre esta paradoja. A medida que aumenta el número de opciones, también aumenta el esfuerzo necesario para escoger entre ellas. Cada alternativa agrega información que revisar, criterios que ponderar y comparaciones que realizar. La misma abundancia que promete una elección más ajustada puede volverla cada vez más difícil.

Un segundo problema aparece con aquello que dejamos fuera. Cada alternativa descartada suele ofrecer alguna cualidad que la elegida no tiene. Si estamos comparando trabajos, uno puede pagar mejor, otro tener horarios más cómodos, un tercero resultar más interesante y otro quedar cerca de casa. Cuantas más opciones consideramos, más atributos deseables encontramos repartidos entre ellas. Y es ahí donde nuestra imaginación inventa un trabajo inexistente que reúne el sueldo del primero, los horarios del segundo, el interés del tercero y la ubicación del cuarto. Terminamos juzgando una opción real contra otra que solo existe porque tomamos lo mejor de todas las demás.

Otra dificultad que genera la abundancia es la elevación de nuestras expectativas. Si solo tenemos tres opciones, podemos aceptar con facilidad que ninguna será perfecta. Pero frente a cien, es más tentador pensar que existe la alternativa ideal. Schwartz lo ilustra contando una experiencia tan cotidiana como comprarse unos jeans. Cuando había un par de tipos de pantalones, bastaba con que uno quedara razonablemente bien. Ahora que existe una variedad absurda de cortes, esperamos que alguno nos quede prácticamente a medida. Tenemos mejores opciones, pero también esperamos mucho más de ellas.

A todo esto se suma el arrepentimiento. Cuando había pocas opciones, una decisión imperfecta podía atribuirse simplemente a los límites de lo disponible. Ante una enorme cantidad de alternativas, en cambio, la decepción se vuelve fácilmente una acusación contra nosotros mismos. Si había tanto para escoger, deberíamos haber puesto un mayor trabajo en la elección. Ahí Schwartz advierte que la multiplicación de opciones hace más fácil imaginar que existía una alternativa superior que no supimos encontrar y, con ello, aumenta tanto el arrepentimiento posterior como la inseguridad antes de decidir.

Cuándo dejar de buscar

Los problemas descritos por Schwartz aparecen en decisiones muy distintas: desde escoger dónde vivir hasta comprar algo, organizar un viaje, aceptar una invitación o decidir qué hacer con nuestro tiempo. Hoy existe además una dificultad particular: muchas veces las alternativas ni siquiera parecen tener un límite claro. Siempre queda otra opción que revisar, otra opinión que leer o alguna combinación nueva que todavía no habíamos considerado.

Por eso, una primera tarea consiste en decidir cuánto merece ser decidido. Hay elecciones que justifican semanas de reflexión y otras que no deberían ocuparnos más de unos minutos. Si queremos cambiar de departamento, tiene sentido pasar tiempo comparando precios, barrios y condiciones. Si estamos escogiendo dónde pedir comida un martes en la noche, vitrinear veinte restaurantes probablemente no mejorará demasiado nuestra cena.

Después conviene definir qué estamos buscando antes de mirar todo lo disponible. Pensemos en unas vacaciones. Empezamos viendo cinco días en el sur y terminamos comparándolos con una semana en Brasil, un fin de semana largo en Buenos Aires y un paquete al Caribe que apareció de oferta. Cada alternativa agrega algo que la anterior no tenía, hasta que terminamos buscando un viaje barato, largo, descansado, entretenido y sin perder un día entero viajando.

Quien intenta maximizar necesita asegurarse de haber encontrado la mejor alternativa disponible. Quien busca algo suficientemente bueno puede detenerse cuando encuentra una opción que cumpla con los criterios.

Por eso es mejor partir fijando las prioridades y luego mirar las opciones. Disponemos cierto presupuesto, diez días disponibles y queremos principalmente descansar. Esos criterios no garantizan el viaje perfecto, pero impiden que cada nuevo destino cambie aquello que estábamos buscando.

Aquí entra una distinción central de Schwartz. Quien intenta maximizar necesita asegurarse de haber encontrado la mejor alternativa disponible. Quien busca algo suficientemente bueno establece ciertos estándares y puede detenerse cuando encuentra una opción que cumpla con los criterios.

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Finalmente, necesitamos alguna regla para terminar. Pensemos en cambiar el celular. Ya encontramos dos modelos dentro del presupuesto, con batería duradera, buena memoria y una cámara competente. Pero es cosa de mirar otra reseña para que aparezca uno con mejor cámara por cien mil pesos más; y, por un poco más que ese, otro con más espacio.

En algún momento tenemos que decidir qué bastará. Puede ser comparar cuatro o cinco opciones, dedicar sólo una tarde a buscar o detenerse cuando una alternativa cumpla los criterios importantes. Sin ese límite, podemos seguir buscando mucho después de haber encontrado algo que ya cumplía con lo que necesitábamos.

Hasta aquí, Schwartz nos ayuda a definir cuánto tiempo merece una decisión, establecer de antemano qué buscamos y reconocer cuándo tenemos suficiente para escoger.

A esos criterios agregaría una pregunta más.

Elegir también es perder

Supongamos que estamos buscando departamento en Santiago. Uno queda a pasos del Metro, pero es tan chico que apenas caben los muebles. Otro ofrece una pieza más y cuesta menos, aunque suma cuarenta minutos de viaje cada mañana. Un tercero está en la comuna donde nos gustaría vivir, pero entre arriendo y gastos comunes se sale del presupuesto.

Podemos seguir esperando uno amplio, en el barrio que queremos, cerca del Metro y dentro del presupuesto. A veces aparece. Otras, simplemente no existe departamento que reúna todo eso.

Ahí la decisión cambia de forma. Ya no basta con preguntarnos qué opción queremos más. También tenemos que preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar para obtener aquello que consideramos más importante.

Este punto vale para muchísimas elecciones. Viajar más barato puede significar un vuelo incómodo. Vivir en un lugar tranquilo puede alejarnos del centro. Aceptar una invitación puede quitarnos una noche que queríamos descansar. Dedicar el sábado a un proyecto personal supone no ocuparlo en otra cosa. Incluso cuando ninguna alternativa es mala, elegir una distribuye inevitablemente nuestro tiempo, dinero y posibilidades de una manera determinada.

Ninguna técnica elimina del todo ese costo. Junto con preguntarnos qué queremos, qué opción es suficientemente buena y cuándo dejar de buscar, conviene hacernos una última pregunta.

¿Qué pérdida estoy dispuesto a asumir?

Reconocerla antes de escoger cambia también la forma en que juzgamos nuestra decisión después. Si elegimos un departamento más alejado porque privilegiamos el espacio y el precio, que meses después nos incomode el viaje no significa automáticamente que nos hayamos equivocado. Era parte del costo que aceptamos al decidir.

Puede que ahí termine realmente una decisión: cuando dejamos de buscar una alternativa en la que nada se pierda y sabemos qué queremos conservar, qué puede ser suficientemente bueno y qué estamos dispuestos a renunciar.

Referencias

Schwartz, B. (2009). The Paradox of Choice: Why More Is Less. Revised Edition. Harper Collins.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram