¿Qué es eso de sentir una turba de ansiedad los días domingo? Se lo he preguntado a mis amigos, que no son muchos, y me han comentado que también lo han percibido. Para identificar su origen, les pedí que me describieran, específicamente, qué sentían ese día de la semana destinado al descanso por creencia cultural y religiosa.
La mayoría me dijo que tenía una sensación de ansiedad o angustia que se presentaba con mayor intensidad durante el séptimo día, y que iba aumentando a medida que transcurría la jornada. A eso de la una de la tarde, algunos incluso tenían que tomar un ansiolítico recetado por su psiquiatra de cabecera.
Hasta ahí entendía que había cierto malestar, pero quería saber la razón. ¿Por qué mis amigos y yo sentíamos tanta ansiedad específicamente los domingos? ¿Seríamos los millennials un grupo particularmente sensible, o este fenómeno no guardaría relación con la edad?
Quería saberlo todo, así que hice una pequeña encuesta, y me encontré con una similitud notable entre estudiantes de primer año y profesionales de la salud mental con al menos cinco años de ejercicio laboral. Todos reportaban la llegada del domingo con una experiencia ansiógena que se incrementaba hacia la tarde. Le llamé, patudamente, "la angustia de la productividad", porque la mayoría —yo incluida— piensa el domingo como un tiempo para hacer quehaceres del hogar: ir al supermercado, colgar la ropa, dejar cocinado para la semana, limpiar el baño.
Quedaba, sin embargo, una pregunta pendiente: ¿por qué la ansiedad crecía a medida que avanzaba el día? Según mis entrevistados, porque con cada hora se acercaba más la idea del lunes: sinónimo de empezar la dieta, el ejercicio, los pendientes, tomar el metro a hora punta, o resolver lo que quedó sin cerrar el viernes en el trabajo.
Llegué entonces a una respuesta bastante esclarecedora: ya existe un nombre para este fenómeno. Se le llama el síndrome del domingo por la tarde, y se refiere, a grandes rasgos, a la ansiedad generada por el cansancio de la semana laboral y doméstica, sumada a la rumiación de pensamientos sobre las tareas pendientes que ya se visualizan en la semana que viene. Vale la pena notar que esto le puede pasar incluso a personas a las que les gusta su trabajo.
El fenómeno es lo bastante relevante como para que el Termómetro de Salud Mental que aplican en conjunto la ACHS y la UC haya encontrado que casi uno de cada cuatro chilenos encuestados —un 24,8%— presenta síntomas de ansiedad. El síndrome del domingo por la tarde no se manifiesta solo como ansiedad o angustia: también aparece como tristeza, apatía, tensión muscular, fatiga emocional, dificultad para conciliar el sueño o estrés anticipado. Sus causas principales suelen asociarse al contraste entre la rutina semanal y el domingo, a la exposición a redes sociales y a la insatisfacción que surge al comparar la propia vida con estilos de vida socialmente atractivos, junto con la anticipación de tareas que no alcanzaron a concretarse.
Después de encontrarle nombre al fenómeno, me puse a pensar en su trasfondo, y empecé a notar una similitud entre este síndrome y el miedo a no cumplir con una productividad socialmente aceptable. Porque aunque culturalmente el domingo se reserve como día de descanso, para muchos millennials, en la práctica, no lo es.
La ansiedad dominical no es un síntoma individual. Es el síntoma de una época que volvió el tiempo mismo consumible y desechable.
Eso me llevó a preguntarme de dónde nace esta demanda sociocultural de ser altamente productivos. Antes de ir a buscar respuestas en la sociología, intenté observar fenomenológicamente mi propia experiencia, porque no soy ajena a ella. En el imaginario colectivo, el domingo es un día perfecto para producir a todo nivel: laboralmente (anticipar proyectos y objetivos), domésticamente (adelantar tareas de la casa para que no choquen con la semana laboral), intelectualmente (avanzar en lecturas o en un diplomado), socialmente (aprovechar de ver amigos), incluso estéticamente (el momento perfecto para cortarse el pelo). Ahí pude verlo con claridad: la ansiedad dominical no es un síntoma individual. Es el síntoma de una época que volvió el tiempo mismo consumible y desechable.
¿Desde cuándo empezamos a correr por la vida, a exigir que cada segundo sea productivo? La respuesta, creo, ya la conocemos: la habitamos ahora mismo, en esta época donde la información vuela a la velocidad de la luz y deja obsoleto casi todo lo que creíamos saber. Ahí volví a un libro de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco que desarrolló el concepto de modernidad líquida para describir una sociedad marcada por la incertidumbre. Bauman describe cómo el trabajo, el consumo y la globalización transformaron la relación del sujeto con la estabilidad: mientras la vieja "sociedad del trabajo" se sostenía en la idea de un empleo estable y duradero como proyecto de vida, la modernidad líquida premia otra cosa —la capacidad de adaptarse, de cambiar rápido, de no aferrarse a nada por mucho tiempo.
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Bauman conecta esto con la identidad: la sociedad de consumo produce individuos que necesitan adaptarse de manera constante y veloz para poder seguir consumiendo las nuevas tendencias, algo que exige, a su vez, ser altamente productivo. Y ahí surge una idea que me pareció central: el tiempo nos sirve para producir y para consumir, y por eso hay que aprovecharlo. Somos una cultura acelerada, una cultura que no se permite ahorrar tiempo para sí misma. Por eso no solemos usar el tiempo para descansar —descansar no es una opción real, es casi una falta: eso es lo que hacen las personas "flojas", las que se quedan atrás. Aprendimos a vivir la experiencia de estar vivos como si fuera una carrera, y a competir constantemente en ella.
Así terminamos también resignificando la idea del tiempo. Para Bauman, el tiempo también se volvió líquido: cada vez más rápido, más fugaz, más difícil de sostener. Se convirtió en algo que hay que consumir rápido, antes de que la próxima novedad tecnológica o el próximo cambio de época lo vuelvan a transformar en otra cosa.
Con todo esto puedo empezar a entender que la ansiedad dominical tiene un trasfondo social y económico que va mucho más allá de una simple hipersensibilidad de época. No aparece de la nada, ni es solo una dificultad individual para enfrentar el lunes. Tiene un contexto que nos insta constantemente a producir, avanzar, aprovechar el tiempo y competir —no solo con los demás, sino con algo todavía más difícil de ganar: el tiempo mismo, que no se deja atrapar ni domesticar.
Referencias
Pontificia Universidad Católica de Chile. (31 de enero de 2024). Termómetro de salud mental: uno de cada cuatro chilenos presenta síntomas de ansiedad. UC Noticias.
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Polity Press.