Hay personas que viven pensando, y hay otras que además piensan que están pensando. Observan lo que sienten mientras lo sienten. Analizan por qué dijeron una frase, por qué alguien demoró en responder, por qué una conversación cambió de tono sin razón aparente. Detectan contradicciones antes de que se digan en voz alta. Anticipan consecuencias. Reconstruyen conversaciones enteras horas después, buscando el momento exacto donde algo se torció. Y muchas veces, en efecto, comprenden con precisión notable lo que les está pasando.
A esa conciencia, despierta hasta en sus propios rincones más oscuros, podríamos llamarla híper lucidez. En principio parece una virtud, y probablemente lo sea. El problema empieza cuando se encienden demasiadas luces a la vez y ya no queda ningún rincón a oscuras donde la mente pueda simplemente estar, sin observarse.
La psicología muestra algo incómodo sobre esa distancia: comprender una emoción no necesariamente libera de ella. Se puede saber con exactitud por qué aparece el miedo y seguir sintiéndolo igual. Se puede reconocer que se está exagerando y continuar exagerando de todas formas. Se puede identificar con total claridad una conducta que hace daño y repetirla esa misma noche.
Es como después de un fin de semana familiar, sin una gota de alcohol, despiertas el lunes sintiéndote impecable. Te duchas, sales limpio, fresco, renovado, casi virtuoso. Y, misteriosamente, aparece una necesidad, fumarte un "pucho". No tanto por ganas de fumar, sino por la urgencia de ensuciar un poco tanta perfección y lucidez. Como si después de limpiarte por fuera, necesitaras una pequeña contradicción para volver a sentirte tú.
Entre entender y actuar hay una distancia, y en esa distancia vive lo que podríamos llamar intemperancia, correspondiente a la dificultad para ponerle límite a un impulso, una emoción, un deseo, incluso cuando se sabe perfectamente cuál sería la decisión razonable. "Sé que debería parar, pero sigo." "Sé que no debería responder ahora, pero respondo." "Sé que esto mañana me va a hacer mal, pero hoy lo quiero." Lo interesante —y quizás lo más difícil de aceptar— es que la híper lucidez y la intemperancia conviven sin ningún problema dentro de una misma persona. Se puede ser extraordinariamente consciente y, al mismo tiempo, profundamente impulsivo. Pueden entenderse a la perfección, y aun así, no gobernarse en lo absoluto.
Ponerle nombre a un incendio no lo apaga. A veces, incluso, conviene avivarlo un poco.
Ahí aparece una de las paradojas más frustrantes del ser humano contemporáneo, y es que nunca tuvimos tantas herramientas para comprendernos —sabemos de apego, de dopamina, de trauma, de sesgos cognitivos, de regulación emocional, tenemos una palabra casi para cada cosa que nos ocurre— y sin embargo seguimos teniendo la misma dificultad de siempre para gobernarnos. Ponerle nombre a un incendio no lo apaga. A veces, incluso, conviene avivarlo un poco: entender exactamente por qué se actúa de cierta forma puede convertirse, paradójicamente, en la excusa perfecta para seguir actuando igual.
Milan Kundera construyó La insoportable levedad del ser alrededor de una idea que roza lo insoportable justamente por lo simple que es: vivimos una sola vez, y por eso cada decisión ocurre sin la posibilidad de compararla con ninguna otra versión de lo que habría pasado si hubiéramos elegido distinto. No hay ensayo general de la propia vida, ni una segunda toma para hacerlo mejor la próxima vez. Eso es, literalmente, lo que Kundera llama la levedad, no que la vida pese poco, sino que cada elección flota sin el peso de una comparación posible.
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La híper lucidez, mirada así, es un intento —casi siempre fallido— de rebelarse contra esa levedad. Quiere calcular de antemano lo que solo se puede saber viviéndolo. Quiere encontrar, antes de decidir, la explicación suficientemente sólida como para garantizar que esta vez la elección va a ser la correcta. Pero la vida no entrega esa garantía, nunca la entregó, y en esa brecha entre lo que se quiere asegurar y lo que efectivamente se puede saber nace buena parte de la angustia contemporánea: queremos certezas dentro de una existencia que está construida, de principio a fin, sobre probabilidades.
Por eso la persona híper lúcida termina topándose con algo particularmente frustrante, el hecho de que entender muchísimo la propia vida no significa saber vivirla. Se puede conocer cada patrón propio y aun así enamorarse exactamente de la persona equivocada otra vez. Se puede entender perfectamente el valor del tiempo y desperdiciar la tarde entera igual. Eso no vuelve inútil la lucidez. Solo revela que quizás le estamos pidiendo algo que no puede dar: la conciencia sirve para orientar, no para conducir cada segundo de la existencia.
Nietzsche describió una tensión parecida, aunque mucho más antigua, en El nacimiento de la tragedia, con las figuras de Apolo y Dioniso. Apolo es la forma, la medida, la claridad que separa una cosa de otra. Dioniso es el impulso, la disolución, aquello que no necesita ser comprendido para ser vivido con toda su intensidad. Lo que Nietzsche argumenta ahí no es que haya que elegir entre uno y otro, sino que la tragedia griega —el arte más alto que él conocía— nació precisamente de la fusión de ambos: la forma apolínea conteniendo, sin apagarlo del todo, el fondo dionisíaco que la desborda. Solo Apolo produce una imagen hermosa pero sin vida. Solo Dioniso produce un desborde sin ninguna forma que lo sostenga.
Nuestra híper lucidez tiene mucho de apolíneo, quiere ordenar, nombrar y poner cada cosa en su lugar exacto. En contraste, la intemperancia tiene mucho de dionisíaco: quiere vivir antes de explicar, avanzar incluso sin ninguna certeza. El problema no aparece cuando una de las dos fuerzas existe. Aparece cuando cualquiera de las dos pretende gobernarlo todo, sola, sin la otra. Un exceso de Dioniso convierte la vida en puro impulso, sin memoria ni dirección. Pero un exceso de Apolo puede terminar en una vida perfectamente explicada y, al mismo tiempo, muy poco vivida.
La madurez psicológica, entonces, probablemente no consiste en eliminar la intemperancia ni en alcanzar una lucidez total. Consiste en algo más complejo de sostener en el tiempo, saber, cada vez, cuándo conviene pensar y cuándo conviene simplemente dejar de hacerlo. Habrá decisiones imperfectas, conversaciones que no hacía falta tener, noches exageradas, amores que no se explican del todo ni siquiera años después. Eso también es, con todo su desorden, vivir.
Entre la lucidez que ordena y el impulso que desborda hay un territorio incómodo, sin garantías, donde probablemente ocurre la vida de verdad y auténtica, el lugar donde se es lo bastante consciente como para no perderse del todo, pero lo bastante libre como para seguir sorprendiéndose.