Toda persona común —ni hablar los que trabajamos en el ámbito de la salud—, consciente o inconscientemente lo ha vivido, y es que está en nuestra naturaleza humana el constelar con aquella necesidad de asumir el rol de ayudar e inclusive ir más allá respecto a un otro. Dinámica que moviliza tanto al benefactor como al beneficiado, amplificando, inflando y sobre todo movilizando contenidos inconscientes que en un abrir y cerrar de ojos, terminan desplegando un fenómeno de una complejidad cotidiana y universal.

Pocas figuras gozan de una legitimación cultural —y por lo demás histórica— tan irrefutable como la de hacer el bien por el otro, concretamente la de asumir un rol heroico. Quien se entrega al auxilio ajeno frente a la adversidad inabordable, brindando amparo y parte de su tiempo, parece habitar una estela de solvencia moral que encandila cual polilla ante la luz; una verdadera experiencia de incandescencia atemporal. Sin embargo, en los terrenos de la psique, la hipertrofia de una virtud suele encubrir una trama infinitamente más compleja. Allí donde la benevolencia se exhibe como un mandato incontestable, resulta imprescindible desplegar el pensamiento crítico para cuestionar la estructura fantasiosa que la sostiene.

En la aparente ayuda desinteresada —en nuestros tiempos, la manoseada empatía— suele gestarse una elaborada operación psíquica de la Persona, a saber, la construcción de un yo benevolente que busca apropiarse de una inmunidad frente a la propia indigencia existencial.

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La eterna inclinación a "salvar" al otro no siempre nace de un encuentro auténtico con su fragilidad; con frecuencia opera como la activación inconsciente del arquetipo del Héroe, según ha sido abordado por Carl Jung y Joseph Campbell, entre otros. En su vertiente más inflada, la experiencia heroica se desplaza de su esfera mítica originaria a la mundanidad de los vínculos. En esta lógica, el sujeto necesita realizar una hazaña moral, redimir la orfandad ajena y erigirse en el restaurador de un orden quebrantado; tal como los héroes mitológicos enfrentaban dragones y quimeras para redimir-se a sí mismos y a su comunidad.

Al encarnar este mito, el sujeto suscribe un pacto tácito de inmunidad con la propia vida, la fantasía perenne de que si me ocupo de reparar el sufrimiento del mundo, quedaré eximido de atender el mío. La caridad —aquella que nace y muere en un mismo movimiento lógico de dar sin esperar a cambio— se convierte así en un dios privado, en un refugio identitario que proporciona orden, centralidad y una confortable sensación de superioridad moral.

No obstante, la psicología analítica advierte que toda sobredeterminación de la Persona —en este caso, la del salvador abnegado— genera e implica de manera inevitable un volumen equivalente de Sombra —aquel reverso psíquico que alberga todo lo reprimido, rechazado o no integrado por el ego—. Esto responde a que la máscara heroica exige sostener una imagen de plenitud, capacidad, pulcritud e imperturbabilidad afectiva. Para mantener intacto ese personaje, el ego debe realizar el delusorio movimiento de rechazar y proyectar todo aquello que desmienta su omnipotencia. Dimensiones demasiado humanas por lo demás, como el miedo, desamparo, agresividad, falta de control, incertidumbre y la propia finitud.

Es precisamente aquí donde el receptor de la ayuda deja de ser un sujeto real y pasa a convertirse en un soporte proyectivo. El héroe necesita al necesitado no para liberarlo, sino para confirmar su propia épica redentora: sin el desamparo ajeno, la máscara cae; sin el drama sobre el cual desplegar la virtud, la propia vacuidad amenaza con emerger.

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La verdadera prueba de esta estructura no ocurre cuando el dispositivo "funciona", sino cuando la dinámica de salvación fracasa. ¿Qué sucede cuando el beneficiario no responde según el guion previsto? ¿Cuando el auxiliado muestra ingratitud, exige autonomía, se niega a ser sostenido o, peor aún, exhibe una complejidad que incomoda la aparente entereza del benefactor?

Es en ese preciso instante donde se produce el quiebre. La respuesta habitual del héroe ante la resistencia del otro no suele ser la comprensión, sino el resentimiento o la perplejidad. Aparece entonces la cara oculta de la benevolencia: la pulsión de control, sea cual sea su fenomenología. En consecuencia, el deseo de ayudar se revela como una tentativa implícita de moldear al otro a nuestra imagen y semejanza, de subordinar su alteridad a la narrativa de nuestra propia e idealizada nobleza.

El "otro real" emerge destruyendo la proyección fantasiosa, aquella promesa de redención externalizada en la figura ajena.

La decepción que experimenta el héroe no es un mero infortunio ni un destino azaroso en su empresa con el mundo: es una irrupción ontológica. El "otro real" emerge destruyendo la proyección fantasiosa, aquella promesa de redención externalizada en la figura ajena. Al negarse a ser el objeto sumiso de la restauración, el otro desmantela el espejo narcisista en el que el salvador contemplaba encandilado su propia virtud heroica. La caridad, en este punto, deja de ser una transacción de bienestar y revela irremediablemente su fisura constitutiva.

En este punto entramos en el revés del mito del héroe, uno que es parte estructural —siendo más preciso, parte arquetípica— del mismo. La fisura que emerge saca a la luz la verdadera naturaleza del fenómeno, una donde la caridad desplegada por el héroe ha sido finalmente develada en su verdad intrínseca, la de una caridad negada. Lo que la fenomenología de esta lógica expone no se condice con una apertura genuina al sufrimiento ajeno, sino con su simulacro defensivo.

En la estructura heroica, la verdadera caridad —aquella que exige vulnerabilidad, horizontalidad y la renuncia explícita al control— permanece reprimida en la Sombra. Al contrario, para sostener su fantasía de omnipotencia, el ego requiere negar la esencia misma de la entrega, es decir, ofrecer auxilio para no ofrecer presencia, pretender reparar al otro para no ser tocado por el propio abismo. Es una caridad que al negar la fragilidad originaria del héroe mismo, termina por negar la dignidad y la libertad de quien recibe.

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Para transitar esta "caridad negada del héroe" —así como buena parte del malestar psíquico en la perspectiva de James Hillman— nos apoyaremos en su noción de desliteralización. En pocas palabras, desliteralizar implica dejar de tomar las ficciones del ego al pie de la letra para atender a la dinámica psíquica que las mueve. En este caso, su propuesta exige desmembrar la literalidad del mito heroico y retirar las proyecciones que hemos depositado sobre el acto de ayudar.

Desliteralizar la figura del héroe significa renunciar a la ilusión de que podemos redimir a alguien —y, por cierto, tampoco a nosotros mismos— de las fricciones estructurales de la condición humana. Como señalaba Hillman respecto a nuestras fantasías defensivas, detrás de la compulsión por reparar el mundo suele latir un pánico ancestral a nuestra propia impotencia. Es así como, aun con la mejor de las intenciones, cuando el mito del héroe se toma de manera literal, la ayuda se corrompe y degenera en la paradoja de la tiranía benevolente.

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El retiro de la proyección no invalida el gesto de acompañar; lo desplaza radicalmente de plano. Al desmembrar la caridad negada del héroe, el auxilio abandona la postura elevada de quien se atribuye la solución para situarse en la estricta horizontalidad del encuentro. Se trata de un movimiento donde el sujeto desciende del pedestal heroico y logra reconocerse, siquiera por un momento, tan expuesto y vulnerable frente a la intemperie compartida y la finitud de la existencia como aquel a quien pretende asistir.

Esta mutación ética transforma también la demanda —o expectativa— implícita sobre el auxiliado. Se produce así un tránsito que va de la exigencia de gratitud a la aceptación radical de la alteridad. Liberado del peso de responder a las expectativas identitarias del héroe, el otro recupera la soberanía sobre sí mismo. Su vida, decisiones y la opacidad de su propio dolor dejan de funcionar como insumo para la redención ajena y le son devueltos en su entera pertenencia: una experiencia que tanto en lo personal como en lo clínico, resulta igual de significativa para ambas partes, aunque articulada desde semánticas distintas.

En último término, desmembrar el personaje del héroe exige encarar lo que el ego ha exiliado a la Sombra. Solo cuando se asume la propia fragilidad, se visibiliza el solapado deseo de control y se aceptan los límites de la propia capacidad de auxilio, el acto de dar pierde esa densidad neurótica que hemos denominado "caridad negada". Así, solo cuando el ego abdica de su fantasía de omnipotencia, el acompañamiento deja de ser una maniobra defensiva de inmunidad y se convierte en una presencia de caridad auténtica.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Esta columna recoge y sintetiza reflexiones desarrolladas en su libro Decepción: ontología de una promesa rota (Carlos Spoerer, 2026, publicación fin de año), en diálogo con la psicología analítica de C.G. Jung y la psicología arquetípica de James Hillman.