Imagina que estamos sentados contemplando el mar mientras tomamos un café. Suspiro, cruzamos las miradas y sonreímos como si en aquel preciso instante compartiéramos secretamente todo aquello que habita los laberintos de nuestras mentes. Recuerdo el primer cuadro que pinté; siempre eran autorretratos. Estaba sentada en un muelle y el mar se entremezclaba con el cielo en una gama de tonalidades grises. Olvida el turquesa y el sol reflejándose sobre el agua. El mundo que pinto no es otro que el reflejo de mi nostalgia, de aquella parte que durante toda mi vida me llevó a sentir que la mitad de mí viajaba como una sombra que no lograba comprender.

Sabes… pienso que el arte es uno de los pocos gestos egoístas capaces de embellecer al mundo. No pinto para conseguir aplausos o venias ante un talento destellante. De hecho, mi forma de pintar es igual a la de una niña de doce años, algo que corroboró la dueña de una galería en Buenos Aires cuando le mostré las imágenes de mis cuadros y dijo: «Pintas como una niña, debes practicar más». La miré y, sin decir nada, me retiré. Explicarle que el asunto no tenía que ver con la práctica, sino con mi incapacidad para registrar el volumen y la perspectiva, me dio pereza. Ahí estás, siguiendo mis palabras. A veces asientes y otras niegas con tu cabeza; vas conociéndome un poco más. Acercamos las tazas de café y brindamos.

Como te venía contando, no pinto por agradar ni para escapar de mí misma; pinto para darle forma a mi tristeza, a aquellos días que han pasado atrincherados en las sombras. Jamás tuve que explicar alguno de mis cuadros; de hecho, conceptualizar el arte me resulta bastante redundante. Crear es dejar que el alma hable por sí sola y permitirle a quien observa existir desde su propia experiencia, desde su propia interpretación. Algo sí he de reconocer: a nadie se le escapó percibir la melancolía que había en cada pincelada. Creo que el vértigo de los días donde todo parece perder el sentido emerge en cada uno de nosotros de formas distintas.

Ahora te quedas con la mirada fija por un momento. Recuerdas las veces en las que alguna experiencia también te llevó a sentir que el vacío podía ser tan inmenso que lo único que tu mente podía desear era que todo aquello parara. Alguna antigua pérdida aún se transforma en lágrima; ya no duele como antes, pero la memoria no conoce el tiempo: recordar es volver a transitar lo vivido. Ahora algo más nos une. ¿Crees que las experiencias que vivimos son tan únicas que nadie más sabría lo que sentimos? Noches sin dormir. Gritos con una voz que se niega a salir. El llanto como un alivio para un cuerpo que se siente agotado. Horas tratando de encontrar una explicación a lo que pasa, intentando encontrar culpables porque ello hace el camino un poco más fácil, aunque no sea lo más acertado. Miras ahora hacia el suelo; esa es tu mente transitando por tus emociones. Me causa curiosidad saber cómo dejas libre esa tristeza o si, por el contrario, luchas contra ella como si fuese un enemigo que te atrapa con fuerza.

¿Por qué en estos tiempos pareciera que sentirse triste es poco más que un pecado?

Hace mucho tiempo que no pinto; sólo hago bocetos, pero sé que volverán aquellos días donde ponía un lienzo en el suelo —porque los caballetes me incomodan—, música de fondo y perdía la noción del tiempo. Tenía la sensación de que, si dejaba de pintar, la imagen en mi mente se escaparía por más que ya estuviera garabateada en algún papel. Rescato el hiperfoco propio del autismo; ello me permite comenzar algo y terminarlo en tiempo récord. Claro, luego pago el precio porque mi cerebro dice: «Melina. Hay que parar». Y, como si supiera que no lo voy a hacer, entonces se ralentiza de tal manera que ya me es imposible ejecutar cualquier tarea que demande creatividad o análisis.

¿Te parece si ahora caminamos un rato por la playa? De nuevo asientes con la cabeza y comenzamos a descender por la calle hasta llegar al borde de la arena; nos quitamos los zapatos y comenzamos a recorrer la costa. Por un rato, sólo el sonido del mar nos acompaña; el silencio nos da tiempo para pensar. Intento adivinar si te gusta escribir, dibujar, si tocas algún instrumento, si cantas o bailas para disuadir a los fantasmas de todo aquello que no pudo ser. Francamente te diré que, sin el arte, no hubiera sabido cómo integrar esa parte mía. ¿No tienes a veces la sensación de que, en estos tiempos que transcurren, pareciera que sentirse triste es poco más que un pecado? Ahora la consigna es ser feliz, así que a la tristeza hay que esconderla en un bolsillo mientras, de cara a la tribuna, sonreímos aunque lloremos por dentro. No se puede perder de vista que la felicidad es una emoción como cualquier otra y pretender que sea perenne no sólo es absurdo, también es frustrante.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Cuando observo lo que pinto suelo imaginar que estoy frente a un espejo. No me devuelve el reflejo exacto de mi rostro; tampoco hay una mirada que hable por sí sola, ni un gesto que represente alguna emoción puntual. Pero sé que soy yo. Que entre las formas, texturas y colores mi nostalgia emerge como una sombra que conozco tan bien, que ya puedo anticipar cuándo viene caminando de puntillas, dispuesta a sumergirme en otra depresión. Así que la observo desde lejos y me pregunto: ¿qué está pasando conmigo como para que de nuevo esté de regreso? Esta pregunta obliga a mi mente a enfocarse en buscar la respuesta y, de esa manera, logro negociar con ella. Me doy un rato de licencia para llorar, para lamentarme por lo que sea que esté viviendo de momento y luego dejo que esté ahí sin enfocarme en ella, y así la depresión va cediendo. Anteriormente peleaba contra ella; me recriminaba y, entre más lo hacía, más iba sintiendo que caía en un abismo del que salir costaba mucho. ¿Puedes ver tu tristeza como me estás viendo a mí? ¿Puedes escucharla intentando venderte los panoramas más desoladores que te hayas podido imaginar? Tu gesto me dice que la has escuchado y que muchas veces, al igual que yo, sucumbiste ante su imagen, pero que también sabes que tienes fuerza y determinación. Si no, no estarías acá acompañándome en esta caminata.

Otro cuadro que recuerdo es uno que pinté donde estaba sentada frente a un piano y de mi cuello salían hilos de colores mientras mi cabeza observaba por una ventana. Mucho tiempo después, en una exposición, alguien me dijo: «A mí no se me hubiera ocurrido hacer el piano rectangular y la tapa de un piano de cola». Miré el cuadro con detenimiento y le dije: «La verdad, a mí tampoco se me ocurrió; apenas me doy cuenta de ese detalle». Analicé el asunto por varios días intentando darle una explicación, pero al final pensé: «No todo debe ser explicado; tal vez sólo hay expresiones que aparecen como un eco de nuestra mente, de aquello que está guardado en nuestro subconsciente y que tiene el hábito de dejarse ver sin que uno mismo lo note». Después de todo, muchas veces nos despertamos tristes y no tenemos idea del porqué. Sólo sé que mi melancolía encontró una forma de morar en un lienzo, y pretender ahogar la tristeza puede ser tan descabellado como permitir que nos arrebate todo el sentido de la vida. ¿Qué piensas tú?

Melina E. Bonello es escritora y columnista. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.