"Mi hijo tiene altas capacidades". En consulta, esta frase puede abrir una conversación importante. Pero detrás de ella a veces aparece un niño o un adolescente con la autoestima por los suelos, que apenas encuentra algo que valorar de sí mismo más allá de sus notas, su esfuerzo o su facilidad para aprender.

Mientras obtiene buenos resultados, parece que todo funciona. Sin embargo, puede sentirse solo, vivir cada error como un fracaso o exigirse mucho más de lo que puede sostener. Y llega un momento en el que tampoco consigue rendir como antes. Entonces pierde aquello que, para él, justificaba su propio valor.

En estas situaciones me pregunto: ¿qué lugar ocupa la inteligencia en la vida de este niño? ¿Tener un cociente intelectual de 130 es un premio? ¿Es un castigo? Por sí solo, ese número no responde a lo que más necesitamos comprender: cómo está viviendo, qué le duele y qué necesita de quienes lo acompañamos.

Las altas capacidades pueden ofrecer recursos y oportunidades. Identificarlas permite comprender necesidades educativas y ajustar la enseñanza. Pero una puntuación no describe a una persona entera ni nos dice, por sí misma, cómo se siente consigo misma. Tampoco implica necesariamente dificultades emocionales: cada niño tiene su propia historia (Duplenne et al., 2024; Tourreix et al., 2023).

Comprender conceptos complejos no garantiza saber qué hacer con la tristeza, tolerar la incertidumbre o pedir ayuda cuando algo desborda. Aunque la investigación encuentra una pequeña ventaja promedio en inteligencia emocional entre las personas con altas capacidades, esto no permite asumir cómo se desenvuelve cada niño (Ogurlu, 2021). Un niño puede explicar muy bien lo que le ocurre y seguir necesitando que alguien lo escuche, lo acompañe y le ayude a encontrar una forma de atravesarlo.

Antes de centrarnos en cómo recuperar las buenas notas, necesitamos entender qué le está pasando.

Una situación que merece nuestra atención es que llegue a sentir que solo tiene valor cuando destaca. Quizá ha escuchado muchas veces lo inteligente que es, lo lejos que puede llegar o lo que se espera de él. Esos mensajes pueden nacer del cariño y del orgullo. Aun así, conviene preguntarnos qué espacio queda para equivocarse, descansar, cambiar de intereses o ser uno más sin sentir que decepciona.

Si sus notas bajan, puede vivirlo como algo que va mucho más allá de un resultado académico. Cuando su autoestima se sostiene casi exclusivamente en el rendimiento, una dificultad puede poner en duda quién es y qué merece (Crocker & Wolfe, 2001). Por eso, antes de centrarnos en cómo recuperar las buenas notas, necesitamos entender qué le está pasando.

Como padres, educadores y psicólogos, podemos ampliar nuestra mirada. Preguntarle qué disfruta, cómo se siente con sus amigos, qué teme cuando se equivoca o si percibe que puede mostrarse vulnerable. También revisar si estamos ofreciendo una respuesta educativa adecuada y si nuestras expectativas dejan espacio para sus necesidades y sus límites.

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Ese acompañamiento se construye en situaciones cotidianas: escuchar su decepción sin apresurarnos a resolverla, ayudarle a poner palabras a lo que siente, reconocer cuándo necesita apoyo y mantener el afecto también en los días en los que no consigue lo que esperaba. La investigación sobre la percepción del afecto parental condicionado a los logros ayuda a comprender la importancia de este punto (Assor et al., 2004). Su capacidad intelectual merece atención; su bienestar también.

Me gustaría que un niño pudiera sentirse valioso cuando aprende deprisa y cuando necesita tiempo, cuando consigue algo y cuando se equivoca. Que pudiera descubrir motivos para apreciarse más allá de aquello que hace bien.

Porque la felicidad no debería convertirse en otra prueba que tenga que superar. Ningún niño necesita demostrar un talento extraordinario para merecer cuidado, afecto y una vida en la que pueda sentirse bien.

Referencias bibliográficas

Assor, A., Roth, G., & Deci, E. L. (2004). The emotional costs of parents' conditional regard: A self-determination theory analysis. Journal of Personality, 72(1), 47–88. https://doi.org/10.1111/j.0022-3506.2004.00256.x

Crocker, J., & Wolfe, C. T. (2001). Contingencies of self-worth. Psychological Review, 108(3), 593–623. https://doi.org/10.1037/0033-295X.108.3.593

Duplenne, L., Bourdin, B., Fernandez, D. N., Blondelle, G., & Aubry, A. (2024). Anxiety and depression in gifted individuals: A systematic and meta-analytic review. Gifted Child Quarterly, 68(1), 65–83. https://doi.org/10.1177/00169862231208922

Ogurlu, U. (2021). A meta-analytic review of emotional intelligence in gifted individuals: A multilevel analysis. Personality and Individual Differences, 171, Article 110503. https://doi.org/10.1016/j.paid.2020.110503

Tourreix, E., Besançon, M., & Gonthier, C. (2023). Non-cognitive specificities of intellectually gifted children and adolescents: A systematic review of the literature. Journal of Intelligence, 11(7), Article 141. https://doi.org/10.3390/jintelligence11070141

Miguel Aroca Salom es psicólogo general sanitario y desarrolla su actividad clínica en TICABA Psicología, en Las Rozas de Madrid. Trabaja principalmente con adolescentes, adultos jóvenes y familias, con especial atención a la regulación emocional, la identidad, los vínculos y los trastornos de la conducta alimentaria.