Remontémonos al siglo XVI, contexto en donde buena parte de las plazas de Europa tenían por protagonista a un personaje que trasciende hasta nuestros tiempos. Parado arriba de una tarima, vociferando por sobre el ruido del mercado, algún producto o elixir que aun cuando generaba desconfianza, atraía hipnóticamente a sus potenciales compradores. De palabra rápida, segura, ágil y fuerte, que en conjunto con una falsa modestia y desbordada convicción, no dejaba margen para objetar o dudar, con el único propósito de que los incautos sacasen una moneda.

Con el tiempo, de esa escena atemporal nacieron varias figuras distintas que hoy solemos confundir bajo un mismo nombre. Al personaje de la tarima se le conocía como ciarlatano, palabra de donde viene la universalidad de nuestro charlatán. A lo que invita esta columna es a comprender las distintas formas en que nos relacionamos con la verdad, ya que el separarlas nos ayudará a entender por qué hoy el charlatán pulula en nuestra sociedad.

Lo que está en juego, entonces, es cómo distinguir las voces que escuchamos a diario, porque no todas las que hablan con esa misma seguridad se relacionan del mismo modo con la verdad. Quiero proponer cuatro figuras distintas y no excluyentes, cada una con una manera diferente de vincularse con ella.

· · ·

Comencemos por el mentiroso, diría que es la forma originaria y más humana (en su naturaleza) de relacionarse con la verdad. El filósofo Harry Frankfurt, en su ensayo sobre la charlatanería (On Bullshit, 2005), advierte algo contrario a lo que dictaría el sentido común. De las cuatro figuras, es el mentiroso quien mantiene la relación más estrecha con la verdad, entendiendo que para mentir bien hay que conocerla con precisión, calcular cuánto desviarse de ella para que el engaño resulte creíble. Frankfurt lo compara con una partida de cartas, donde el mentiroso juega contra la verdad y necesita conocer a fondo las reglas del rival para poder infringirlas con éxito.

La imagen que mejor amplifica esta figura es la escena mitológica de Hermes, el dios que la misma mañana que nació, robó astutamente el ganado de Apolo. Cuando este último lo confronta, Hermes sostiene la mentira con una serenidad que solo puede tener quien conoce el orden completo de las cosas, precisamente atributos de esta deidad. Así, el mentiroso vive en el ocultamiento, es decir, sabe exactamente qué es cierto, y trabaja con determinación para que los demás no lo sepan.

· · ·

El fanfarrón es una figura distinta, y bastante más fácil de reconocer. Promete más de lo que puede sostener, exagera su propio alcance, y habla de sus capacidades como si el límite simplemente no existiera para él. James Hillman, retomando una distinción presente en Jung, describe al puer aeternus como el arquetipo del eterno joven, el que ve posibilidades donde otros ven obstáculos, entre otras características. En su forma integrada, el puer es indispensable, ya que sin él no habría arrojo, ni comienzos, ni la capacidad de imaginar algo que todavía no existe.

El problema aparece cuando el puer "vuela" sin un contrapeso complementario, sin esa madurez que conoce el peso de las cosas y aprende los límites a fuerza de chocar con ellos. Es puro despegue sin aterrizaje, una dinámica que el fanfarrón habita en su cotidianidad al garantizar resultados que nunca entregará, y en base a una experiencia que no ha sido vivida. A diferencia del mentiroso —que necesita la verdad para poder distorsionarla—, al fanfarrón la verdad sencillamente no le preocupa, ya que vive volcado hacia una promesa que el tiempo todavía no alcanza a desmentir.

· · ·

Retomemos ahora al charlatán, aquel personaje original de las tarimas de antaño. Aquí nos encontramos con lo que Frankfurt denominaría una diferencia estructural con el mentiroso. Como señalé, el mentiroso conoce la verdad y decide ocultarla, porque le importa lo suficiente como para necesitar esconderla, mientras que el charlatán ocupa un lugar aún más distanciado de la verdad, por la sencilla razón de que a él no le concierne ni le merece interés genuino. Si nos adentramos en su lógica, básicamente no miente sobre los hechos, sino que no les presta atención. Lo único que le importa es sostener la impresión de autoridad, ocupar el lugar de quien sabe, con lo que podría denominarse un dominio del arte de no perder el sueño si lo que dice resulta cierto o no.

Esto describe a un universo significativo de personajes con los que interactuamos directa o indirectamente en nuestras vidas. Basta con escuchar hoy en día a la media de los que opinan sobre economía, medicina, geopolítica, astrólogos o youtubers. Todos con la misma autoridad y propiedad sobre los temas que abordan, tengan detrás treinta años de oficio o un video de tres minutos visto durante esa misma mañana. El senex representa la autoridad ganada con tiempo, con error propio, con el peso específico de haber vivido lo suficiente como para saber algo de verdad. El charlatán se pone ese disfraz, la calma, la gravedad, el tono pausado, sin haber pagado ninguno de los costos que ese disfraz debería suponer. Vive la fantasía de sí mismo como autoridad, una que construye deliberadamente para que otros la habiten con él, y en este caso, le permitan literalmente capitalizarla.

· · ·

Queda la cuarta figura, una que no construye ningún personaje propio y que decidí incorporar porque bien ganado tiene su espacio en nuestra sociedad, al menos a partir de lo que he logrado ver desde mi práctica clínica; hablemos de la cotorra. Su fenomenología se diferencia de las tres categorías anteriores, dado que no oculta como el mentiroso, no promete como el fanfarrón, ni se disfraza de autoridad como el charlatán. Su estandarte es simplemente repetir lo que ya circula, con la misma cadencia de convicción con que lo recibió, sin ninguna huella de haberlo pensado críticamente por sí misma.

La cotorra, a modo de fenómeno contemporáneo, adolece de la capacidad de negar e interiorizar la información, experiencia, dato u opinión ajena; está desprovista de un pensamiento genuino. Con la verdad no sostiene relación alguna, dado que no llega a tener con ninguna idea una relación verdaderamente interior. Es la ausencia completa del rigor y comprensión crítica que podría convertir un rumor en pensamiento propio.

El repetir con el tono correcto lo que todo el mundo ya está diciendo se lee como estar al día, como pertenecer a la conversación, como no haberse quedado atrás.

Bajo esta perspectiva, de las cuatro figuras, la cotorra debería ser la más vacía, y sin embargo es la única que la cultura contemporánea tiende a premiar. Mentir, tarde o temprano, se descubre y se paga caro. Fanfarronear cansa y expone. Charlatanear también termina revelándose ante una contraparte medianamente instruida o intuitiva. En contraste, el repetir con el tono correcto lo que todo el mundo ya está diciendo se lee como estar al día, como pertenecer a la conversación, como no haberse quedado atrás. Jung ya advertía en sus escritos tardíos sobre la psicología de las masas, el riesgo de que el juicio individual se disolviera por completo en la opinión colectiva sin ninguna distancia interior de por medio. Lo que él observaba como riesgo, hoy funciona casi como virtud social. La cotorra vive, así, la ilusión de que repetir equivale a saber, engañada ella misma antes que nadie.

· · ·

Para comprender el suelo donde germinan estas cuatro disposiciones frente a la verdad, Wolfgang Giegerich describe un movimiento que atraviesa la historia de la conciencia occidental: la horizontalización de la verticalidad. Durante siglos, el saber tuvo una dimensión vertical; se ascendía hacia él con tiempo, con iniciación, con el peso de haber vivido lo suficiente como para ganárselo. Lo que vemos en estas cuatro figuras es esa misma verticalidad tendida sobre el plano horizontal de la información, donde cualquier voz ocupa la misma altura que cualquier otra sin que a nadie le cueste ya nada llegar hasta ahí. El alma, podríamos decir, dejó de subir, se extendió o, peor aún, se aplanó.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

¿Por qué proliferan las cuatro al mismo tiempo, y con esta intensidad? Sospecho que la respuesta tiene menos que ver con que hoy existan más mentirosos, fanfarrones, charlatanes o cotorras que antes, y más con que la saturación de información terminó por igualar el tono de todas las voces disponibles. Cuando el vértigo de la modernidad nos despoja del tiempo material para verificar cada afirmación, el tono seguro reemplaza al contenido como criterio de autoridad, y las cuatro figuras, cada una a su manera, viven de ese reemplazo.

Antes, la autoridad para hablar de la vida se ganaba con años, y esos años costaban algo, error propio, tiempo vivido, un cuerpo que había estado ahí. La sabiduría de los mayores, —incluso cuando estaba equivocada—, tenía un costo, una asimetría con su interlocutor, un verdadero peso experiencial. Hoy esa misma autoridad se distribuye de manera algorítmica, disponible para cualquiera dispuesto a repetirla con la entonación adecuada, sin que medie ningún costo comparable. Y quizás sea justamente por eso, porque ya no cuesta nada obtenerla, que empezó a valer tan poco, aunque siga sonando exactamente igual de segura y convincente.

· · ·

La plaza del siglo XVI nunca cerró, se desplazó en el movimiento lógico del alma hacia lo portátil, se metió en cada bolsillo, y ahora tiene más voces gritando remedios milagrosos que en cualquier otro momento de la historia, todas con la misma convicción aspiracional. La pregunta que vale la pena hacerse, la próxima vez que alguien hable con esa seguridad inconfundible y desbordada, no es solamente qué tipo de vendedor tenemos enfrente. Es también, con la misma rigurosidad, cuánto de nuestro propio juicio le seguimos entregando, a cambio de nada, cada vez que preferimos la certeza prematura y el tono convincente al trabajo más lento de pensarlo por cuenta propia.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Esta columna dialoga con Frankfurt, H. (2005). On Bullshit. Princeton University Press.