La esencia humana muchas veces contiene aspectos que, vistos desde afuera, podrían no parecer tan esenciales. Esta idea me sobrevino después de leer el texto de Carlos Spoerer, El sabor está en la grasa. El título, por sí solo, costaría hilvanarlo con mi planteamiento; sin embargo, acá viene lo entretenido en este juego de palabras y conceptos.
Como dice el autor: "Una manía particular, una torpeza que no logra corregir, un humor que no sirve para nada excepto para hacer reír, una forma de hablar que no aporta ninguna función práctica ni profundidad reflexiva. Ese exceso no acompaña a la sustancia de la persona, sino que es, en un sentido muy real, el lugar donde su sustancia efectivamente vive". Ahora bien, ¿cuánto de todo esto se esconde o se dosifica en aras de hacer lo que socialmente es aceptable? Evitar el cuestionamiento, aquella mirada que aparece como si quien la lanza no tuviera también sus excesos.
Ya llevo cuarenta y ocho eneros de existencia y aún mi fascinación por los muñecos de peluche me acompaña. Alguna vez le conté a alguien que había acompañado a una expareja a un almacén y vi un peluche de Mike Wazowski, de la película Monsters, Inc. Lo tomé y salí corriendo a decirle a mi ex lo mucho que me gustaba ese muñeco. Él me miró y me dijo: "Qué bien, ahora regrésalo a su lugar".
Puse algo de resistencia y toda la escena transcurrió a vista y paciencia de quienes estaban ahí.
La persona con la que hablaba me dijo: "Si estuvieras en una reunión con ejecutivos y vieras un muñeco de peluche, ¿qué harías?". Y le contesté sin dudarlo: "Diría: ¡ay, qué lindo! Yo lo quiero".
Y procedió a decirme: "Si haces eso, al menos en Chile, te sacarían de la sala; no harían ningún negocio contigo".
Mi respuesta fue simple: no voy a debatir si lo harían o no, porque me resulta bastante improbable que entre a la sala un señor con su traje bien puesto y un muñeco de peluche bajo el brazo.
Acá no es que haga parte de mi esencia el gusto por los muñecos de peluche; es más bien la espontaneidad. Esa que me permite cantar donde sea, aunque parezca que grazno; bailar porque simplemente me gusta lo que estoy escuchando; decir lo que pienso, aunque muchas veces arda Troya. Quienes me conocen saben que esto hace parte de quien soy. Ahora, ¿que sea esencial para poder sostener mi cotidianidad? No. Pero me hace reconocible dentro de otros tipos de excesos, como diría Spoerer.
No diré que estos aspectos nos hacen únicos y especiales, porque creo que pensar esto nos juega más en contra que a favor. Ahí afuera hay cualquier cantidad de personas espontáneas; personas cuyas torpezas les dan ese toque distintivo; personas con sus múltiples particularidades desde las cuales, muchas veces, nos reconocemos, construimos vínculos o simplemente nos hacen el día arrancándonos una sonrisa.
Ya lo dijo Saint-Exupéry en su libro El Principito: "Lo esencial es invisible a los ojos". Por lo menos para mí, esta frase siempre me llevó a pensar en el alma; en todo aquello que la habita, más allá de los valores humanos que se le atribuyen. Yo pienso en esa gama de colores que hace del alma de las personas un lugar cálido cuando se enciende. Creo que cohibir todos aquellos aspectos de uno que nos producen satisfacción, en pro del "qué dirán", termina convirtiéndonos en seres huraños, apagados, incapaces de disfrutar de sí mismos y de lo que somos.
Porque esa esencia, desde mi óptica, cumple una función. La vida, de por sí tejedora de incertidumbres, a veces se torna compleja, y ahí aparece nuestra esencia para recordarnos que no todo depende de la lógica; que a veces conviene romper los paradigmas con alguna tontería que nos sale desde lo más profundo y, muchas veces, irreverente de nuestro ser.
Hay que madurar, llamar a los años vividos sabiduría, disminuir los permisos que nos damos para simplemente lanzar al aire un poco de aquello que carece de utilidad, como diría Carlos Spoerer en su texto. Todo para poder estar más acordes con las demandas de una sociedad diseñada bajo parámetros que piden eficiencia, compostura y seriedad. Y no digo que estos aspectos sean deleznables; en lo absoluto considero que tengamos algo dentro de nuestro funcionamiento que realmente sobre. Donde emerge el reto es en aprender a qué parte de nosotros mismos debemos recurrir según se esté presentando la vida.
Cuando todo lo que le daba sentido a nuestra vida se desvanece y queda la mera sombra de la añoranza, conviene darle paso a aquellas ocurrencias que, en medio de las dificultades, si bien no generan cambios contundentes frente a la realidad que se esté viviendo, sí que nos recuerdan que el alma no está vacía. En la esencia de cada uno de nosotros, más allá de existir ante los ojos de otros, existe para sí misma como un recurso que le da sentido al sinsentido de lo establecido.
Así, barrote a barrote, se va creando una jaula que hay que mantener cerrada lo más que se pueda en nombre de mantener el decoro y la compostura ante los demás.
Un simple gesto que se repite tantas veces que comienza a existir en la memoria de quienes nos conocen, hasta que se convierte en un sello distintivo de nuestra particularidad. En este preciso instante recuerdo a una amiga que solía subir una ceja y torcía la boca para un lado cada vez que uno hablaba con ella. No importaba si el tema que estábamos tratando era serio o algo sin mayor importancia: era como si, al escuchar la primera palabra que uno decía, se le activara algún mecanismo que la hacía gesticular de esa manera. A veces yo le hablaba solo para verla hacer su mueca. Alguna vez le pregunté el porqué de sus gestos y me contestó: "Porque soy así". Nunca me detuve a analizar su respuesta; no todo requiere ser psicoanalizado. Lo que sí me causa curiosidad es pensar cómo se va construyendo nuestra esencia: tal vez de conductas que hemos interiorizado porque nos gustaron al verlas en alguien más; no imagino que nacemos con una esencia definida por obra y gracia de la Santísima Trinidad. Quizás se aprende a ocultar gran parte de ello como eco de todas las veces que alguien dijo: "¿Para qué haces eso? Se ve mal. No es el momento ni el lugar apropiado".
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Así, la carcajada que viene de la nada se transforma en una risa discreta; caminar de acá para allá mientras se cuenta algo que nos apasiona se transforma en la mesura de quien se sienta y habla sin que su pasión se desborde; la "mala palabra" que se escapa en medio de una charla se transforma en una autorecriminación que da paso al lenguaje que es aceptable. De esta forma se va creando, barrote a barrote, una jaula que hay que mantener cerrada lo más que se pueda en nombre de mantener el decoro y la compostura ante los demás. Pero, como es imposible desaparecer aquello que se ha enraizado en lo más profundo del ser, entonces la soledad se vuelve la única cómplice de los excesos. Lejos de las miradas encuentra la libertad para existir: no desde la hipocresía, sino desde la necesidad de sobrevivir; de seguir permitiéndonos arrancarle un beso al viento o simplemente gritarle a la nada que seguimos vivos.