¿Y si lo que deseamos no dijera, al menos no de manera directa, quiénes somos?

La pregunta es provocativa porque hoy tendemos a pedirle a la sexualidad que sea legible y transparente. Queremos que identidad, deseo, prácticas y valores formen una figura más o menos coherente, armónica y unitaria. Pero la vida erótica rara vez coopera con dicha voluntad. Una persona puede defender relaciones igualitarias y excitarse con escenas de dominación. Puede llevar una vida conyugal previsible y sostener una fantasía mucho más caótica. Puede sentirse cómoda con una identidad sexual y, sin embargo, desear algo que no encaja del todo en ella. Incluso puede condenar con especial vehemencia aquello que le resulta demasiado cercano. Nada de esto prueba hipocresía, perversión ni una "verdad secreta" esperando ser descubierta. Prueba algo más sencillo: no somos transparentes para nosotros mismos. Hay algo que desborda.

El psicoanálisis partió justamente de esa molestia. La teoría queer añadió otra: las categorías con que nombramos el sexo tampoco son inocentes. Organizan reconocimiento y permiten nombrar violencias, pero también pueden convertirse en casilleros demasiado rápidos. Entre ambas intuiciones queda una pregunta actual: ¿cómo pensar una sexualidad que no sea ni esencia privada ni puro efecto de etiquetas sociales?

A esa apuesta la llamo "realismo cloacal". El nombre es deliberadamente extraño e incómodo. La cloaca es el lugar donde enviamos lo que sobra para que la casa siga pareciendo limpia. Algo semejante ocurre con las teorías del sexo: para construir un sujeto coherente suelen expulsar la vergüenza, el ano, las heces, la pasividad, las fantasías contradictorias, los objetos parciales, el deseo de ceder o de dominar, lo que no combina bien con la imagen que alguien tiene de sí. El realismo cloacal no celebra lo sucio. Pregunta qué tuvo que quedar fuera para que una sexualidad pareciera limpia, madura y perfectamente explicable.

El deseo no llena formularios

Freud vio muy temprano que la sexualidad no nace ordenada. En los Tres ensayos de teoría sexual describió una sexualidad infantil polimorfa, hecha de zonas, metas parciales, desplazamientos y sustituciones antes de cualquier organización genital estable y madura (Freud, 1905/1978). Después, buena parte del psicoanálisis leyó esa historia como una escalera: habría formas inmaduras que debían ser superadas por una sexualidad adulta integrada. Pero se puede leer a Freud al revés: quizá la adultez nunca borra del todo esa condición parcial y desorganizada.

Esto se vuelve más claro con Susan Isaacs y Melanie Klein. Para Isaacs, la fantasía inconsciente acompaña la vida pulsional; para Klein, partes del cuerpo y funciones corporales pueden cargarse de amor, odio, voracidad, miedo o reparación (Isaacs, 1948; Klein, 1946). No hace falta tomar literalmente ese bestiario. Basta con reconocer algo cotidiano: a veces deseamos una voz, una espalda, un olor, una forma de mirar, una boca, una manera de tocar. No amamos ni deseamos siempre a "la persona completa". El erotismo recorta. Se compone una escena.

Por eso una práctica no puede transformarse automáticamente en identidad. Una boca no produce una "personalidad oral". Un ano no produce una "identidad anal". Ser penetrado no vuelve a alguien psicológicamente pasivo. ¿Por qué una posición corporal debería explicar un carácter entero?

Aquí se vuelve visible un viejo prejuicio: asociamos actividad con poder y pasividad con degradación. Pero alguien puede disfrutar ceder el control en una escena sexual y tomar decisiones firmes el resto del día; puede fantasear con ser dominado y detestar cualquier subordinación fuera de esa escena. La sexualidad cambia de verbo más rápido que de identidad: mirar, mostrarse, entrar, recibir, mandar, obedecer, cuidar, usar, ser usado. Convertir cada verbo en una esencia empobrece la experiencia y tiende a simplificar un mundo erótico mucho más complejo y opaco.

¿Ser penetrado dice quién eres?

Gayle Rubin mostró que las sociedades no sólo regulan prácticas: también construyen jerarquías sexuales. Algunas formas aparecen como serias, sanas y respetables; otras quedan cerca de la vergüenza, la desviación o el peligro (Rubin, 1984). En su trabajo sobre The Catacombs, una subcultura ligada al sexo anal y al BDSM, mostró además que espacios estigmatizados pueden generar saberes, códigos de seguridad y formas de comunidad que no caben en el relato simple de la desviación (Rubin, 1991). Buena parte de los chistes cotidianos "de caballeros" contra las mujeres y los gays apuntan a degradar burlescamente la posición pasiva como dominada y humillada.

La consecuencia no es que todo lo minoritario sea emancipador o mejor. Es mucho más modesta y más exigente: la respetabilidad no puede decidir de antemano qué merece ser comprendido.

¿Y si por un momento no hubiera que salvar la soberanía del yo? ¿Y si parte del placer consistiera precisamente en dejar de dominar?

Leo Bersani llevó el problema a otro lugar. En Is the Rectum a Grave?, escrito en medio de la crisis del sida, preguntó qué amenaza exactamente la pasividad anal en cierta idea de masculinidad (Bersani, 1987). Su respuesta no consistió en tranquilizar diciendo que el "pasivo" también es, en el fondo, activo. Eso habría mantenido intacta la jerarquía. La provocación es otra: ¿y si por un momento no hubiera que salvar la soberanía del yo? ¿Y si parte del placer consistiera precisamente en dejar de dominar? ¿en dejar que la identidad se diluya? Abrir estas preguntas puede precipitar un momento tan incómodo que un "lector respetable y unitario" abandone la lectura y envíe este pequeño escrito a la cloaca del olvido descartable.

Si aún estás leyendo, te comparto que Paul B. Preciado radicaliza el gesto. En el Manifiesto contrasexual, el cuerpo aparece menos como destino que como campo de usos, técnicas y prótesis (Preciado, 2018). El ano resulta especialmente rechazable para una visión heterocentrada porque no pertenece a un solo sexo y desordena la equivalencia entre penetrar, mandar y valer más. En Terror anal, Preciado vincula además el cierre simbólico del ano con un ideal de cuerpo masculino autosuficiente, productivo y heterosexual (Preciado, 2013).

Pero aquí conviene frenar cualquier entusiasmo fácil. El ano no es revolucionario por naturaleza ni es signo de nada por sí mismo. Ser penetrado no vuelve horizontal una relación. Una práctica no se vuelve buena porque haya sido estigmatizada. El realismo cloacal no cambia "puro" por "impuro" para declarar vencedor al segundo. Su pregunta es otra: ¿por qué seguimos necesitando que un órgano, una posición o una práctica nos diga cuánto vale una persona?

Hablar de "desecho" también exige una precaución. Hay personas y poblaciones tratadas materialmente como desechables; convertir esa violencia en una estética de lo abyecto sería obsceno. Aquí el desecho no es una virtud política. Es, ante todo, una pista: aquello que una teoría expulsa para seguir pareciendo coherente. Puede ser una excitación que contradice la identidad declarada, una posición pasiva que no encaja con la autoimagen, una zona corporal considerada indigna o una práctica que no produce pareja, descendencia ni relato de progreso. Lo que sobra revela el ideal de orden.

Por eso me interesa hablar, con cuidado, de sexualidades "incorrectas". No de sexualidades dañinas, sino de aquellas en que no coincide limpiamente quién soy, qué órgano uso, qué posición ocupo y qué valor social se me atribuye. Incorrecta, aquí, no significa mala: significa que la ecuación no cierra.

Lo que una fantasía no prueba

Hay otra confusión frecuente: creer que fantasear algo equivale a querer que ocurra en la vida.

Donald Meltzer sirve, paradójicamente, para pensar este problema. Sus trabajos sobre identificación proyectiva, analidad y claustrum describieron fantasías en las que el cuerpo se organiza como espacio: entrar en el otro, vivir dentro, robar, depositar, contaminar, quedar atrapado o ser expulsado (Meltzer, 1966, 1992). Parte de ese vocabulario estuvo ligado a lecturas patologizantes. Por eso me interesa leer a Meltzer contra Meltzer: conservar la intuición espacial de la fantasía y abandonar la idea de que una práctica no normativa revela por sí misma una patología.

Imaginemos a alguien que fantasea con ser humillado. ¿Eso significa que quiere ser humillado en su trabajo, su pareja o la calle? Evidentemente no. O pensemos lo contrario: una persona puede sufrir una humillación social sin haberla deseado inconscientemente. Confundir ambos planos es clínicamente peligroso. Una fantasía es real por sus efectos, pero no reemplaza la realidad.

Llamo "imaginario cloacal" a esas escenas en las que entrada y salida, placer y excreción, interior propio e interior ajeno pierden sus fronteras claras y limpias. El cuerpo fantaseado rara vez respeta nuestras clasificaciones. Un orificio puede ser refugio, amenaza, placer, depósito, vulnerabilidad o nada de todo eso. La anatomía no trae un diccionario incorporado.

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La clínica no debería ser una policía del sexo

Aquí la crítica del psicoanalista argentino Jorge Reitter resulta crucial. En Edipo gay muestra que la heteronormatividad puede sobrevivir incluso en analistas que se consideran abiertos, porque puede alojarse en conceptos aparentemente neutros: "madurez", "complementariedad", "diferencia sexual", "pasividad", "resolución" (Reitter, 2019). El problema no es sólo tener prejuicios. Es escuchar con una teoría que ya decidió de antemano qué debería significar una práctica.

Una clínica más rigurosa tendría que escuchar dos cosas a la vez. Primero: ¿qué fantasía organiza esta escena para esta persona? Segundo: ¿en qué mundo social ocurre esa escena? Reducir todo a identidad borra la singularidad del deseo. Reducir la opresión a fantasía convierte al psicoanálisis en una forma sofisticada de negación de las relaciones de poder en la sociedad.

El diálogo reciente entre psicoanálisis y teoría queer insiste en esta doble exigencia. Avgi Saketopoulou y Ann Pellegrini cuestionan la idea de una identidad de género nuclear e inmutable y proponen pensar el género también como elaboración psíquica constante (Saketopoulou & Pellegrini, 2023). Saketopoulou ha insistido, además, en que el consentimiento es indispensable pero no alcanza para explicar todo lo que ocurre en el erotismo: hay repetición, riesgo, ambivalencia y opacidad (Saketopoulou, 2023).

Esto no relativiza la ética. Al contrario. Consentimiento, posibilidad de retirarlo, asimetrías de poder, coerción, daño y condiciones materiales siguen siendo criterios irreductibles. Despatologizar no significa declarar inocente cualquier práctica. Significa no convertir su forma sexual en diagnóstico y prejuicio.

Este enfoque evita romantizar lo bajo, abyecto, oculto o sucio. Más bien intenta mostrar que la identidad limpia requiere excluir lo cloacal para constituirse como socialmente validada. Aunque la sociedad actual pareciera ser permisiva, plural, hipersexual, hasta mercantilizar toda práctica sexual en nichos de consumo, sigue existiendo una fantasía colectiva que versa: "la sexualidad debe caber de modo coherente en una identidad nombrable y mapeable". El borde y el exceso, eso que los psicoanalistas llamamos inconsciente, sigue siendo un problema.

No limpiar el sexo

Quizá el problema pueda formularse de manera simple. Las identidades importan. Nos permiten encontrarnos, organizarnos, exigir derechos y nombrar violencias. Lo que no pueden hacer es contener toda la vida erótica.

El deseo se desplaza. La fantasía contradice. El cuerpo mezcla funciones. La pasividad y actividad cambia de sentido según la escena. Una práctica puede ser placentera, banal, vergonzante, repetitiva, tierna, ridícula, intensa o inquietante sin convertirse por eso en la verdad final de una persona.

El realismo cloacal propone quedarse un momento con ese resto. Realismo, porque ni las relaciones de poder ni la fantasía desaparecen cuando cambiamos las palabras con que las nombramos. Cloacal, porque siempre hay algo que desordena la imagen limpia: sexo y excreción, placer y vergüenza, actividad y pasividad, sujeto y objeto, identidad y deseo.

Tal vez la pregunta más interesante ante una escena sexual no sea "¿qué dice esto sobre quién eres?", sino otras menos tranquilizadoras: ¿qué ocurre aquí?, ¿qué placer aparece?, ¿qué fantasía se juega?, ¿qué poder circula?, ¿qué daño es éticamente aceptable? ¿qué se teme?, ¿qué se repite?, ¿qué parte no encuentra nombre?

El desafío para el psicoanálisis —y quizá también para una conversación pública menos ansiosa por clasificar— no es limpiar el sexo para volverlo digno. Es aprender a pensarlo sin exigirle que sea entero, coherente ni respetable. Mientras exista erotismo, habrá vértigo.

Referencias citadas

Bersani, L. (1987). Is the rectum a grave? October, 43, 197–222.

Freud, S. (1978). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas (Vol. 7, pp. 109–224). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1905).

Isaacs, S. (1948). The nature and function of phantasy. The International Journal of Psycho-Analysis, 29, 73–97.

Klein, M. (1946). Notes on some schizoid mechanisms. The International Journal of Psycho-Analysis, 27, 99–110.

Meltzer, D. (1966). The relation of anal masturbation to projective identification. The International Journal of Psycho-Analysis, 47(2), 335–342.

Meltzer, D. (1992). The claustrum: An investigation of claustrophobic phenomena. Clunie Press.

Preciado, B. (2013). Terror anal y manifiestos recientes. La Isla de la Luna.

Preciado, P. B. (2018). Countersexual manifesto. Columbia University Press.

Reitter, J. N. (2019). Edipo gay: Heteronormatividad y psicoanálisis (2.ª ed. ampliada). Letra Viva.

Rubin, G. (1984). Thinking sex: Notes for a radical theory of the politics of sexuality. En C. S. Vance (Ed.), Pleasure and danger (pp. 267–319). Routledge & Kegan Paul.

Rubin, G. (1991). The Catacombs: A temple of the butthole. En M. Thompson (Ed.), Leatherfolk (pp. 119–141). Alyson Press.

Saketopoulou, A. (2023). Sexuality beyond consent: Risk, race, traumatophilia. New York University Press.

Saketopoulou, A., & Pellegrini, A. (2023). Gender without identity. The Unconscious in Translation.

Rodrigo Aguilera Hunt es psicólogo clínico de la Pontificia Universidad Católica de Chile, magíster en psicología clínica mención psicoanálisis de la Universidad Adolfo Ibáñez y psicoanalista de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA). Es investigador, editor de revistas científico-académicas y docente universitario en Chile y el extranjero. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.