Hace algún tiempo guardé un reloj para una ocasión especial. Me gustaba tanto que estaba esperando una situación que estuviera a su altura para poder estrenarlo. Por mientras, podía utilizar el reloj viejo de siempre. Ya llegaría el momento indicado.

Finalmente, la ocasión llegó. Saqué el reloj, me lo puse, pero me percaté de que se había quedado sin pilas. Lo había reservado para una instancia futura y, cuando por fin quise usarlo, descubrí que el tiempo había seguido pasando también para él. Por supuesto, bastaba con cambiarle la pila. El inconveniente era sencillo, pero me dejó pensando en la facilidad con que hacemos algo parecido con muchas otras cosas.

A la altura de la ocasión

Está la botella que guardamos para celebrar una buena noticia, la ropa que evitamos estrenar en un día cualquiera y ese perfume que nos gusta tanto que preferimos usarlo solamente cuando la ocasión lo amerite. Incluso tenemos platos y copas que jamás ocupamos porque están reservados para las visitas, como si quienes vivimos en la casa todavía no fuéramos lo suficientemente importantes para comer en ellos.

En todos estos casos buscamos cuidar aquello que valoramos y reservarlo para situaciones que puedan hacerle justicia. Hay objetos que adquieren un significado particular por las circunstancias en que los utilizamos. Un espumante en un aniversario puede convertirse en el recuerdo de aquella celebración, del mismo modo que una chaqueta puede conservar algo del día en que la estrenamos.

Pero no siempre es fácil encontrar esa ocasión especial. Una cena entre amigos podría ser digna del vino que tenemos guardado, pero también podríamos dejarlo para celebrar un cumpleaños. Y cuando ese cumpleaños llega, pensamos que sería mejor reservar la botella para un aniversario. Luego aparece otra posibilidad, un evento más importante o un festejo que ni siquiera tiene fecha todavía.

Poco a poco, aquello que estaba destinado a acompañar una experiencia memorable termina convirtiéndose en algo que conservamos porque ninguna ocasión parece suficientemente memorable. Reservamos nuestras mejores cosas para momentos excepcionales, pero esa misma exigencia de excepcionalidad termina convirtiéndose en un obstáculo para disfrutarlas.

Es que claro, dar uso a esas cosas especiales también implica gastarlas, exponerlas al deterioro y aceptar que su estreno formará parte de una experiencia concreta, probablemente menos extraordinaria que aquella que habíamos imaginado. Guardadas, en cambio, preservan intacta su promesa. Todavía pueden acompañar una celebración perfecta, una noche inolvidable o algún acontecimiento que finalmente justifique tantos cuidados.

De ahí que sea complicado decidir cuándo ha llegado el momento. No tenemos que preguntarnos únicamente si queremos disfrutar de algo, también evaluamos si las circunstancias merecen que lo hagamos. Y cuando la ocasión parece insuficiente, volvemos a guardar lo que tanto nos gusta.

La vida en reserva

Me pregunto cuánto de nuestra vida cotidiana queda relegado por este criterio. Hay días que atravesamos como si apenas fueran una preparación para otros más importantes. Trabajamos durante la semana esperando el fin de semana, pasamos los meses esperando las vacaciones y reservamos nuestras mejores cosas para acontecimientos que suponemos dignos de ellas.

Por supuesto, necesitamos celebrar y distinguir ciertos momentos del resto. Tampoco se trata de que todos los días tengan la intensidad de un cumpleaños o la solemnidad de un matrimonio. La vida necesita sus ritmos, sus pausas y sus ceremonias. Lo problemático aparece cuando el presente se convierte en un tiempo que todavía no reúne las condiciones necesarias para ser disfrutado.

En La edad de la razón, Jean-Paul Sartre presenta a Mathieu, un profesor de filosofía que ha hecho de la libertad su principal preocupación. Procura mantenerse independiente, evitando compromisos amorosos y políticos que puedan determinar el curso de su vida. Sin embargo, acaba descubriendo que su esfuerzo por conservarse libre tampoco lo ha dejado al margen de las consecuencias de sus decisiones. Mientras intentaba mantener abiertas sus posibilidades, su existencia ya había adquirido una forma determinada.

Es entonces cuando Mathieu se reconoce como un hombre que ha llevado una "vida sin dientes". Nunca ha mordido nada, se ha reservado para después y ahora descubre que sus dientes han desaparecido.

Es entonces cuando Mathieu se reconoce como un hombre que ha llevado una "vida sin dientes". Nunca ha mordido nada, se ha reservado para después y ahora descubre que sus dientes han desaparecido. Aquello que pretendía preservar para el futuro se había ido consumiendo durante los años en que procuraba mantenerlo intacto.

Aunque su conflicto excede considerablemente el de un reloj guardado, hay algo de esa experiencia que podemos reconocer en nuestra manera de postergar ciertas cosas. También nos reservamos para una época posterior, cuando tengamos más dinero, cuando estemos menos ocupados, cuando consigamos un mejor trabajo o cuando finalmente podamos disfrutar sin tantas preocupaciones.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Muchas de esas condiciones son razonables. Hay circunstancias materiales que efectivamente restringen nuestras posibilidades y decisiones que exigen preparación. Sin embargo, junto a esos requisitos concretos puede aparecer una exigencia más difícil de solventar. Esperamos a estar suficientemente tranquilos, satisfechos o realizados para permitirnos ciertas experiencias. Confiamos en que llegará un momento en que podremos mirar nuestra vida y reconocer que, ahora sí, las circunstancias están a la altura.

Lo inquietante es que también podemos acostumbrarnos a vivir bajo ese criterio. Siempre habrá algo que resolver, una nueva preocupación o una condición que todavía no alcanzamos. Y mientras esperamos una versión de nuestra vida que consideremos suficientemente digna de nuestras mejores cosas, seguimos relegándolas a un futuro que parece tener más derecho a disfrutarlas que nuestro presente.

Hacer especial la ocasión

Después de todo esto, me parece importante volver a la pregunta por las ocasiones especiales. ¿Qué las vuelve especiales? ¿Necesitamos que ocurra algo extraordinario para permitirnos disfrutar de nuestras mejores cosas o algunas experiencias adquieren ese carácter precisamente por aquello que decidimos hacer con ellas?

Cuando celebramos algo, solemos acompañar el acontecimiento de ciertos gestos. Nos vestimos de manera distinta, preparamos una comida más elaborada, abrimos una botella que normalmente no tomaríamos o reunimos a personas que queremos. Todos esos pequeños rituales contribuyen a distinguir la ocasión del resto de nuestros días. La celebración recibe parte de su significado gracias a aquello que decidimos hacer con ella.

El asunto es que esperamos que una ocasión sea suficientemente especial para justificar esos mismos gestos. Guardamos nuestras mejores cosas para un evento extraordinario, como si su carácter excepcional estuviera completamente determinado antes de que nosotros participemos en él. Pero la botella que decidimos compartir también puede contribuir a volver memorable una cena, del mismo modo que una tarde cualquiera puede tomar otro valor cuando decidimos dedicarle una atención que normalmente reservaríamos para momentos más importantes.

Hoy mi reloj tiene pilas nuevas. Ya no espera una ocasión especial para salir del cajón. Ahora me acompaña en días que antes no habrían estado a su altura, algunos de los cuales han terminado siendo muy especiales.

Referencias

Sartre, J.-P. (1950). The age of reason (E. Sutton, Trad.). Hamish Hamilton.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram