Hay una fantasía que aparece con una frecuencia sorprendente entre quienes viven en Santiago. “Algún día tendré mi terrenito en el sur.” Puede ser Villarrica, Panguipulli o Puerto Varas. Tal vez una cabaña, una chimenea y un huerto.

A veces la versión cambia. En lugar del sur aparece una casa frente al mar. Otros imaginan una cafetería pequeña, con buena música y pocas mesas, o un bar que abrirían con amigos. Las escenas cambian, pero casi siempre vienen acompañadas de una condición: “si tuviera plata”, “cuando esté más tranquilo”, “cuando me jubile”.

Y así, muchas de estas fantasías pueden acompañarnos durante años sin acercarse demasiado a convertirse en proyectos. El terreno nunca se busca seriamente. Nadie cotiza el arriendo del local. La cafetería tiene decoración, música y hasta nombre, pero todavía nadie ha sacado las cuentas.

Jugar a otra vida

Cuando Freud intenta comprender de dónde obtiene un escritor la capacidad de inventar mundos, comienza buscando una actividad parecida en el juego infantil.

El niño que juega, señala Freud, crea un mundo propio. Toma elementos que encuentra en la realidad y los dispone de acuerdo con un nuevo orden que le resulta más agradable. Una cuchara puede convertirse en una varita mágica; debajo de una mesa puede aparecer una casa; unas cuantas figuras repartidas por el suelo pueden sostener una guerra, una familia o una ciudad entera. El niño sabe perfectamente que aquello no es la realidad y, al mismo tiempo, puede tomárselo con absoluta seriedad. Por eso Freud dice que lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva.

Al crecer dejamos buena parte de esos juegos. Para Freud, sin embargo, renunciar a ellos no significa abandonar enteramente la actividad que realizábamos allí. El adulto deja de apoyarse en juguetes y objetos concretos y desplaza algo de ese trabajo hacia la fantasía. En vez de jugar, el adulto fantasea. Construimos castillos en el aire, tenemos sueños diurnos y nos perdemos en escenarios mentales que solo existen mientras los imaginamos.

En ese sentido, puede ser apresurado tratar cada fantasía adulta como si fuera un proyecto todavía incompleto. Cuando alguien lleva veinte años diciendo que algún día tendrá una parcela en el sur, nuestra reacción inmediata es preguntarle por qué no ha comenzado a ahorrar, dónde ha buscado terrenos o cuándo piensa mudarse. Pero a un niño que juega a ser Spider-Man no le pedimos que explique cómo piensa trepar edificios cuando sea grande.

La fantasía comparte con el juego esa libertad frente a la realidad. Nos permite ensayar otros órdenes posibles sin exigir que alguno de ellos llegue a realizarse.

Qué hay en el sur

La casa en el sur es especialmente interesante porque parece contener mucho más que una propiedad.

En ella suele haber silencio. Tiempo. Naturaleza. Cierta distancia respecto de los demás. Aparece también la posibilidad de hacer cosas con las manos, producir algo propio, cultivar alimentos, cuidar animales o cortar la leña con la que se calentará el hogar. Nadie nos escribe para avisarnos que la reunión se adelantó media hora. Nadie toca la bocina para apurarnos. Las horas parecen tener otro ritmo.

Quizás por eso la fantasía merece ser examinada incluso cuando nunca pensamos seriamente en cumplirla. A fin de cuentas, ¿qué estamos imaginando junto con esa parcela?

¿Es la tranquilidad del sur? ¿La fantasía de subsistir mediante el propio trabajo? ¿La distancia frente al ruido de la ciudad? ¿Una vida donde dependamos menos de instituciones, jefes y horarios? ¿La posibilidad de conocer aquello que producimos y ver concretamente el resultado de nuestro esfuerzo?

La fantasía condensa todas esas cosas en unas pocas imágenes: el campo, el volcán de fondo, el bosque húmedo, una estufa a leña.

Lo mismo puede ocurrir con la cafetería que nunca abriremos. En ella imaginamos escoger la música, recibir personas conocidas, preparar algo, conversar, decidir a qué hora se abre y qué ambiente queremos crear. Importa menos el café que la posibilidad de construir un espacio propio. Asimismo, el bar imaginario puede hablar de comunidad; la casa en la playa, de una vida más serena.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Por eso resulta interesante desmontar por un momento la escenografía. Si desapareciera la cabaña, ¿qué querríamos conservar? Si nunca pudiéramos abrir la cafetería, ¿qué parte de esa vida seguiría pareciéndonos atractiva? Si supiéramos con certeza que nunca abandonaremos Santiago, ¿qué sería exactamente lo que lamentaríamos perder?

Una fantasía puede revelarnos deseos que todavía no sabemos formular de otra manera. También puede mostrar, por contraste, las partes de nuestra vida presente que nos pesan. El silencio imaginado habla del ruido que soportamos; la autonomía, de cuánto sentimos que nuestro tiempo pertenece a otros. El deseo de cultivar, reparar o producir algo con las propias manos puede mostrar cuánto echamos de menos ver y tocar el resultado de nuestro trabajo.

Incluso aquello que desaparece de la escena puede ser revelador. En nuestras parcelas imaginarias rara vez hay reuniones, correos, tacos o relojes. De ahí que también convenga mirar qué dejamos fuera cuando tenemos libertad para imaginar otra vida.

Algún día

También resulta llamativa la facilidad con que situamos estas vidas en un futuro impreciso. “Cuando tenga la plata”, “Cuando esté menos ocupado”, “Cuando los niños terminen la universidad”, “Algún día”.

Son expresiones peculiares. Hacen que la fantasía parezca cercana y remota al mismo tiempo. No especifican una fecha. Y en esa falta de determinación mantienen abierta la posibilidad.

“Algún día” tiene la ventaja de abrir una posibilidad sin comprometerse con ella. Nos deja probar otra vida sin tener que abandonar esta. Podemos recorrer caminos que nunca tomaremos, habitar ciudades en las que probablemente nunca vivamos y dedicarnos a trabajos que jamás aparecerán en nuestro currículum. Durante un rato modificamos las reglas, retiramos algunos elementos y agregamos otros. Con nuestra vida adulta hacemos algo parecido a lo que de niños hacíamos al construir un fuerte con un sillón, unas mantas y unos cuantos cojines.

No todas esas escenas requieren convertirse en planes. Pero eso tampoco las vuelve insignificantes. Porque imaginar una vida diferente introduce una pequeña grieta en la evidencia con que solemos experimentar la propia. Aquello que hacemos todos los días deja de aparecer como la única forma posible de organizar nuestras horas, nuestro trabajo o nuestras relaciones.

Imaginar una vida diferente introduce una pequeña grieta en la evidencia con que solemos experimentar la propia.

La fantasía mantiene abierta la posibilidad de que las cosas sean de otro modo. Algunas de esas vidas nunca saldrán de la imaginación, pero mientras podamos figurarlas, la nuestra deja de parecer la única posible.

De vez en cuando conviene mirar con atención esas vidas construidas en el aire. Puede que nunca lleguemos a habitarlas. Pero pueden mostrarnos qué espacio, qué ritmo o qué forma de vivir estamos echando de menos aquí.

Referencias

Freud, S. (1908 [1907]). El creador literario y el fantaseo. En Obras completas (Vol. IX, pp. 127-135, J. L. Etcheverry, Trad.). Buenos Aires: Amorrortu.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram