Una adolescente está intentando decidir qué estudiar. Sus padres le han repetido varias veces que la decisión es suya, que no quieren imponerle una carrera y que la apoyarán cualquiera que sea el camino elegido. Sin embargo, cuando empieza a hablar con ellos sobre las posibilidades, percibe pequeñas diferencias difíciles de ignorar. Algunas carreras despiertan interés, preguntas, comentarios sobre lo bien que podrían ajustarse a sus capacidades. Otras opciones reciben un "si eso es lo que te gusta…" seguido de alguna observación sobre el campo laboral, las oportunidades futuras o todo lo que podría hacer con sus notas.

Ella sabe que sus padres no le están prohibiendo nada y tampoco siente que le estén mintiendo cuando dicen que quieren que decida libremente. El problema es precisamente que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: quieren que elija por sí misma y, a la vez, algunas elecciones les gustan más que otras. Es entonces cuando termina preguntándose: "¿Qué quieren de mí?".

La escena parece, a primera vista, propia de la adolescencia. A esa edad comenzamos a tomar decisiones que ya no pueden quedar completamente en manos de otros, pero todavía las tomamos bajo la mirada de unos padres cuyas expectativas se entremezclan con nuestro propio deseo. Sería ingenuo, sin embargo, pensar que esa pregunta es exclusiva de la adolescencia. Basta reemplazar la elección de una carrera por un trabajo, una pareja, la decisión de tener hijos, irse a vivir a otra ciudad o simplemente llevar una vida distinta de la que nuestra familia imaginó para darse cuenta de que la interrogante insiste a pesar de los años.

Podemos llevar décadas sin pedir permiso a nuestros padres y seguir pensando qué decisiones los tranquilizarían, cuáles los emocionarían y cuáles provocarían un silencio incómodo antes de responder. A veces esa mirada permanece incluso cuando ellos ya no están. Uno acepta un trabajo y piensa que su padre habría estado orgulloso; termina una relación y anticipa lo que su madre habría dicho; consigue algo importante y descubre que todavía ansía contárselo a alguien cuya aprobación aprendió a buscar mucho antes de entender por qué la valoraba tanto. Después aparecen otras personas y la pregunta cambia de destinatario. Queremos saber qué espera una pareja de nosotros, qué significa cuando un jefe pide "más compromiso", qué pretende un amigo cuando reclama que nos hemos alejado.

Esto ocurre porque aprendemos muy temprano que las palabras no agotan lo que alguien dice y que, por eso, buena parte de nuestra relación con los demás consiste en interpretar aquello que nunca termina de ser dicho. Un padre puede expresar con absoluta sinceridad que desea que su hija encuentre su propio camino y descubrir, llegado el momento, que algunos caminos le resultan mucho más fáciles de aceptar que otros. Una madre puede haber fomentado durante años la independencia de un hijo y sentir tristeza cuando esa independencia comienza a volverla menos necesaria en su vida.

Entre la demanda y el deseo

Estas situaciones pueden parecer contradictorias, pero se vuelven más comprensibles cuando advertimos que aquello que alguien demanda no coincide necesariamente con lo que desea. Una petición puede ser bastante clara: estudia, llámame, haz tu vida, cuídate, sé independiente. El deseo, en cambio, no se presenta con esa misma claridad. Intentamos leerlo en el modo en que esas palabras fueron dichas, en lo que entusiasma al otro, en sus decepciones, en las excepciones que hace, incluso en aquello sobre lo cual nunca ha dicho nada. Escuchamos una frase y, casi inmediatamente, comenzamos a preguntarnos qué quiso decir además de lo que dijo.

Franz Kafka conocía bien ese problema. Su Carta al padre puede leerse como un esfuerzo por entender qué lugar era posible ocupar frente a Hermann Kafka. Su padre recordaba con frecuencia las privaciones de su juventud, el trabajo temprano y todo aquello que había tenido que soportar para hacerse una vida por sus propios medios. Para sus hijos, aquella historia llevaba consigo la enseñanza de ser fuertes, abrirse camino y no depender de los demás.

Sin embargo, las cosas se volvían menos claras cuando alguno de ellos intentaba hacer suyo ese ideal. Kafka recuerda especialmente a su hermana Ottla, que buscó apartarse de la familia, trabajar y construir una vida con mayor independencia. En cierto sentido, estaba encarnando muchas de las cualidades que su padre admiraba. No obstante, Hermann también percibía esa separación como una forma de ingratitud, desobediencia o incluso traición. Así, lo que en el relato paterno aparecía como una virtud terminaba volviéndose problemático cuando Ottla trataba de vivir de acuerdo con ella.

Lo interesante del caso no está en decidir cuál de esas posiciones expresaba lo que Hermann deseaba realmente. Ambas podían coexistir: podía valorar profundamente la autosuficiencia y, al mismo tiempo, sufrir cuando esa misma autosuficiencia alejaba a sus hijos de él. La contradicción se vuelve mucho más comprensible cuando dejamos de esperar que una persona posea un conjunto perfectamente ordenado de deseos. Para quien todavía intenta encontrar en ellos una orientación clara, sin embargo, la pregunta permanece: ¿qué esperas entonces de mí?

Aquellas personas a quienes suponemos un saber sobre nuestro lugar también están atravesadas por dudas, inconsistencias y deseos que no comprenden completamente.

Una respuesta que nadie tiene

Jacques Lacan convirtió esa pregunta en uno de los puntos centrales de su manera de entender la vida psíquica. Habló del deseo del Otro para referirse, entre otras cosas, a ese enigma que aparece cuando intentamos averiguar qué lugar ocupamos para aquellos cuya mirada importa. Desde muy temprano dependemos de otras personas para vivir y, junto con aprender qué nos permiten o nos prohíben, comenzamos a leer sus reacciones. Descubrimos qué provoca una sonrisa, qué preocupa, qué decepciona, qué parece despertar orgullo. Así, mucho antes de poder formularla, ya estamos ensayando respuestas a esa pregunta: ¿qué quieren de mí?

Al comienzo intentamos responderla para obtener amor, seguridad o reconocimiento. Más adelante creemos haber superado la inquietud, aunque siga apareciendo en la necesidad de mostrar el éxito, justificar en exceso nuestras decisiones o sentir alivio cuando alguien importante confirma que hicimos bien. Incluso hay quienes se sienten libres de esas expectativas al oponerse a ellas, a pesar de que ese rechazo también puede ser una manera de seguir respondiendo a la misma pregunta.

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Ahora bien, que la pregunta nos acompañe durante buena parte de la vida no constituye por sí solo un problema. La dificultad aparece cuando suponemos que detrás de todas esas señales debe existir una respuesta coherente que todavía no hemos logrado descubrir. Como si nuestros padres supieran exactamente qué hijo esperaban y nuestra tarea consistiera en descifrar la combinación correcta: suficientemente independientes sin alejarnos demasiado, felices de una manera que ellos también puedan apreciar como felicidad, cercanos sin depender, capaces de construir una vida propia que al mismo tiempo conserve algo reconocible de aquella que imaginaron para nosotros.

Pero nuestros padres tampoco disponían de esa respuesta. Esta es una de las ideas más incómodas que introduce Lacan: aquellas personas a quienes suponemos un saber sobre nuestro lugar también están atravesadas por dudas, inconsistencias y deseos que no comprenden completamente. Un padre puede querer que su hijo triunfe y sentirse amenazado cuando comienza a superarlo; una madre puede desear sinceramente que su hija sea libre y experimentar como una pérdida algunas de las consecuencias de esa libertad.

Durante años podemos pensar que faltó una conversación, una explicación o alguna pieza de la historia familiar que finalmente habría permitido hacer encajar todo. No obstante, la respuesta consistente que buscábamos puede no haber existido nunca.

Reconocer esta inconsistencia, sin embargo, no libera nuestro deseo de las expectativas de los demás. Aquello que queremos también se ha ido formando entre sus palabras, sus reacciones y nuestras distintas maneras de responder a ellas. El cambio aparece en otro punto. Si quienes nos rodean tampoco tienen una respuesta completa acerca del lugar que debemos ocupar para ellos, llega un momento en que ya no podemos seguir esperando que esa respuesta ordene nuestras decisiones. Podemos comprender mejor de dónde vienen ciertas expectativas, discutirlas, conservar algunas y abandonar otras, pero ninguna podrá entregarnos una instrucción definitiva acerca de cómo vivir.

De ahí que una parte importante de crecer consista en soportar esa falta de garantía: decidir sin saber del todo si alguien aprobará nuestra elección, sin poder demostrar que era la correcta y sin convertir tampoco la oposición a los demás en una nueva forma de obediencia.

La pregunta "¿qué quieren de mí?" no desaparece. Puede reaparecer cada vez que la mirada o la palabra de alguien importante se cruza con una decisión propia. Pero puede dejar de funcionar como una orden que debemos descifrar. La dificultad pasa entonces por asumir algo bastante menos tranquilizador: que nadie puede decirnos del todo qué lugar ocupar ni qué hacer con la vida que nos toca construir.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram

Este ensayo dialoga con Kafka, F. (2024). Carta al padre (A. Magnus, Trad.). Hueders.; y Lacan, J. (2014). El Seminario de Jacques Lacan. Libro 6: El deseo y su interpretación, 1958-1959 (J.-A. Miller, texto establecido; G. Arenas, Trad.). Paidós.