Me resulta fascinante que durante estas semanas volvamos a hablar de sirenas, cíclopes, naufragios y odiseas. La película de Christopher Nolan devolvió a Homero una inesperada actualidad y despertó un renovado interés por leer el poema. Por un momento, una historia que muchos conocimos en el colegio dejó de ser un recuerdo de lectura escolar y volvió a circular como un repertorio vivo de escenas compartidas.

Con el tiempo la moda pasará. Dejarán de aparecer tantas referencias, los personajes volverán a un segundo plano y "fue una odisea" seguirá siendo una manera perfectamente disponible de decir que algo resultó largo, accidentado o difícil. Pero hay algo de esta breve resurrección que me gustaría conservar. No exactamente las palabras. Las palabras probablemente sobrevivirán sin demasiada ayuda. Me preocupa más que las expresiones sobrevivan después de haberse desprendido de las escenas que les daban espesor.

Volver a la escena

Pensemos en el canto de las sirenas. La expresión es tan habitual que apenas parece decir algo más que "tentación". Una propuesta seductora puede ser un canto de sirenas; también una relación a la que sabemos que no conviene volver, una oportunidad que exige ignorar señales evidentes o cualquier promesa cuyo atractivo nos hace perder de vista el peligro. Pero si regresamos al episodio homérico, la situación es bastante más específica.

Odiseo sabe antes de escucharlas que las sirenas serán capaces de doblegar su voluntad. Por eso no decide simplemente resistirlas. Ordena a sus compañeros que se tapen los oídos con cera y que lo aten al mástil. Pero lo más interesante de la instrucción viene después. Cuando escuche el canto y les pida que lo desaten, no deberán obedecerlo. Tendrán que sujetarlo todavía con mayor fuerza. Y así ocurre. Cuando las voces comienzan a atraerlo, el mismo hombre que antes había pedido ser inmovilizado exige ahora que lo liberen, mientras sus compañeros obedecen al Odiseo que habló antes de escuchar el canto y no al que ahora exige ser liberado.

Reducir esa escena a "no caer en la tentación" significa perder casi todo lo interesante que contiene. Su problema no es simplemente que queramos cosas que sabemos que nos hacen mal. Es que podemos anticipar que habrá situaciones en las que aquello que deseamos modificará también nuestro juicio acerca de lo deseable. Odiseo no se pregunta solamente cómo resistir una tentación; se enfrenta a un conflicto entre dos versiones temporalmente separadas de sí mismo. Tiene que decidir a cuál de ellas conceder autoridad.

No cuesta demasiado reconocer algo propio en esa situación. Hay decisiones que tomamos precisamente porque sabemos que, llegado cierto momento, preferiremos no cumplirlas. Dejamos de tener determinado alimento en casa, bloqueamos una aplicación, entregamos a otra persona las llaves, hacemos públicos nuestros compromisos, programamos un ahorro automático o le pedimos a alguien que no nos crea cuando dentro de unos días intentemos convencerlo de que hemos cambiado de opinión. No somos marineros amarrados a un mástil, pero entendemos perfectamente la lógica del gesto. La escena antigua permite reconocer una forma peculiar de prudencia en la que ser fiel a uno mismo exige prever que, bajo ciertas condiciones, el propio juicio dejará de ser confiable.

Algo semejante ocurre con Escila y Caribdis. La expresión sobrevive como una manera de nombrar la elección entre dos peligros, pero en el poema no se trata simplemente de que Odiseo encuentre dos alternativas desagradables y deba escoger la menos mala. Ante él se abre una situación en la que ya no existe una salida que permita conservarlo todo. Caribdis amenaza con tragarse la nave completa; pasar junto a Escila significa aceptar que algunos de sus compañeros morirán. Odiseo pregunta si existe alguna forma de combatir al monstruo mientras evita el remolino, pero no hay manera. El episodio enfrenta a Odiseo con una decisión en la que actuar responsablemente no consiste en encontrar una salida sin costo, sino en elegir qué pérdida asumir para evitar otra mayor.

También aquí la expresión se vuelve menos interesante cuando queda reducida a "estar entre dos opciones malas". Lo que la escena conserva es la experiencia de descubrir que a veces nos enfrentamos a un problema cuya estructura excluye una resolución indemne. Hay encrucijadas en las que seguir buscando obsesivamente una tercera alternativa puede ser una manera de evitar aceptar lo que la situación exige: habrá algo que no podremos salvar.

Ahí aparece una de las razones por las que necesitamos historias además de conceptos. "Tentación", "autocontrol", "decisión difícil", "costo", "pérdida" son palabras perfectamente válidas. Pero las sirenas y el paso entre Escila y Caribdis disponen esas palabras dentro de una trama de tiempos, posiciones, relaciones y alternativas. Construyen un escenario al que podemos entrar imaginariamente y desde el cual una experiencia conocida empieza a revelar sutilezas que antes pasaban inadvertidas.

Cuanto más fácilmente utilizamos la expresión, menos necesitamos recordar aquello que contenía.

Cuando la metáfora se desgasta

Paul Ricoeur dedicó buena parte de su trabajo a esa capacidad del lenguaje figurado. Una metáfora viva, en su planteamiento, no consiste simplemente en cambiar una palabra literal por otra más elegante. Produce una nueva manera de ver una cosa a través de otra; puede redescribir una realidad que parecía ya conocida. Y su hermenéutica terminó extendiendo esa intuición hacia nuestra comprensión de nosotros mismos: no nos conocemos desde una conciencia aislada que se observa directamente, sino mediante los signos, relatos e imágenes que una cultura ha ido depositando en nuestra memoria y nuestra imaginación.

Lo interesante es que una metáfora no permanece viva necesariamente para siempre. El éxito puede ser también una forma de desgaste. Una imagen resulta tan útil que empezamos a repetirla; la repetición la convierte en expresión; la expresión adquiere un significado convencional y finalmente podemos usarla sin que vuelva a presentarse ante nosotros la escena de la que nació. Lo que antes obligaba a imaginar termina funcionando como un cliché.

Es posible que una parte de nuestra herencia literaria sobreviva precisamente de esa manera. Ya no hace falta haber leído a Cervantes para hablar de alguien que combate molinos de viento, ni recordar exactamente la novela de Mary Shelley para llamar Frankenstein a una creación que amenaza con escaparse del control de su creador. Podemos imaginar una vida exterior impecable mientras su deterioro queda escondido en algún retrato de Dorian Gray, o reconocer algo kafkiano en una situación que nos somete a procedimientos cuya lógica nadie consigue explicarnos. Cada una de esas imágenes ha tenido suficiente éxito como para abandonar parcialmente su obra de origen e ingresar en el lenguaje común.

Eso es una extraordinaria forma de supervivencia, aunque tiene un precio. Cuanto más fácilmente utilizamos la expresión, menos necesitamos recordar aquello que contenía. El molino puede terminar significando simplemente "un problema imaginario"; Frankenstein, "algo que salió mal"; lo kafkiano, "un trámite engorroso". La imagen permanece, pero va perdiendo sus relaciones internas, sus ambigüedades, aquello que hacía que no pudiera sustituirse sin más por otra palabra.

Eso es justamente lo que me interesa del actual regreso de La Odisea. Durante un momento ocurre el proceso contrario. No estamos viendo cómo una historia se condensa lentamente en expresiones; estamos viendo cómo expresiones que ya existían recuperan algo de la historia que habían olvidado. Volvemos a escuchar el canto detrás del "canto de sirenas". La odisea vuelve a tener desvíos, pérdidas, monstruos, años y un lugar al que regresar. Una expresión que utilizábamos correctamente puede, sin haber cambiado de significado, volver a decir más.

Algo para pensar, para ti

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De la escena al cliché

Hay un ejemplo relativamente reciente que permite observar el recorrido completo desde el otro extremo. Hoy utilizamos con enorme facilidad la palabra gaslighting. El término procede de Gas Light, la obra teatral de Patrick Hamilton estrenada en 1938 y llevada posteriormente al cine. En la historia, un hombre intenta hacer que su esposa pierda confianza en sus propias percepciones. Entre otras maniobras, hace disminuir la intensidad de las luces de gas y, cuando ella advierte el cambio, insiste en que todo sigue igual, hasta hacerla dudar de lo que acaba de ver. Con el tiempo, aquella escena se independizó de la obra hasta dar nombre a una forma reconocible de manipulación.

Pero antes de convertirse en una etiqueta, Gas Light había puesto en escena una relación muy precisa. Alguien percibe algo, otro lo niega sistemáticamente, esa negación se repite y la víctima acaba desconfiando de su propia capacidad para determinar qué ocurre. La ficción no inventó esa experiencia, por supuesto, pero le dio una forma reconocible.

Y justamente por eso vale la pena conservar la escena. Cuanto más se expande gaslighting para nombrar una mentira, una contradicción, una discusión o simplemente el hecho de que alguien interprete una situación de otro modo, menos queda de la estructura que alguna vez hizo necesario el término. La palabra puede volverse omnipresente al mismo tiempo que pierde precisión. La expresión circula cada vez más, mientras la experiencia específica que le dio forma se vuelve menos nítida.

Quizás con las viejas imágenes ocurra algo parecido. Sería extraño pensar que el problema consiste en que olvidemos la expresión "canto de sirena". Probablemente seguirá con nosotros. El riesgo más sutil es que termine designando simplemente cualquier tentación atractiva; que "estar entre Escila y Caribdis" sea apenas tener que tomar una decisión difícil; que una odisea termine siendo cualquier trayecto con dos combinaciones de metro. Las expresiones pueden conservarse mientras se adelgaza la experiencia que eran capaces de iluminar.

Ahora bien, no se trata de hablar como un diccionario de mitología ni de exigir que toda conversación cotidiana conserve intactos tres milenios de tradición. Las expresiones cambian precisamente porque están vivas. Pero vale la pena regresar, de vez en cuando, de la frase a la escena. Allí pueden reaparecer matices que el uso fue borrando y posibilidades de interpretación que la expresión, de tanto repetirse, terminó comprimiendo.

Por eso agradezco este regreso pasajero a Homero. No importa demasiado cuánto dure la moda. Basta con que por un momento sus historias vuelvan a estar disponibles y descubramos que algunas de las palabras que heredamos de ellas todavía guardaban más de lo que alcanzábamos a escuchar.

Las grandes imágenes culturales pueden sobrevivir durante siglos convertidas en expresiones, y en esa supervivencia hay algo paradójico: cuanto más familiares se vuelven, más fácil resulta olvidar la experiencia que alguna vez supieron distinguir. Ahí el verdadero olvido no ocurrirá cuando dejemos de decir "canto de sirena", sino cuando sigamos pronunciando la frase y ya no podamos oír, detrás de ella, el canto.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram

Este ensayo dialoga con Ricoeur, P. (2001). La metáfora viva (A. Neira, Trad.). Trotta.