Estoy sentada en una vieja silla con tapiz terracota, pero ahora ya no veo el mar. Lo que veo a través de la ventana es asfalto que, con el sol de mediodía, se convierte en un trozo de luz que lastima mis ojos, por aquello de mi hipersensibilidad a la luz. Sin embargo, la brisa de la tarde, que huele a campo, da algo de amabilidad a este día y me lleva a pensar en lo que alguien me dijo: Nada cambia de la noche a la mañana.

Y, como ya es costumbre para mí, automáticamente dije: es imposible usar esta frase de un modo universal. Porque, definitivamente, sí hay ocasiones en las que a la vida le basta un segundo para recordarnos que el control sobre la existencia no es algo que nos pertenezca de forma constante.

Estoy a un centímetro de creer que hice algún pacto inconsciente con el área de demostración y práctica de la vida, porque, al parecer, dijo: Melina, te voy a dar un ejemplo de primera mano para que no te quede duda de que todo puede cambiar de la noche a la mañana.

Después de meses de pesadilla, por fin llegó la oportunidad que tanto esperaba: iba a poder regresar a mi país. Aunque los cambios hacen que mi sistema nervioso pase a modo supervivencia, por fin sentí algo de alivio y opté por dormir un poco.

Al despertar, me di cuenta de que quien, horas antes, por fin me había dado la mejor noticia en todo este tiempo, aprovechando mi descuido sacó sus cosas por la ventana y huyó. Su decisión le tomó un segundo; la ejecución, claramente, un poco más, pero la consecuencia para mí equivale a horas que parecen interminables ante un panorama que se presenta solitario y abrumador.

Sentí como si algo se quebrara a lo lejos. De golpe, había regresado a la pesadilla, pero aún peor. La sensación de soledad invadió cada rincón de mi mente. En el celular había un mensaje: Se me disparó la presión y, como la prioridad soy yo, opté por abandonarte.

Apenas un mes atrás nos habíamos mudado a una cabaña en la que ahora estoy rodeada de silencio, de rostros que me resultan desconocidos y lejos de todo. Como ejemplo vivo de que, efectivamente, quien dijo aquella frase de que nada cambia en un instante no contaba con el hecho de que también existe la contracara.

Procesar lo que estaba pasando me llevó horas de lágrimas, reclamos al cielo y de pensar en lo mucho que me dolía aquel noviembre en el que tomé la decisión de confiar en que por fin había llegado la oportunidad de volver al amor.

Ahora se sumaban millones de segundos convertidos en pensamientos que se atropellaban unos contra otros en mi mente. Si tienes o conoces bien a alguien con autismo, sabrás lo que la incertidumbre nos genera.

Al otro lado del teléfono y a cientos de kilómetros, mi mamá hace su mejor esfuerzo para sacarme del colapso —como suelo llamarlo yo— y, después de un buen rato, al menos consiguió que me tranquilizara. Porque en un segundo no se va a acomodar todo y, así, sin más, la frase cobró nuevamente su sentido. Un segundo alcanza para que todo se rompa, pero ninguno alcanza para repararlo.

Un segundo alcanza para que todo se rompa, pero ninguno alcanza para repararlo.

Sin más remedio, volví a sentarme en la silla. Y, con mi mirada fija en el asfalto que ahora estaba iluminado por la noche, me dije: No tomaste una mala decisión.

Las decisiones que tomamos se clasifican en malas o buenas según la información que uno tiene en ese momento, sin dejar de lado la relatividad de todo.

Una buena decisión puede luego resultar mal y, con el paso del tiempo, cuestionarla. Pero, con la información que tenemos en la actualidad, hacerlo resulta algo injusto con nosotros mismos. Distinto es cuando la información que uno tiene claramente da gritos diciéndonos: Te vas a equivocar, pero hacemos caso omiso e igual la tomamos.

Algo para pensar, para ti

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En las relaciones de pareja esa dinámica se ve con más claridad. Imaginemos que el 90 % de las conductas que observamos en la otra persona nos recuerdan a aquel personaje siniestro de la última serie que vimos. Llega el día de elegir y, si decidimos continuar pese a todo lo que ya sabemos, entonces sí tomamos una mala decisión, porque la información estaba ahí. Aun así, lamentarse ya no sirve de mucho. Lo que sí sirve es el segundo siguiente, ese que siempre llevamos en el bolsillo. No deshace lo ocurrido, pero permite empezar a girar en otra dirección, y para aprovecharlo conviene volver a mirar el escenario completo, las expectativas que teníamos, las historias de vida de cada uno y las máscaras que, con el tiempo, se cayeron o se quedaron puestas.

Ahora bien, mucho de lo que decidimos no está únicamente mediado por lo que sabemos que nos convendría. Porque nuestras decisiones pueden estar cruzadas por información que ya traemos de antemano, así que están sesgadas. Y, aunque nos equivoquemos, contar con nuestra opción de decidir es fundamental.

Sin embargo, gran cantidad de veces nos vemos en tremendos líos porque alguien más tomó una decisión de manera unilateral, dejando de lado lo que esto podía implicar para la otra persona.

La frustración, la decepción, la tristeza y el enojo aparecen sin pedir permiso, porque lo raro sería que no sintiéramos dolor cuando estamos viendo cómo nuestro proyecto de vida se diluye sin poder hacer nada, en ese instante, para detenerlo.

Y, como si fuera poco, cuando la tormenta está en su punto más álgido, emerge el mundo que te observa desde el otro lado de la ventana.

Aparecen personas que te tienden una mano; otras que muestran un interés superfluo porque tan solo desean nutrir su biblioteca de chismes para tener algo de qué hablar a la hora del té. Y no nos olvidemos de quienes hacen de tu historia una versión cinematográfica digna de ser guionizada, que, cuando te enteras, lo único viable de pensar es: ¿En qué momento viví todo eso?

Esto sin contar al famoso juez, siempre presto a declarar sentencia sobre una experiencia que no le pertenece. Para encontrarnos, por último, con la célebre frase de: «Si yo hubiera estado en tu lugar, habría hecho esto o aquello», algo imposible, porque, para bien o para mal, nadie puede ocupar el lugar de otro.

Así quedan las cartas sobre la mesa.

Un instante para que todo cambie, paradójicamente, tiene la capacidad de convertirse en un tiempo que resulta interminable ante una situación que de insostenible lo tiene todo.

Cuando todo lo que creía comenzó a diluirse y transformarse en oscuridad aparece aquella voz que me repite una y otra vez: Todo pudo haber sido diferente y ahora estoy al filo de los abismos de mi mente.

El futuro siempre es hoy. Y cuando armamos posibilidades de un mañana que nos devuelva la calma, creo que lo que estamos haciendo es buscar razones para seguir moviendo los hilos de nuestros sueños.

Y es que una mirada, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, alguien con quien congenias, una buena oferta, una promesa, un saludo, una pregunta o una despedida pueden ser la antesala del infierno. Pero, como todo tiene su revés, también un segundo puede ser la entrada al cielo.

Melina E. Bonello. Autista con altas capacidades · Escritora · Locutora. Formación en desarrollo de la inteligencia emocional, PNL y análisis conductual.

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