Aprovechando que el frío dio tregua, decidí salir un rato a la plaza. Había niños por todos lados. Dos, en particular, llamaron mi atención: estaban jugando a los piratas. Donde yo veía árboles, prado, bancas y callejuelas de cemento, ellos veían barcos, mar, una tormenta y cualquier cantidad de piratas contra los que luchaban hombro a hombro.
Me fue imposible no pensar que, siguiendo el imparable camino de la vida, hemos pasado de niños a adultos. Como dirían por ahí, todos los caminos conducen a Roma. Sin embargo, cada camino tiene su propia historia y muchas de ellas se han ido transformando u olvidando en pro de asumir nuevas responsabilidades.
La existencia ha adquirido otro matiz, no siempre fácil. Muchas veces vemos los problemas como montañas cuya cima no alcanzamos a ver. Nuestros miedos emergen sin una razón que podamos comprender. Están ahí, anclados a un pasado que ha sabido ocultarse con destreza dentro de nuestro inconsciente.
Existe una frase de Carl Jung, escrita en 1932, que me gusta mucho: "No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condena no libera, oprime". Bien podría equipararse con la frase bíblica que dice: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres".
El asunto es que podemos negar muchos aspectos de nosotros mismos, pero no siempre somos conscientes de las razones que nos llevan a hacerlo. Recién cuando adquirimos el valor para enfrentarnos a nosotros mismos podemos mirar al niño que fuimos y todo aquello que, sin haber sido originalmente nuestro, nos fue edificando para ser quienes somos hoy. Es cuando podemos hablar de aceptación e ir reconociendo nuestra propia verdad; de iniciar la transformación de la que nos habla Jung y poco a poco ir dejando atrás la máscara que nos aleja de nosotros mismos. Jung llamó persona a esa máscara: el rostro que aprendemos a mostrar para ser aceptados, útil y hasta necesario para vivir entre otros, pero que se vuelve una trampa cuando olvidamos que detrás de ella sigue habiendo alguien.
Y no hay por qué enfocarse solo en la idea de aquella herida de la infancia que, al no ser atendida, termina dominando la escena de quienes somos o podríamos ser.
Cuando pienso en la infancia y recuerdo a todas las personas a las que les he escuchado decir que son como son porque así los educaron, la mayoría de las veces sus historias giran en torno a experiencias tristes. Y yo les preguntaba: ¿qué hacías cuando tenías que enfrentar esas situaciones? Salir de casa. Buscar a mis amigos. Encerrarme en mi habitación y llorar. Lo que hacían, en concreto, variaba de una persona a otra, pero hubo algo que se repitió la mayoría de las veces: Desearía que todo fuera diferente.
Y sí. Creo que para muchos de nosotros esta era, y sigue siendo de vez en cuando, una opción formidable para distraernos de la realidad. El problema es que no siempre sabemos qué hacer para que aquello que nos abruma sea diferente.
No voy a decir que tuve una infancia triste desde el punto de vista del trato familiar. Pero, debido a que el día que dijeron: vamos a regalar hipersensibilidad emocional, yo ya me la había llevado toda, mi infancia no fue precisamente muy dichosa. Lloraba porque sí y porque no. Antes de entrar al colegio, creía que todos los niños eran iguales a mí, pero luego descubrí que parecía que solo a mí la vida me daba una bofetada emocional todos los santos días. Esto, sumado al autismo que no sabían que tenía, complicó aún más la ecuación.
Millones de veces deseé que todo fuera diferente. Inventaba mundos en los que me refugiaba. Comprendí la muerte como alivio antes de poder entender de qué iba la vida. Por suerte, nunca me dijeron: deja de llorar por todo, porque —como yo lo veo— nada enferma más el alma que no dejar que las emociones encuentren un camino para salir.
Me apropié de las historias que habitaban los libros y luego comencé a escribir cuentos y mis pensamientos. Sentía un vacío que intentar describir, aun hoy, me resulta imposible. Salvo que, con el pasar de los años, fui aprendiendo que intentar modificar lo que no se puede es lo que, en el fondo, termina llevándonos a sufrir.
Pero no todo es tristeza. Recuerdo que me gustaba ir a la finca de mi tía, que aún queda en un pueblo donde los caminos son de tierra, el sol no da tregua y huele a naranjas. Hoy comprendo por qué estar ahí me daba calma. En aquel lugar no estaba expuesta a todos los estímulos, tanto sensoriales como emocionales, a los que me enfrentaba cotidianamente en la ciudad.
Una tarde fui con un amigo a caminar por la finca. Al llegar a uno de los extremos, vimos la tierra revuelta. La habían removido para preparar la siembra y, sin más, me dijo que fuéramos a jugar. Lo seguí sin entender bien cuál podría ser el juego en tremendo tierrero. Corrimos un rato y, de repente, se le ocurrió que era una gran idea lanzarnos terrones de tierra.
Y ahí estábamos, lanzando y esquivando, hasta que un terrón vino a dar contra mi espalda. Por poco logra que mi caja torácica abandonara mi cuerpo. En retrospectiva, imagino que me tuve que ver como Scrat, en La era de hielo, cuando logra conseguir la bellota y un mamut lo aplasta. Hasta el sol de hoy, recordarlo hace que me duela. Y bueno… algunos tienen nieve para jugar y nosotros teníamos terrones de tierra.
Cada juego implicaba un reto, una aventura y la posibilidad de que algo no resultara como uno esperaba. Nos preparábamos para la vida. Después de todo, somos, en gran medida, la sumatoria de retazos de otras personas: de la forma en la que entendían el mundo, de sus propios miedos y desilusiones, de sus historias y conclusiones.
Así, capa sobre capa, la máscara va creciendo, y el niño que corría esquivando terrones de tierra queda cada vez más lejos.
Nadie se construye a sí mismo desde cero. "Es que yo soy así y punto" es, para mí, la frase célebre de quien ni por defecto va a aceptar que se le cuestione nada. Es más fácil abrir un agujero con un palillo en un muro de concreto que lograr que alguien que está atrincherado en su propio desconocimiento cambie.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Hay quienes aprendieron a esconder la espontaneidad porque eso de ir por ahí diciendo o haciendo lo que nos nace del corazón no se ve muy bien en sociedad. Otras personas aprendieron a no tomar riesgos porque es mejor ir sobre seguro. Hay quienes aprendieron a no demostrar el afecto porque, después de todo, si uno es muy demostrativo, no falta quien abuse de ello. No llores. No seas dramático. Eso se ve feo. Pedir ayuda es de gente débil. Y así sucesivamente podría continuar enumerando cómo es que se va ocultando nuestra propia capacidad de expresión en aras de quedar bien socialmente o de ahorrarnos sufrimientos y decepciones. Así, capa sobre capa, la máscara va creciendo, y el niño que corría esquivando terrones de tierra queda cada vez más lejos.
Aquel terrón de tierra que voló directo a mi espalda y me llevó a llorar por un buen rato bien podría verse como una antesala de lo que sería el circuito de la vida. No voy a negar que soy experta en aquello de "si te caes siete veces, te levantas ocho". No diré que lo hago porque todo el tiempo hago uso de mi fortaleza como persona. Muchas veces solo vuelvo a levantarme por simple curiosidad de saber qué trae la vida al día siguiente.
Pienso otra vez en los niños de la plaza. Donde yo veía bancas y cemento, ellos veían un barco en plena tormenta. Volver a ser niños ya no es posible, pero esa mirada no desapareció. Sigue en algún lugar, debajo de la máscara, esperando que dejemos de condenarla. Aceptar lo que fuimos, con lágrimas y los terrones incluidos, es tal vez la única forma de que ese niño vuelva a jugar de vez en cuando.