En una comida con amigos no hace mucho tiempo, salió el recurrente y manoseado concepto de la ansiedad. Hablo de la cotidiana, del día a día, aquella que se manifiesta inoportunamente en los espacios cotidianos donde no debería hacerlo. Lo que me llamó la atención, más allá de las teorías de turno que pusimos como cartas sobre la mesa, fue que más de la mitad de los que estábamos compartiendo se definieron en estos términos: "soy súper ansioso". Así tal cual, liviano y concreto, adultos clasificándose de entrada y sin tapujos ni mayor claridad al respecto, listos para pasar al siguiente tema de la noche.
Me quedé pensando un buen rato debo confesar, diría que inclusive algunos días posteriores al evento. Lo que me entrampó fue la semántica de la frase que muchos eligieron —"soy ansioso"— v/s por ejemplo: "me pongo ansioso cuando siento que pierdo el control de algo". Punto de partida respecto a lo que quiero reflexionar en esta columna.
Veamos las diferencias que aparentemente no resultarían del todo significativas, pero que sí lo son. "Me pongo ansioso" describe algo que ocurre, en determinadas condiciones, y que podría no ocurrir en otras. Tiene principio, contexto y la posibilidad implícita de no repetirse. En tanto, "Soy ansioso" describe una esencia, algo constitutivo, no una ocurrencia, sino que se es. Bajo esos términos, no hay factores extrínsecos de los que se dependa para ser ansioso, simplemente se es. La primera frase deja la puerta entreabierta, la segunda la cierra y se traga la llave.
La gramática no nos da una mano en este caso. El verbo se mueve en el tiempo, mientras que el adjetivo lo detiene. Uno permite cadencia y movimiento; el otro congela y petrifica, transformando la experiencia en una fotografía fija. En nuestros tiempos actuales, y en el sentido más amplio de la noción, vivimos rodeados y desde imágenes que pasamos a integrar como retratos definitivos. Los introvertidos, tóxicos, evitativos, narcisos, intensos, border y ansiosos, entre tantas más, pasan a "ser" verdaderas categorías ontológicas de cada quien. No dejemos de considerar la masificación de este fenómeno en base a las redes sociales y la popularización de conceptos clínicos o new age como etiquetas personales, aquellas frases breves y contundentes sobre uno mismo. El adjetivo cabe en una biografía de perfil de Instagram y el verbo, con toda su condicionalidad y su tiempo, no cabe del todo bien.
De un libro de cabecera, de hace unos buenos años, rescato a los filósofos y autores para ampliar la comprensión de lo que estamos abordando. Shaun Gallagher y Dan Zahavi estudian la consciencia de manera magistral en su libro "La mente fenomenológica" (2014), realizando una distinción, que sin proponérselo, describe exactamente lo que está en juego en esa frase de la comida con mis amigos. Hablan del sentido de propiedad y del sentido de agencia como dos experiencias distintas, casi siempre confundidas entre sí.
El ejemplo que usan es simple, si alguien te empuja por la espalda y das un paso hacia adelante, sientes que ese movimiento es tuyo —tu cuerpo, tu pierna, tu paso— pero no sientes que tú lo causaste. Hay propiedad del movimiento sin agencia sobre él. En otros términos, lo sientes ocurrir en ti sin haberlo decidido.
Esa distinción, aplicada a lo que sentimos por dentro, es exactamente lo que la frase "soy ansioso" confunde de manera sistemática. Detengámonos para comprenderlo. La ansiedad que aparece en un momento dado puede ser mía en el sentido más básico, es decir, ocurre en mí, la siento en el cuerpo, nadie más la vive por mí. Eso es sentido de propiedad, y es innegable. Pero de ahí a decir que esa ansiedad me define, que soy su autor, que constituye lo que soy como agente en el mundo, hay un salto enorme que la gramática del "soy" hace pasar como si nada. En esencia, confunde "esto me pasa" con "esto es lo que soy", experiencia cotidiana la verdad, donde precisamente algo que podría moverse deja de hacerlo.
Otro concepto de esos mismos filósofos, el de la intencionalidad, ayuda a ver por qué el adjetivo empobrece incluso cuando podría describir algo cierto. La consciencia, dicen, nunca está simplemente ahí, cerrada sobre sí misma, siempre está dirigida hacia algo. A modo concreto, no hay percepción sin objeto percibido, no hay deseo sin algo deseado, no hay miedo sin algo temido. La mente, en su estructura más básica, es apuntar hacia afuera, no contener adentro.
El adjetivo hace justo lo contrario, convierte el apuntar en posesión.
El adjetivo hace justo lo contrario, convierte el apuntar en posesión. "Soy generoso" transforma un acto que necesita siempre un destinatario —darle algo a alguien, en un momento, por una razón— en una propiedad interna que existiría incluso sin nadie a quien dársela, como una sustancia guardada en un cajón. No obstante, la generosidad vive en el instante en que alguien la recibe, y ese instante hay que repetirlo, una y otra vez, para que siga siendo verdad. En cuanto se vuelve adjetivo fijo, deja de necesitar destinatario, y lo que dejó de necesitar destinatario dejó, en algún sentido importante, de ser lo que era.
Hay todavía un tercer concepto que completa el cuadro: la temporalidad. Gallagher y Zahavi retoman de Husserl una idea preciosa sobre cómo experimentamos el presente. Nunca es un punto aislado, siempre viene acompañado de una retención del instante que acaba de pasar y una anticipación (protensión en términos fenomenológicos más rigurosos), de lo que está por venir. Ni siquiera el presente más inmediato está nunca completamente solo, siempre arrastra su pasado inmediato y ya se inclina hacia lo que sigue. En una frase que condensa lo que estoy planteando, y que me ha acompañado permanentemente en mi ejercicio clínico: "El tema de ayer nunca es tema de ayer, es tema de hoy, de ahora y del mañana".
El "soy" quiere sacarnos de ese flujo y nos lleva inevitablemente a instalarnos en un presente eterno, sin retención ni anticipación, como si la persona ansiosa de hoy no tuviera ninguna relación con quien era hace diez años ni con quien podría llegar a ser. Basta mirar una foto de uno mismo de hace una década para comprobar que ninguno de los adjetivos que usábamos entonces siguen calzando del todo. Y es que eso no debería sorprender a nadie, y sin embargo actuamos como si los adjetivos de hoy sí fueran, esta vez, definitivos.
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Carl Jung tenía una manera muy precisa de nombrar este fenómeno, aunque no usara este vocabulario. Hablaba de la identificación con el complejo, aquel momento en que una persona deja de tener miedo, o rabia, o vergüenza, y pasa a ser miedosa, rabiosa, vergonzosa, sin distancia ninguna entre la experiencia y quien la vive. Para Jung, la salud psíquica —lo que llamaba individuación— nunca era un estado al que se llegaba, sino un proceso continuo de diferenciarse de los propios contenidos sin negarlos. Desde esta elocuente y atingente perspectiva teórico-clínica, se trata de poder decir "siento rabia" en vez de "soy una persona rabiosa", una mínima diferencia en apariencia, cuando paradójicamente en ella cabe buena parte de lo que él entendía por libertad interior.
Un paso más adelante, desde una temprana mirada postjunguiana, James Hillman fue todavía más lejos con una idea que como gran parte de su opus teórico, destaca por su estética. Hablo de lo que denominó pathologizing, la tendencia del alma a expresarse a través del síntoma, la imagen, la caída, el desvío. Para Hillman esto era, literalmente, una actividad verbal del alma, algo que el alma hace, no algo que el alma es. El diagnóstico, en cambio, convierte ese verbo en sustantivo. Deja de ser "el alma está atravesando algo" y pasa a ser "esto es un trastorno", con etiqueta, nombre y pronóstico; ya desde esta lógica, no del todo prometedora. Cabe mencionar que el énfasis de Hillman en este caso era su posición en contra de que el nombre terminara por devorar el movimiento que pretendía describir, convirtiendo un proceso vivo en una imagen estática e inmóvil.
Todo esto podría sonar como un llamado a vivir permanentemente en el verbo, vigilando cada adjetivo que se nos escape. Sin embargo, sería deshonesto quedarme solo con el argumento de la libertad y no hablar del otro lado, el del goce, porque el adjetivo subsiste precisamente porque da algo real, que ningún argumento sobre la libertad alcanza a desmentir.
Decir "soy ansioso" nos ahorra trabajo. No hay que entrar en explicaciones situacionales, contextuales o respecto al momento exacto en que apareció la experiencia de ansiedad; basta la etiqueta y todos entienden. Sin ir más lejos, da pertenencia en el mejor de los casos, para algunos hasta una identidad desde donde sostenerse. Aun así, lo más relevante a mi juicio que nos da, es descanso. Vivir enteramente en el verbo es agotador, porque el verbo exige explicar cada vez, matizar cada vez, sostener la incomodidad de no tener una respuesta cerrada sobre quién se es; fenómeno contemporáneo que también aqueja a muchas personas. El adjetivo ofrece esa esquina del ring donde uno puede sentarse a descansar después de ese esfuerzo, y a mi entender, nadie debería sentirse mal por sentarse ahí de vez en cuando. Continuando con esta analogía, el problema no es visitar la esquina del ring, es no querer salir más de ella.
Quiero precisar algo, ya que este argumento se puede fácilmente malentender. No es un alegato contra los diagnósticos ni contra nombrar lo que a uno le pasa. Un diagnóstico de cualquier condición clínica real, puede ser exactamente lo contrario de una cárcel o etiqueta, puede ser la primera vez que alguien encuentra lenguaje para algo que llevaba toda la vida viviendo sin nombre, y ese hallazgo puede abrir comunidad, comprensión y alivio genuino. No nos equivoquemos, el asunto nunca fue nombrar, fue el momento exacto en que un nombre deja de describir un patrón —algo que ocurre, con condiciones, historia, posibilidad de matizarse— y empieza a clausurar por completo la pregunta de si ese patrón todavía puede moverse.
¿Qué podría concluir de esto entonces? Que si alguna de esas mismas personas en la junta de amigos, en vez de decir "soy súper ansioso", hubiera dicho "me pongo ansioso cuando siento que algo se me escapa de las manos, aunque hay días en que logro soltar un poco más que otros", habría dicho, en el fondo, algo bastante parecido, pero con una diferencia sustancial. Tiene tiempo adentro, una condición, tiene una excepción, tiene un "algunos días" que deja espacio para que mañana sea distinto sin que eso contradiga nada de lo dicho hoy.
No hace falta abandonar los adjetivos. Solo vale la pena notar cuándo se tornan en una imagen fija en vez de una temporal, y recordar que casi todo lo que de verdad importa de nosotros —lo que sentimos, hacemos, lo que se puede volver a hacer distinto mañana— vive mejor en el verbo que en el adjetivo. Uno describe una fotografía, el otro sigue filmando.