Hoy quiero escribir de mí. No de él, del proceso judicial ni de lo que pasó aquella noche.

Quiero escribir de lo que pasó conmigo después. De estos meses en los que mi vida cambió de una manera que jamás imaginé y en los que descubrí una versión propia que no sabía que existía.

Han pasado poco más de dos meses desde aquella noche. Una noche extrañamente tranquila. Sin grandes planes, sin trasnoche, sin amigos, sin alcohol. Una de esas noches que deberían quedar olvidadas al día siguiente, porque aparentemente no ocurrió nada extraordinario.

Pero pasó.

Y desde entonces mi marido, el amor de mi vida y papá de mis hijos está privado de libertad. Una frase que todavía me cuesta escribir: mi marido está preso.

Durante mucho tiempo esas palabras pertenecieron a los libros, a las noticias, a las historias de otros. Nunca pensé que algún día formarían parte de mi propia historia.

Y de pronto aparecieron palabras que nunca habían tenido espacio ni peso en mi vida: encomienda, enrolamiento, audiencia, fiscal, cautelar, corte.

Aprendí qué alimentos pueden entrar y cuáles no. Que el pan tiene que ir de una determinada manera. Que el shampoo debe cambiar de envase. Que hay colores de poleras permitidos y otros que no. Que una bolsa puede ser motivo suficiente para que algo quede afuera. Aprendí a preparar paquetes con una precisión casi absurda, aprendí cosas que nunca quise aprender.

Y, sobre todo, aprendí a esperar.

Porque hay una parte de esta historia que sucede adentro, aun cuando hay otra que pasa afuera, una parte que también duele.

La casa, la cotidianidad, cambia cuando falta alguien. La cama se siente demasiado grande, la mesa queda incompleta. Hay silencios en lugares donde antes había conversaciones. Aprendí que el silencio no es lo mismo que el vacío. Tiene la forma exacta de lo que falta —por eso se nota tanto, ahí, en esa forma precisa, más que en cualquier otro rincón de la casa. Y también aprendí que ese silencio no viene con un significado puesto. Yo tenía que ponérselo, día a día, para que la casa siguiera siendo un lugar donde vivir y no solo un lugar donde esperar.

Me acostumbré a dormir sola y a despertar sabiendo que él no estaba. Y, al mismo tiempo, tuve que seguir. Seguir trabajando, siendo mamá, respondiendo mensajes, tomando decisiones, haciendo que la vida de mis hijos se pareciera lo más posible a la vida que tenían antes. Aunque, si soy honesta, con el tiempo entendí que no bastaba con sostener lo que fuimos. Había que dejar que algo distinto encontrara su propio lugar en mi vida y en mi familia, aunque todavía no tuviera ninguna forma reconocible.

Mientras por dentro yo estaba intentando entender cómo se vive cuando una parte de tu vida está detenida. Empecé a pensar que esperar y despertar se parecen más de lo que había notado antes, porque sencillamente los dos son estados donde uno no manda sobre el reloj. Cuando alguien despierta de un golpe fuerte, hay un tramo confuso antes de que la conciencia vuelva del todo, un tiempo que no se puede apurar ni acortar por más ganas que se tenga. Esperar creo que se siente parecido, una zona donde el tiempo sigue corriendo, pero uno no tiene ningún mando sobre su velocidad.

Y entonces apareció la fila. Ahí estaban ellas. Mujeres esperando. Mujeres que habían llegado mucho antes que yo y que conocían las reglas, tiempos, códigos y las maneras de hacer las cosas.

Mujeres fuertes, aperradas. Mujeres capaces de amanecerse en una vereda, soportar el frío y pasar horas de pie para conseguir algo que desde afuera puede parecer insignificante: un par de horas con alguien que aman. Algunas llevaban años haciendo aquello. Otras, como yo, todavía parecíamos estar tratando de entender cómo habíamos llegado hasta ahí. Y entonces pensé: yo soy la rucia de la fila, la pituca. La que probablemente se ve fuera de lugar, la que nunca imaginó que alguna vez tendría que aprender este mundo.

Pero ahí estaba. En la misma fila, esperando exactamente lo mismo que todas.

Fue ahí donde descubrí algo que no esperaba. En esa fila desaparecen muchas de las diferencias que afuera parecen tan importantes. No importa demasiado de dónde vienes, cuánto tienes o cómo te vistes. Todas estamos esperando. Todas tenemos miedo, rabia, mil preguntas. Todas estamos tratando de entender algo que, muchas veces, no entendemos.

Empiezas a conversar y sin darte cuenta descubres que detrás de cada rostro hay una familia entera tratando de sostenerse. Hay hijas, madres. Hay mujeres agotadas, cada una con su propia historia de injusticias y de errores. Hay rabia, impotencia. Pero, sobre todo, hay amor.

Un amor que puede ser muy distinto en cada historia, pero que tiene una expresión bastante sencilla: seguir esperando.

En ese umbral las jerarquías que importan afuera —quién tiene más, quién viene de dónde— se disuelven, y aparece en su lugar una cercanía espontánea entre personas que en cualquier otro contexto no tendrían nada que ver entre sí.

Con el tiempo entendí que ese lugar donde estábamos tiene nombre, un umbral en donde uno ya no es quien era antes, pero tampoco es todavía quien va a ser después. Un estado suspendido, una transición sin lugar propio. Lo significativo de esto, si es que se le pudiera dar esa atribución plena, es que en ese umbral las jerarquías que importan afuera —quién tiene más, quién viene de dónde— se disuelven, y aparece en su lugar una cercanía espontánea entre personas que en cualquier otro contexto no tendrían nada que ver entre sí; una suerte de comunidad del umbral. Una comunidad de la que nunca quise ser parte, y hoy día, es parte estructural de quien soy.

La fila es la analogía perfecta de lo que he vivido estos meses. Esperar. Avanzar unos metros y volver a esperar. Que te revisen, que te digan que no. Llegar a una puerta y esperar otra vez.

Hasta que finalmente se abre. Y entonces aparece él y todo lo demás desaparece.

No importa el frío ni el cansancio. No importa que haya pasado una cantidad absurda de tiempo para conseguir menos de dos horas con él. Lo miro, lo toco, lo abrazo. Y durante un rato vuelvo a ser simplemente su mujer. No la mujer que espera. No la que resuelve ni la que sostiene.

A veces me pregunto cómo llegamos hasta aquí. En qué momento nuestra vida cambió de dirección. Cómo una vida normal puede convertirse en algo tan extraño en cuestión de horas.

Durante estos meses he conocido emociones que nunca antes habían convivido dentro de mí, no al menos al mismo tiempo. Miedo, rabia, angustia, frustración, tristeza y sobre todo impotencia.

Pero también he conocido otras. Una fuerza que no sabía que tenía. Una paciencia que no sabía que podía desarrollar.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Antes de todo esto, esperar era algo cotidiano. Esperar que llegaran los niños, esperar una llamada, esperar que empezara una reunión, esperar que alguien volviera a casa. Nunca había entendido que esperar también podía convertirse en una forma de vida y estos meses han sido eso. Quizás por eso la fila terminó convirtiéndose, sin que yo me diera cuenta, en la imagen más precisa de lo que hemos vivido.

Porque en una fila sabes que estás avanzando, pero no decides a qué velocidad. A veces avanzas varios metros y piensas que finalmente todo empieza a moverse. Otras veces pasan horas y sigues exactamente en el mismo lugar. Miras hacia adelante tratando de calcular cuánto falta, o en su defecto, miras hacia atrás y descubres todo lo que ya has recorrido.

Y mientras tanto, esperas. Eso ha sido para mí este tiempo.

Aprender a vivir en un lugar incómodo entre lo que fue nuestra vida y lo que esperamos que vuelva a ser. Al principio quería respuestas, necesitaba saber qué iba a pasar. Quería fechas, certezas, explicaciones. Pero con el tiempo entendí que probablemente esa era otra batalla perdida. Que hay cosas que puedo hacer y otras sobre las que no tengo ningún control. Probablemente, una de las cosas más difíciles que he tenido que aprender es precisamente esa: seguir viviendo mientras espero. Seguir siendo mamá, trabajando, riéndome cuando algo me da risa sin sentir culpa. Seguir haciendo planes e imaginando el día después.

Hay días en que me pregunto cuánto más puedo resistir esta incertidumbre. Y entonces pienso en la fila, donde no siempre puedo decidir cuándo se abre la puerta. Pero sí puedo decidir quién quiero ser mientras espero frente a ella. No quiero romantizar estos meses, tampoco decir que esta experiencia me hizo más fuerte como si hubiera sido necesario pasar por esto para descubrir quién soy. No. Tampoco quiero que esto se convierta en un conflicto del que hay que salir rápido, como si lo único que cupiera fuera "superarlo" cuanto antes. No es eso. Es otra cosa, una que uno no está acostumbrado a digerir, la de un tiempo que nadie elige, que llega sin permiso, y que de todas formas hay que atravesar de algún modo, sin que eso signifique agradecerlo ni encontrarle un lado bueno a la fuerza.

Preferiría no haber aprendido nada de esto. Preferiría que mi marido estuviera en la casa y no haber conocido jamás esa fila. Pero ya que estoy aquí, intento encontrar qué puedo hacer con todo esto. A lo mejor esa sea una de las preguntas más difíciles que me ha dejado esta experiencia: ¿Qué haces con algo que nunca elegiste vivir?

Yo estoy tratando de convertirlo en algo que no nos destruya. Es decir, que sea aprendizaje y crecimiento.

Sé que algún día esta fila se va a terminar. Y, probablemente algún día voy a mirar hacia atrás y me va a parecer imposible que realmente estuvimos aquí. No obstante, hoy todavía estoy en la fila. Y tengo que aceptar que algunas respuestas no dependen de mí.

Lo que sí depende de mí es cómo atravieso este tiempo. Cómo cuido a mis hijos, a mi marido y a mí. Porque esto es algo que nos pasó, no es lo que somos.

No me da vergüenza decir que soy la rucia de la fila. Quizás incluso le tengo cariño a esa mujer que apareció ahí. Porque ahora sé que detrás de esa rucia hay una mujer que aprendió que la vida puede cambiar en una noche y que, aun así, al día siguiente hay que levantarse. Que puedes tener miedo y seguir avanzando. Que puedes sentirte completamente perdida y encontrar la manera de sostener a tus hijos. Que puedes estar agotada y seguir funcionando. Que puedes vivir durante meses sin respuestas y, aun así, encontrar una forma de seguir.

Aprendí también que esperar no significa quedarse quieta. Que mientras una puerta permanece cerrada, la vida sigue ocurriendo afuera.

Precisamente eso es lo más difícil y necesario que he tenido que aprender: seguir viviendo mientras espero.

No sé cuándo terminará esta etapa. Solo sé que todavía estoy aquí. Y mañana, como todos los días desde aquella noche, me voy a levantar y voy a seguir.

Nota editorial: este es el relato personal de una mujer sobre su propia experiencia durante el proceso judicial que afecta a su pareja.

Itafran es escritora y columnista. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.