De vez en cuando uno se va encontrando en la escena clínica con frases que invitan a la reflexión personal. Casi siempre dicha con vergüenza, como si fuera una confesión, en este caso: "no sé qué es mío y qué aprendí de otro". La persona que la dice suele estar buscando ingenuamente algo parecido a la autenticidad, esa idea tan contemporánea de que en algún lugar del interior hay un yo puro, anterior a toda influencia, esperando que lo descubran. Y suele sorprenderse, a veces con alivio, cuando le digo que esa búsqueda parte de una premisa equivocada. No hay un yo previo a las influencias, más bien hay un yo hecho a partir de ellas. Como si se tratara de una broma de mal gusto, muchas veces enfatizo en cómo a muchas personas "se les pasa la vida" en esa utópica búsqueda personal.
Para fundamentar esta posición, Winnicott nos entrega una explicación concisa. Argumenta que el recién nacido no nace sabiendo quién es, construye un self a partir de lo que recibe del entorno, lo transforma, lo hace propio, y ese proceso — lejos de ser una traición a una supuesta esencia original — es la única forma en que un self llega a existir. Así, la individuación del infante — o en otros términos, diferenciación — toma curso en la metabolización de lo heredado o temperamental, conjuntamente en una danza tensa y fascinante con la forja ambiental del carácter.
Lo curioso es que esta misma idea, formulada casi con las mismas palabras, aparece en un libro pequeño y sin pretensiones académicas que un ilustrador estadounidense escribió hace más de una década sobre creatividad, y que se volvió, sin buscarlo demasiado, en un manual de cabecera o derechamente en antagonista para el mundo del arte.
El libro, totalmente recomendado, llegó fortuitamente a mis manos hace no mucho, y la verdad es que logró tomar algo más que mi atención. Es del escritor estadounidense Austin Kleon, quien en concreto habla del oficio, por ejemplo, de cómo se aprende a escribir, a pintar, a tocar un instrumento. Lo interesante de su abordaje, es que llega por otro camino, uno que a veces cuesta asimilar: nadie aprende a hacer nada desde cero, se aprende copiando.
Lo que más me interesó de ese libro, "Roba como un artista" (2012), fue un detalle que aparece casi de pasada o azaroso, pero que es determinante en cuanto a lo que podríamos denominar un proceso creativo en todo su amplio espectro. El momento en que fracasamos al copiar a alguien que admiramos es el momento en que aparece, por primera vez, algo que de verdad nos pertenece. Y sí, la copia fallida es aquella donde la mano no logra reproducir lo que el ojo admiraba, es donde se asoma una diferencia que no estaba planeada y que tampoco se puede fabricar a voluntad. Lo inquietante y atractivo de este paradigma de "mímesis creativa" — similar a la teoría de la mímesis colectiva de René Girard — es que antagoniza con casi todo lo que el sentido común nos dice sobre la creatividad. Una idea romántica y pueril que insiste en que hay que buscar lo propio evitando toda influencia; cuestión que debo asumir más de alguna vez me encandiló. Bajo los términos de Kleon, lo propio aparece, más bien, fallando en reproducir del todo la influencia que nos esté inspirando.
Volvamos entonces a lo psicológico, ya que lo que plantea el autor, sí tiene implicancias significativas, al menos a modo personal, en lo que compete al ejercicio clínico. Por tanto, si el self se construye copiando y fallando en la copia, entonces el trabajo terapéutico no consiste en destilar al self hasta alcanzar una totalidad mítica o incontaminada, sino en habitar la grieta de esa mimesis fallida, allí donde el modelo fracasa y emerge la singularidad del sujeto. Concibo el trabajo terapéutico como un acto creativo en potencia: una indagación rigurosa que busca volver consciente la genealogía. Preguntarse, por ejemplo, de quién se aprendió a amar de esta forma, a temerle así al abandono o a demandar aprobación de esa manera particular y no de otra. La apuesta no es eliminar las herencias recibidas, sino comprender qué se hizo con ellas y, sobre todo, descubrir qué se puede seguir haciendo.
Hay un ejercicio — otra vez en ese pequeño libro sobre creatividad — que vale la pena poner en práctica. Si trazamos dos líneas paralelas en una hoja y nos preguntamos cuántas líneas hay, la respuesta obvia es dos. La respuesta correcta, sin embargo, es tres, entre ambas se forma una tercera, hecha de puro espacio negativo, que no existía en ninguna de las dos por separado.
Toda idea nueva — y acaso todo sujeto nuevo — es una diferencia que emerge en el cruce entre lo que ya existía.
Así, toda idea nueva — y acaso todo sujeto nuevo — es una diferencia que emerge en el cruce entre lo que ya existía. Uno no elige a sus padres, pero sí puede elegir, con el tiempo, las voces que decide dejar entrar a su vida. Ahí se atisba algo parecido a la libertad, aun cuando tardía. La responsabilidad de decidir, de la mano con el tiempo, qué genealogía seguir construyendo de manera consciente.
Ese mismo libro trae una frase del artista francés Marcel Duchamp que no tiene nada de original — él mismo lo habría admitido con gusto — pero que igual funciona como declaración de método. La cosa va así: "no creo en el arte, creo en los artistas". Llevada a la clínica, lo podemos reformular de la siguiente forma: la identidad son las personas concretas de las que aprendimos a ser quienes somos, y el trabajo consiste en nombrarlas, no en negarlas para fantasear con una originalidad pura. Escalar el propio árbol de influencias — dice el libro con una imagen que no necesita más — no es un ejercicio de nostalgia, es la manera de sentirse menos solo justo cuando más se necesita sostener la propia voz desde el lugar donde uno está parado.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Personalmente, es inevitable pensar en esto cada vez que alguien en la consulta llega con la añoranza de un encuentro consigo mismo antes de poder hacer algo, decidir algo o amar de otra manera. La lógica neurótica de desplazar lo trascendente a lo empírico, como si la terapia guiara un encuentro real con algo de nosotros mismos. Esos son los riesgos de la literalización, en donde paciente y terapeuta entran en las incandescentes aguas de Narciso, donde un reflejo especular deja a ambos cautivos, enamorados de la ilusión de un origen puro y de una creatividad sin fisuras.
Prefiero pensar que no hay nada que encontrar — al menos no en el sentido de un hallazgo pasivo —, sino una forja heféstica consistente en una elaboración incesante con materiales prestados que uno va haciendo propios a fuerza de no lograr reproducirlos exactamente.
La persona que llega a una sesión angustiada porque no sabe qué es "genuinamente suyo" está, sin saberlo, haciendo la pregunta equivocada. Redireccionar la interrogante desde esta óptica exige abandonar la búsqueda de lo "originalmente constitutivo" para preguntarse, en cambio, qué hizo — y qué sigue haciendo — con aquello que recibió.
Al final de este libro sobre creatividad, retornamos a la imagen como fundamento, en este caso, a modo de conclusión. Un archivo o carpeta de cosas e ideas robadas, guardadas para después, algunas de ellas ya casi olvidadas, esperando el momento en que vuelvan a servir. Le llaman, con un acertado humor negro, el archivo morgue. Cosas muertas que en algún momento resucitan bajo otra forma, hechas propias por el simple hecho de haber sido usadas de nuevo. No es una mala manera de describir lo que cada uno de nosotros hace, sin proponérselo, con las voces que nos formaron.