Imaginemos una escena cualquiera. Un hombre de unos cuarenta años cuenta, una y otra vez, la misma historia sobre su jefe. Sus amigos asienten. Su pareja asiente. Cada conversación termina con alguien diciéndole que tiene toda la razón, y él vuelve a casa más cansado que cuando salió. Un día, un amigo le dice sin dureza que esta vez no está de acuerdo. El hombre se enoja y pasa una semana sin escribirle. En algún momento de ese silencio empieza, por primera vez, a pensar la historia.

Ese enojo que termina moviendo algo tiene un dios griego, olvidado a la sombra de su hermano mayor.

· · ·

Anteros es el hermano menor de Eros. Su nombre suele traducirse como contraamor o amor correspondido, pero la historia que lo trae al mundo dice más. El orador Temistio, en el siglo IV, cuenta que Eros nació y no crecía. Afrodita, desconcertada, consultó a Temis, y esta le respondió que Eros podía nacer solo pero no podía crecer solo. Necesitaba un hermano. Los dos crecerían mirándose, y si uno quedaba solo, ambos se marchitarían. Conviene aclarar que es una versión tardía, de la que Temistio no cita fuente, y que ningún texto anterior la confirma.

Hay otra tradición, más antigua. Pausanias vio en un gimnasio de Élide un relieve donde Eros sostiene una palma de victoria y Anteros intenta arrebatársela. Vio también, en Atenas, un altar a Anteros levantado por extranjeros residentes en memoria de un extranjero despreciado por un joven ateniense, en una historia de crueldad y remordimiento que terminó con dos muertes. Es la cara más dura del mito, la del amor despreciado, y no es la que me ocupa aquí.

Quedémonos con la imagen del gimnasio. Los hermanos luchan, y la lucha es un juego.

· · ·

El analista junguiano Craig Stephenson dedicó un libro entero a este mito olvidado. Hay un dato que conviene tener presente porque define lo que sigue. Jung nunca mencionó a Anteros en sus Obras Completas, así que lo que voy a contar es una lectura de Stephenson apoyada en ideas de Jung y no una teoría del propio Jung.

Esas ideas son claras. Para Jung, los opuestos son condición de toda vida psíquica, y el yo tiende a identificarse con uno solo de los polos y a relegar el otro a la sombra. Mientras más se aferra la conciencia a un polo, más se desconecta de la energía del arquetipo, y sostener esa escisión defensiva cuesta mucha energía. Stephenson reconoce ahí el problema de Afrodita. Un Eros solo es un Eros quieto, que no cambia y no crece. Hillman y otros comentaristas junguianos, siguiendo a Platón en el Fedro, entendieron anteros como mutualidad y respuesta, y Stephenson piensa que esa lectura disuelve casi de inmediato la tensión del mito. Anteros no es solo que me quieran de vuelta. Es el hermano que se me opone.

El hombre de la escena tenía un Eros sin Anteros. Todos a su alrededor le devolvían lo que ya pensaba, y por eso la historia no se movía.

· · ·

Jung describe la relación sana entre conciencia e inconsciente con una imagen de combate. Si han de enfrentarse, dice, que sea una pelea limpia, con iguales derechos para ambos lados, conflicto abierto y colaboración abierta a la vez, como el martillo y el yunque entre los que se forja el hierro. Es la misma lucha del relieve de Élide, y trae una condición que no conviene pasar por alto, la de los derechos iguales. Donde uno tiene todo el poder y el otro no puede responder, lo que hay es abuso, y la historia ateniense, con un ciudadano frente a un extranjero sin derechos, lo muestra con una claridad dolorosa.

Stephenson lleva la idea a la pareja con un esquema que le comunicó el analista Martin Odermatt. Dos personas se representan como dos triángulos superpuestos. La zona donde se cruzan es donde se encuentran, y es el territorio de Eros. Las zonas que quedan fuera son los intereses que no comparten, las necesidades que el otro no ve y las experiencias en que se sienten desconectados. Stephenson las asigna a Anteros. Con los años ambas áreas crecen, la luminosa y la oscura. Si las zonas oscuras se vuelven conscientes, pueden honrar el significado del vínculo, y si no, tarde o temprano lo desordenan.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Esto cambia lo que solemos pensar de una relación que va bien. A mi juicio, una relación que crece es la que aprendió a mirar las zonas donde no se encuentra, más que la que logró eliminarlas.

A mi juicio, una relación que crece es la que aprendió a mirar las zonas donde no se encuentra, más que la que logró eliminarlas.

· · ·

Como clínico, lo que más me interesa de Stephenson aparece hacia el final de su libro. En tres casos de su consulta, donde Anteros nunca se nombró, el mito orientó su contratransferencia. De ahí propone que, junto a las dos imágenes habituales del terapeuta, la pantalla en blanco y el espejo empático, exista una tercera, la del hermano que se opone con cariño. Un analista que a ratos sostiene esa oposición, dice, abre un campo distinto en la sesión.

Una de sus imágenes me parece especialmente reveladora. Un paciente al que llama Andrei, que había vivido sacrificando lo instintivo en nombre de lo espiritual, sueña que dos cuerdas lo tiran, una hacia arriba y otra hacia abajo. Stephenson no busca resolver esa tensión sino sostenerla, y se pregunta si podría existir un sacrificio verdadero, entendido como hacer sagrado lo instintivo en lugar de arrancarlo, una idea cercana a la que desarrollo en mi libro Decepción. Al final, los tres pacientes salen de las sesiones con más tensiones que al empezar y, sin embargo, más livianos, porque descubrieron que esa tensión podía vivirse como juego y no como peso.

Creo que esa tercera figura sirve mucho más allá del consultorio. Vale para los amigos, para los padres y para las parejas. Muchas veces creemos amar cuando devolvemos al otro su propia imagen, y confundimos acompañar con asentir. El hombre de la escena necesitaba que alguien se parara frente a él y no solo a su lado.

· · ·

Hay un párrafo de Jung que Stephenson cita como corrector del propio Jung. El ser humano sin relación carece de totalidad, escribe, porque su alma no puede existir sin su otra cara, que siempre se encuentra en un Tú. Una psicología que se queda en lo interior puede olvidarlo, y Jung se corrige a sí mismo. Hillman lo dijo de otra manera, la reflexión puede hacer conciencia, pero es el amor el que hace alma.

Ese Tú no siempre dice lo que queremos oír. El amigo de la escena siguió siendo amigo. Dijo una frase incómoda y esperó, y su espera es la otra mitad del mito. Anteros no solo se opone, también se queda, y mientras se queda, Eros crece.

Referencias

Stephenson, C. E. (2012). Anteros: A forgotten myth. Routledge. (Edición en español: Anteros. Un mito olvidado, Fondo de Cultura Económica, 2015).

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026.