Esther Greenwood imagina su vida como una higuera cuyas ramas están cargadas de frutos, cada uno de los cuales contiene una existencia diferente. En uno se encuentra una carrera brillante, en otro una familia, en otro una sucesión de viajes y experiencias, y en otro una vida intelectual que todavía no alcanza a representarse por completo. Todos parecen deseables mientras permanecen ante ella como alternativas, pero el árbol encierra una dificultad que termina volviéndose insoportable. Escoger un higo significa renunciar a los demás, porque una existencia concreta nunca puede realizar simultáneamente todas las formas que imaginamos para ella.

En este pasaje de La campana de cristal, Esther queda paralizada frente al árbol, ya que no encuentra ninguna razón capaz de justificar por completo la elección de un fruto. Pero mientras intenta decidir, los higos comienzan a arrugarse, ennegrecerse y caer a sus pies. Aquello que parecía una escena sobre la dificultad de escoger termina revelando otro problema. Esther había supuesto, sin advertirlo, que las alternativas permanecerían allí mientras ella decidía entre ellas.

Algo de esa expectativa acompaña muchas de nuestras elecciones. Sabemos que optar por una carrera implica dejar otras atrás, que aceptar un trabajo modifica las oportunidades que podremos considerar después, que comenzar una relación altera otras posibilidades afectivas y que comprometerse seriamente con un proyecto requiere invertir un tiempo que ya no estará a disposición de otros asuntos. Como toda elección introduce una pérdida, resulta tentador aplazarla y mantener durante un poco más ese momento en que todavía podemos imaginar que todos los caminos están disponibles.

El problema comienza cuando confundimos la posibilidad con algo que puede conservarse intacto simplemente porque todavía no hemos renunciado a ella.

En todas partes y en ninguna

Julie, la protagonista de The Worst Person in the World, parece situarse en un lugar completamente distinto al de Esther. Mientras Esther queda inmovilizada frente a las vidas que podría tener, Julie se mueve constantemente entre ellas: comienza medicina, se cambia a psicología, descubre después la fotografía, prueba distintos trabajos, inicia relaciones, termina algunas de ellas y vuelve a entusiasmarse con nuevas versiones de sí misma. Así, frente al mismo árbol de posibilidades, Esther se paraliza y Julie intenta probarlo todo.

Sin embargo, a medida que la película avanza, empieza a aparecer una afinidad más profunda entre ambas. Julie puede tomar un camino, pero le cuesta permanecer cuando esa posibilidad deja de presentarse como apertura y comienza a adquirir la forma más determinada de una vida concreta, con sus hábitos, rutinas, frustraciones y consecuencias. Cada comienzo contiene todavía la promesa de algo distinto, pero cuando esa promesa empieza a estabilizarse, aparece nuevamente la atracción de otra dirección.

Heidegger describe algo muy cercano cuando analiza la curiosidad en Ser y tiempo. Su interés no está puesto en la curiosidad como deseo genuino de comprender, sino en aquella relación con el mundo que busca lo nuevo precisamente para abandonarlo en cuanto deja de ser nuevo. Lo visto no importa tanto por lo que puede llegar a revelarnos como por la posibilidad de conducirnos hacia otra cosa; de allí que Heidegger vincule la curiosidad con una incapacidad de quedarse y con una constante búsqueda de distracción hacia nuevas posibilidades.

Esta curiosidad podría describir una parte importante del recorrido de Julie. Su problema no consiste en la falta de experiencias, porque precisamente acumula comienzos, cambios y desplazamientos; lo que se vuelve más difícil es sostenerlas el tiempo suficiente para que alguna de esas posibilidades deje de ser una promesa y empiece a volverse algo propio. La novedad tiene aquí un atractivo particular, porque mientras una experiencia apenas comienza todavía conserva la intensidad del descubrimiento y apenas ha tenido tiempo de mostrar sus límites. Es por esto que una profesión imaginada carece de jornadas tediosas y de tareas absurdas; una relación que apenas comienza todavía puede alojar muchas de nuestras expectativas; una ciudad en la que fantaseamos vivir permanece libre de trayectos rutinarios, gastos inesperados y lunes por la mañana. Mientras una posibilidad no se realiza, una parte considerable de su contenido sigue siendo proporcionada por nuestra imaginación.

Pero la indecisión tampoco adopta siempre la forma de Esther o de Julie. Hay una tercera manera de permanecer en el umbral que resulta menos evidente precisamente porque puede parecer una actividad muy responsable: revisar las alternativas, compararlas, proyectar sus consecuencias, pedir una segunda opinión, buscar información adicional, elaborar nuevas listas de pros y contras, regresar sobre los criterios iniciales y descubrir entonces un nuevo factor que obliga a recomenzar la evaluación. Nada de eso constituye por sí mismo un problema; muchas decisiones merecen ser pensadas cuidadosamente. La dificultad aparece cuando la deliberación comienza a exigir algo que ninguna cantidad adicional de análisis podría garantizar.

El pensamiento, que debía preparar el paso hacia una decisión, puede terminar convirtiéndose en una manera particularmente sofisticada de postergar la elección.

En esos casos, seguimos evaluando porque esperamos alcanzar un punto en que una opción pueda escogerse sin que las restantes sigan ejerciendo alguna atracción, como si fuera posible reunir suficiente información para saber de antemano cuál decisión lamentaremos menos o cuál de nuestras vidas futuras será finalmente la correcta. Cada nueva consideración promete acercarnos a esa seguridad, pero al mismo tiempo introduce otra variable, otro escenario posible, otra consecuencia que no habíamos previsto. El pensamiento, que debía preparar el paso hacia una decisión, puede terminar convirtiéndose en una manera particularmente sofisticada de postergar la elección.

El problema es que ciertas preguntas solo reciben parte de su respuesta después de haber elegido. Podemos investigar durante meses una profesión y, aun así, hay algo de esa vida que únicamente conoceremos ejerciéndola; podemos evaluar cuidadosamente una relación y anticipar algunos conflictos, pero aquello que esa relación puede llegar a ser dependerá también del tiempo que efectivamente compartamos con la otra persona; podemos imaginar cómo sería vivir en otra ciudad, pero ninguna comparación consigue anticipar por completo la experiencia de despertar allí durante años. Llegado cierto punto, continuar pensando significa pedirle a la posibilidad un conocimiento que solo la realidad puede entregar.

Las posibilidades no esperan

Kierkegaard permite comprender por qué ese paso resulta tan difícil. Cuando describe al ser humano como una síntesis de infinitud y finitud, sitúa la existencia entre dos polos en tensión que deben articularse para que el yo adquiera una forma concreta. La infinitud abre el horizonte y permite que nos proyectemos más allá de aquello que ya somos: podemos imaginar otras maneras de vivir, otros vínculos, otros trabajos, otras versiones de nosotros mismos. Gracias a esa apertura nuestra vida nunca queda completamente reducida a lo que ya está dado.

La finitud introduce, en cambio, aquello que vuelve concreta esa apertura. Para que una posibilidad llegue a formar parte de nuestra vida debe adquirir límites, ocupar un lugar determinado, excluir ciertas alternativas y comprometer un tiempo que ya no estará disponible del mismo modo para otras cosas. En ese sentido, elegir recorta el horizonte: de entre muchas formas imaginables de existencia, alguna comienza a convertirse en la forma particular que efectivamente estamos viviendo.

Ahí reside una parte importante de la angustia que acompaña ciertas decisiones. Lo que perdemos al elegir no siempre son cosas que poseíamos realmente; muchas veces perdemos vidas imaginadas, versiones de nosotros mismos que podían parecernos perfectamente plausibles mientras ninguna realidad había venido todavía a ponerlas a prueba. La posibilidad puede conservar un aspecto ideal precisamente porque aún no ha tenido que responder por sus consecuencias. Podemos imaginar veinte vidas, pero solo podemos vivirlas bajo las condiciones concretas de una existencia determinada.

Esther intenta conservar simultáneamente las vidas que cuelgan de la higuera. Julie vuelve hacia nuevas posibilidades cuando aquellas que había comenzado a vivir empiezan a volverse demasiado determinadas. Quien analiza indefinidamente trata de encontrar una elección capaz de justificar el abandono de todas las demás antes de dar el paso. Las tres posiciones son diferentes, pero comparten la dificultad de aceptar que realizar una posibilidad exige permitir que deje de ser simplemente posible.

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Hay, sin embargo, algo todavía más incómodo que la pérdida introducida por cada elección. Podemos intentar aplazar ese momento porque creemos que, mientras no cerremos ninguna puerta, las demás permanecerán donde estaban. Esa confianza olvida que las posibilidades existen bajo condiciones concretas y que esas condiciones también están sometidas al tiempo.

Una oportunidad laboral puede desaparecer, una persona con quien alguna vez podíamos construir algo puede seguir su camino, determinadas decisiones familiares dependen de momentos que no se prolongan indefinidamente, un proyecto puede perder las circunstancias que lo hacían realizable y hasta nuestros propios deseos pueden mutar mientras intentamos decidir qué hacer con ellos. Cinco años después seguimos teniendo posibilidades, desde luego, pero no necesariamente las mismas que habíamos dejado abiertas cinco años antes.

El tiempo, por eso, no actúa solamente reduciendo un conjunto fijo de alternativas, como si poco a poco fuera cerrando puertas que antes estaban disponibles. También modifica el campo mismo de lo posible, abriendo caminos que antes no existían, volviendo improbables algunos, extinguiendo otros y transformando aquello que nosotros mismos somos capaces de desear o sostener. Una posibilidad tiene una historia, aunque solemos pensarla como si permaneciera suspendida fuera del tiempo hasta el momento en que decidamos realizarla.

Hacia el final de The Worst Person in the World, Julie empieza a enfrentarse de manera especialmente dolorosa con esa transformación. Algunas personas que formaron parte de su vida han seguido caminos en los que ella ya no ocupa el mismo lugar; otras posibilidades que alguna vez parecieron recuperables han cambiado de tal manera que ya no pueden retomarse simplemente regresando hacia ellas. La película no necesita convertir esto en una condena moral de Julie ni enseñarnos que sus elecciones fueron equivocadas. Simplemente muestra que mientras ella intentaba descubrir qué vida quería vivir, las vidas de los demás continuaron desarrollándose.

La higuera de Plath contiene el mismo descubrimiento en una imagen más condensada. Esther cree inicialmente que su problema consiste en escoger un fruto entre muchos y que, mientras no lo haga, el árbol conservará intacta la pluralidad de sus vidas posibles. Solo cuando los higos comienzan a caer comprende que permanecer frente al árbol también transforma aquello entre lo que todavía puede elegir.

Por eso el dilema de Esther resulta más inquietante de lo que parece a primera vista. Escoger un higo significa aceptar que los otros quedarán sin probar y que aquel que finalmente tomemos tampoco corresponderá exactamente a lo que imaginábamos desde debajo del árbol. Sin embargo, esperar hasta saber con certeza cuál merece ser elegido tampoco preserva la abundancia inicial, porque mientras calculamos, exploramos o buscamos una seguridad que ninguna decisión puede ofrecernos de antemano, los frutos continúan madurando y el árbol sigue cambiando.

La posibilidad también pertenece al tiempo, y olvidarlo puede llevarnos a descubrir demasiado tarde que, mientras intentábamos mantener abiertas todas las vidas que aún podíamos imaginar, algunas comenzaron silenciosamente a dejar de ser nuestras.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram

Este ensayo dialoga con Plath, S. (2024). La campana de cristal (E. Vázquez Nacarino, Trad.). Random House.; Trier, J. (Director). (2021). The Worst Person in the World [Película]. Oslo Pictures; MK Productions; B-Reel Films; Snowglobe.; Heidegger, M. (2017). Ser y tiempo (J. E. Rivera C., Trad.). Editorial Universitaria.; y Kierkegaard, S. (2008). La enfermedad mortal. Editorial Trotta.