Hace unos meses, en una sesión de psicoterapia, le pedí a un paciente que me describiera cómo se había sentido después de una discusión con su pareja. Me miró como si la pregunta fuera innecesariamente complicada y dijo: "Como las weas, po." Le pregunté si podía ser más específico. Silencio. Después: "Es que fue como las weas. No sé cómo explicarlo de otra forma." Pese a ser un profesional con una buena educación y entrado en sus cuarentas, no pudo evitar expresar lo que sentía con tres palabras que lo cubrían todo sin distinguir nada.
Esa escena se repite recurrentemente, con amigos, familia y como vemos también en la consulta. A todas luces, es el síntoma de algo más amplio, concretamente con lo que está pasando con el lenguaje en Chile, y en cómo la experiencia se reduce y pierde su vitalidad, cuando el lenguaje que la nombra se acota.
Partamos por lo obvio, en Chile el garabato es algo idiomático instaurado.
"Weón", descontextualizado, puede significar amigo, enemigo, desconocido, gil, genio, uno mismo, la humanidad entera o absolutamente nadie en particular. "La weá" puede ser un objeto, una situación, un sentimiento, un país, una pandemia o el sentido de la vida. "Aweonao" puede ser un insulto sutil o la expresión más tierna de cariño entre dos personas que se caen bien. Todo depende del tono, gesto, contexto, y particularmente, de esa calibración fina, ágil e instantánea que cualquier chileno domina en esta materia antes de terminar la enseñanza básica.
Vista así, la versatilidad del garabato chileno parece un prodigio lingüístico, y como no, cuando una sola raíz léxica se adapta a cualquier situación comunicativa. Eficiencia pura con una rica complejidad, reflejada en la expresividad corporal, rítmica, casi musical del garabato chileno, uno que tiene una potencia afectiva que el lenguaje formal no puede llegar a soñar. "Ese weón es seco" transmite algo que "ese señor es muy competente en su área" no logra por más que lo intente. Hay una verdad emocional, directa, sin filtro, que habita en el garabato y que el registro formal extirpa con precisión.
Me interesa que pensemos en el reverso de esto.
Una palabra que puede significar cualquier cosa no significa nada. Por ejemplo, un bisturí puede hacer mucho, pero si es lo único que tienes, todo empieza a parecer algo que hay que cortar. Y un idioma que converge progresivamente en un puñado de comodines para nombrarlo todo es un idioma que, sin darse cuenta, está perdiendo mundo.
Ludwig Wittgenstein, un filósofo austríaco que probablemente nunca en su vida dijo algo parecido a un garabato, escribió una frase que debería estar pegada en la pared de cada sala de clases, consulta y oficina de redacción de prensa de este país: "Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo."
Si las únicas palabras que tengo para nombrar lo que me pasa son "estoy choreado", "ando chato" y "me siento como las weas", entonces toda la gama de emociones que cabe entre la irritación leve y la desesperación — la decepción, vergüenza, impotencia, desamparo, humillación, la tristeza que no tiene causa, la rabia que sí la tiene pero no sabe cuál — queda comprimida en un mismo significante. La paradoja, entonces, es que lo que se comprime sin diferenciación termina siendo indistinguible, incluso para quien lo siente.
Lo que planteo va más allá de una mera opinión, ya que la misma sintaxis uno puede verla con un matiz un poco más elaborado en la consulta. Le pregunto a alguien qué siente y me dice "pena". Le pregunto cómo es esa pena y me dice "fuerte". Le pregunto qué la distingue de la rabia que sentía la semana pasada y me mira como si le estuviera pidiendo que distinga entre dos tonos de gris en una habitación a oscuras. Coloquialmente, es pedirle peras al olmo, y es que muchas veces, no tiene con qué nombrarla. Bajo este escenario en donde no se puede nombrar con precisión lo que se siente, todo queda inmerso en una zona difusa, donde todo malestar se parece a todo malestar.
Cada una de esas emociones — decepción, vergüenza, impotencia, desamparo — abre un camino terapéutico distinto. La decepción pide revisar una promesa que no se cumplió. La vergüenza pide entender ante quién me siento expuesto. La impotencia pide reconocer lo que no está en mis manos. En síntesis, el garabato tiene el potencial de cerrar o hacer converger todos esos caminos en uno. Es lingüísticamente eficiente y psicológicamente anestésico.
El garabato tiene el potencial de cerrar o hacer converger todos esos caminos en uno. Es lingüísticamente eficiente y psicológicamente anestésico.
Acá es donde alguien podría decir que esto es un problema de educación, cultura, clases, y a mi juicio estaría errado.
El garabato como sustituto universal del lenguaje no es patrimonio de ningún sector social en Chile. Los ejecutivos dicen "la weá" en reuniones de directorio. Los profesores universitarios dicen "el weón" refiriéndose a Kant. Los médicos dicen "está como las weas" hablando de un resultado de laboratorio. Ni hablar de los psicólogos, y me incluyo, lo usamos entre colegas con una naturalidad que debería darnos más que pensar, dado que nuestro oficio consiste literalmente en prestar atención a las palabras.
El fenómeno es transversal porque la causa no es la falta de vocabulario disponible, sino que se perdió el hábito de buscar la palabra adecuada para expresar lo que sentimos o vivimos. Aquí, entramos en una problemática contemporánea que explica este fenómeno, el conflicto con el tiempo, en este caso, para buscar esa palabra indicada. El garabato es instantáneo, mientras que la palabra precisa exige una pausa, una búsqueda interior, una vacilación que no estamos dispuestos a tolerar. Decir "estoy decepcionado" en vez de "estoy choreado" implica haberse detenido un segundo a distinguir qué, exactamente, me está pasando. Y detenerse un segundo, como se ha escrito hasta el cansancio, es justamente lo que nuestra época ha decidido que no se puede hacer.
Cada vez más, si uno se detiene por unos segundos al menos, podrá percibir en carne propia la correlación directa entre la velocidad del habla y la pobreza de la experiencia. El garabato es la solución que el lenguaje encontró para adaptarse a un mundo que no tiene tiempo para la palabra justa, una suerte de comodín que sirve para todo y que, por servir para todo, no ilumina nada.
Wittgenstein no solo dijo que el lenguaje limita el mundo. También dijo, al final del Tractatus, la frase más citada y peor entendida de toda la filosofía del siglo XX: "De lo que no se puede hablar, hay que callar."
La lectura habitual asume que se refería a lo inefable: lo místico, lo sublime, lo que por su naturaleza excede las palabras. Y sí, en parte se refería a eso. Pero hay otra lectura, que vale la pena considerar, a veces, de lo que no se puede hablar no es de lo sublime sino de lo ordinario. Lo que no se puede hablar es simplemente lo que no aprendimos a nombrar, ya sea por impronta, desidia, apuro, o economía lingüística.
Desde lo planteado, es que ahora entra en escena una comprensión más amplia respecto a lo que significa "estar como las weas". El malestar está ahí, real, tangible, a veces insoportable. No obstante, cuando no encuentra palabras capaces de distinguirlo, deja de aparecer como algo que pueda ser reconocido en su particularidad y se convierte simplemente en una sensación general de estar mal. No sabemos exactamente qué nos pasa, sabemos apenas que algo no está bien, más no cómo atender o apropiar a cabalidad lo que nos pasa en su singularidad.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
En la historia de la filosofía del lenguaje hay un debate clásico sobre si el lenguaje refleja el pensamiento o lo constituye. Si primero pensamos y después buscamos las palabras, o si las palabras disponibles determinan lo que podemos pensar. La respuesta, como en casi todo debate binario, es que ambas cosas son parcialmente ciertas, pero que al menos desde mi posición, la segunda es más cierta de lo que nos gusta admitir.
Hay un experimento mental sencillo que lo demuestra. Piensen en un color. Ahora piensen en otro color. Fácil: azul, rojo, verde. Ahora piensen en la diferencia entre el color que tiene el cielo de Santiago a las siete de la tarde en marzo y el que tiene a las siete de la tarde en julio. La diferencia existe y sin duda es perceptible. La hemos visto cientos de veces. Pero la mayoría de nosotros no tiene una palabra para nombrarla, y por lo tanto esa diferencia, que los ojos registran sin esfuerzo, no tiene existencia lingüística. Está ahí y no está.
Lo mismo pasa con las emociones, pero con consecuencias infinitamente más significativas. Porque un matiz de cielo que no puedo nombrar es una pérdida estética menor. En contraparte, una emoción que no puedo nombrar es una parte de mí que no puedo conocer, comunicar ni elaborar. Lo complejo de este fenómeno es que una persona que no puede elaborar lo que siente es una que siente a ciegas. Que eventualmente reacciona sin comprender. Que estalla o se apaga sin saber por qué.
No estoy proponiendo una cruzada contra el garabato. Sería absurdo, una empresa imposible. El garabato chileno tiene una vitalidad, un humor, una capacidad de conexión instantánea entre personas que ningún lenguaje pulido va a reemplazar. Cuando alguien me dice "te pasaste, weón" después de algo que hice bien, hay una calidez ahí que "te felicito por tu desempeño" no puede ni rozar.
Lo que sí propongo es hacer consciente algo. El garabato funciona extraordinariamente bien para la conexión social y extraordinariamente mal para la conexión con uno mismo. Para la tribu o colectivo es perfecto. Para la intimidad del mundo interior es un desastre. Y el problema aparece cuando el registro tribal — rápido, grupal, expresivo, impreciso — es el único registro que queda. Cuando no hay otro idioma disponible para la conversación subjetiva que cada persona necesita tener consigo misma, a solas, sin audiencia, sobre lo que le está pasando de verdad.
Ese diálogo interno requiere palabras que no sean comodines. Al contrario, palabras que distingan, que recorten, que iluminen una cosa y dejen otra en sombra. Palabras que obliguen a detenerse y mirar lo que se siente con la misma atención con que uno mira un cuadro o lee una frase que lo detiene en seco. No hacen falta palabras grandilocuentes, solo palabras que sepan donde mirar.
Vuelvo a mi paciente, el ingeniero que estaba "como las weas".
Trabajamos varias sesiones en eso. No en el conflicto con su pareja, que era real, sino en encontrar las palabras para lo que ese conflicto le producía. Fue un trabajo lento, incómodo, — voy a utilizar otra palabra endémica chilena que cae en esta lógica sin ser un garabato — a ratos inclusive "fome". Con el tiempo y la pausa necesaria logró elaborarlo: "Creo que no estoy enojado con ella. Creo que me da miedo que se vaya y quedarme como estaba antes de conocerla."
Eso no es "estar como las weas", es miedo al abandono. Eso es reconocer una vulnerabilidad específica que tiene nombre, historia, forma, y que da el punta pie inicial a lo que sí se puede trabajar terapéuticamente.
Nombrar con precisión lo que nos pasa es un acto de reconocimiento, de hacer existir, por fin, lo que estaba ahí sin forma. Convertir "como las weas" en algo que se pueda mirar, tocar, entender. Y eventualmente, apropiar.
Wittgenstein tenía razón, los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Aun así, la frase también funciona al revés, cada palabra nueva que aprendo para nombrar lo que siento es un pedazo de mundo que recupero. No estamos condenados a la niebla. Solo necesitamos, de vez en cuando, la paciencia de buscar la palabra justa en vez de conformarnos con la que tenemos a mano.
Aunque esa búsqueda, lo sé, pueda ser "una weá fome".