Mi apreciado Platón, te imagino observando algún rincón de la antigua Atenas mientras piensas la vida. Yo, en cambio, observo un fragmento de mar en la costa chilena mientras pienso cómo invitarte a jugar una partida de ajedrez.
Elijo un espacio de tiempo, uno donde las épocas a las que pertenecemos desaparecen y nos reúnen a través del pensamiento. Un espacio donde las fronteras que dividen el pasado del presente se desvanecen para darle paso a la realidad que, en este instante, elegimos experimentar.
Ahora somos solo los dos, frente a frente, y entre nosotros descansa un tablero de ajedrez. Tienes las piezas blancas y yo jugaré con las negras.
Estás ahí, con la serenidad de quien sabe que el conocimiento es un arte que no tiene fin; que la capacidad de pensar y reflexionar sobre las diversas dinámicas de la vida es uno de los mayores regalos que podemos tener como humanidad.
Observo las piezas e imagino que están listas para comenzar la partida. De repente, Platón extiende su mano sobre el tablero y mueve el peón a e4. Me mira y arquea una ceja.
Su inicio me lleva a recordar cuando, con nueve o diez años, yo comenzaba a entrar en el territorio desconocido del amor. Le digo a Platón mientras muevo mi peón a e5 y le pregunto qué piensa.
No se detiene a analizar la siguiente movida; solo toma su caballo y lo mueve a Cf3 mientras, serenamente, me responde:
—Es comprensible. Aún estabas muy pequeña. ¿Qué llamó tu atención como para que te interesara entrar en ese terreno?
Lo miro con atención y luego bajo la mirada hacia el tablero. Analizo las posibles jugadas —confieso que no soy una experta en la materia—. Finalmente, me decido y muevo mi caballo a Cc6.
—Mientras el caballo que acaba de mover intenta controlar varias casillas, yo comencé a mantener mi interés enfocado en cada pareja que veía en la calle. Hoy día sé que esto se debía a mi autismo. Sin embargo, este interés me condujo directo a estrellarme con cada poste de alumbrado público que hubiera en el camino.
Solía ir de la mano de mi padre y él siempre repetía lo mismo: Presta atención. Pero mi atención ya estaba atenta al romance.
—Comprendo.
El tono de su voz resuena en el aire y, mientras mueve su alfil a Ab5, dice:
—El amor es un impulso hacia el bien. No buscamos simplemente poseer a alguien. Buscamos aquello que creemos que hará nuestra vida más plena. Quizás algo en ti ya lo intuía y, de algún modo, te llevaba a sentir ese bienestar.
Me distraigo un poco pensando en lo que ha dicho y, más por reflejo que por detenimiento, muevo mi peón a a6. Con esta jugada ataco su alfil y lo obligo a estar atento, mientras le digo:
—Creo que mi padre quería hacer lo mismo que yo con esta jugada: obligar a su alfil a estar atento para que pueda reaccionar. Pero yo no tenía ninguna intención de cambiar mi interés, así que la escena ya se parecía mucho a la película El día de la marmota.
Mientras hablo, mueve su alfil a Aa4 y me dice:
—Con esta jugada, el alfil se retira, pero no abandona su posición. Es exactamente lo que sucedía contigo después de la advertencia de tu padre. Dejabas de mirar por un instante, pero observar a las parejas te resultaba irresistible.
Muevo mi caballo a Cf6 y levanto la mirada buscando su rostro. Una pequeña mueca se dibuja en la comisura de su boca y, de nuevo, arquea una ceja. Sin más, mueve su rey y su torre en un enroque corto, protegiendo a su rey.
Ahora, la mueca que había en su rostro da paso a una amplia sonrisa, precedida de un:
—Entonces, ¿qué pasó cuando creciste?
—Tal como el enroque que acabas de hacer, aprendí a protegerme. Mi primer intento de tener una relación de pareja terminó en desilusión, así que llegué a la conclusión de que cada poste contra el que me estrellé antaño era la vida diciendo: Melina, el amor y tú no son compatibles. —Contesté mientras movía mi alfil a Ae7.
—¿Cómo es posible eso? —me dijo.
—El interés que tenía por las parejas hizo que me quedara en la superficie de lo que realmente significa compartir la vida con alguien. Una parte de mí asumió que bastaba con unirse a alguien para que todo, por obra y gracia del Espíritu Santo, funcionara.
Después de todo, yo veía parejas que se demostraban su afecto sin más. Pero cuando pasé a la realidad, el panorama cambió, y haber asociado los postes con la desilusión no ayudó mucho a que yo encontrara la forma de seguir viendo el amor como un sentir que fuera fácil para todos.
Apostaría una partida más de ajedrez a que incontables personas tenemos en nuestros recuerdos desamores que nos marcaron de un modo u otro.
Ahora mueve su torre a Te1. Se queda con la mirada suspendida en el horizonte, como quien busca en su mente las palabras exactas para ahondar en un tema que a todos nos atañe.
—Este es un amor que asciende. Comienza con la atracción física, pero no se queda allí; va descubriendo la inteligencia, la virtud, la belleza moral, la verdad, hasta que madura y se convierte en admiración por el alma.
—Ello puede suceder —dijo pausadamente— en aras de la incomprensión que existe sobre el amor, porque este es un amor que asciende. Comienza con la atracción física, pero no se queda allí; va descubriendo la inteligencia, la virtud, la belleza moral, la verdad, hasta que madura y se convierte en admiración por el alma.
Miro el tablero y, en pro de la táctica, avanzo mi peón de b7 a b5.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Tendré que darle la razón en lo que acaba de decir. Y, viendo cómo ahora su torre está en una posición más activa, pienso que, con el pasar de los años, las experiencias sumadas y mi hábito de analizar todo lo que voy viviendo, hoy día sé que ya no soy aquella niña que se quedaba fascinada mirando a las parejas.
Aún sigo esperando conocer a alguien con quien compartir la vida y que no se convierta en un poste más. Dejando fuera de órbita la idealización, esta, por sí sola, garantiza la decepción e impide que realmente veamos a la otra persona como es.
Mientras hablo, él mueve su alfil a Ab3. Pensando en lo que acaba de decir, puedo concluir que, al menos para mí, no hay error en su planteamiento.
Si realmente nos permitimos amar, podríamos descubrir la grandeza de la que somos capaces los seres humanos en pos de alguien más. Creo que el amor no necesita de tanta parafernalia; es más bien lo simple, lo cotidiano.
Llevo un peón atrasado, así que ejecuto d5 y continúo hablando…
—Comprendo que protegerse no significa renunciar al amor. Mi intención de encontrar a alguien con quien transitar la vida no la dejaré de lado, pero sé que cuidar de mí misma es y seguirá siendo la prioridad.
Mira el tablero y deja que sus dedos descansen sobre la ficha del rey. Intenta moverla, pero se arrepiente. Lleva su mano y la deja caer sobre su regazo.
—Recuerda —me dice— que aquello que imaginamos como bello, justo o bueno no tiene por qué quedarse en el mundo de las ideas. También podemos intentar llevarlo a la realidad. La vida es como este juego de ajedrez: yo muevo una ficha y eso te permite anticipar por dónde continuar. Tan solo debes aprender a entrenar tu capacidad de observación y, sobre todo, a confiar en lo que te dice. Los postes en tu vida tan solo fueron la consecuencia de una jugada mal calculada.
También retiro mis manos del tablero y las dejo caer en mi regazo. Comprendo que, de momento, el juego ha quedado en pausa.
Ahora te toca a ti continuar la partida. Recuerda: unas veces la vida te hará jaque mate y otras serás tú quien lo haga. Pero, mientras sigamos respirando y tengamos un propósito en la vida, seguiremos en el juego.