A quien no le ha pasado. Plena carretera, taco infernal, y un automóvil de alta gama avanza por la berma para evitar la congestión y adelanta a una fila de autos que llevan varios minutos – si no horas - esperando. En ese microsegundo donde uno logra ver el rostro del conductor, no se le ve alteración o perturbación alguna, simplemente actúa como si las reglas fueran para los demás. Ni hablar del metro, cuando alguien reproduce música a todo volumen, y cuando otro pasajero le pide que baje el volumen, responde con la agresividad del peor ataque personal. Distingamos esto con otro ejemplo, cuando en un condominio exclusivo, un vecino ocupa los espacios comunes o no respeta los horarios para festejar, ignorando los reclamos y amparándose en la seguridad de que nadie conseguirá ponerle límites.
Si bien las escenas son distintas, también lo son las condiciones sociales de quienes las protagonizan. No obstante, todas convergen en la convicción, explícita o tácita, de que la propia voluntad puede imponerse sobre el espacio compartido, así como de que la presencia de los demás no constituye una razón suficiente para dejar de hacer lo que a uno se le antoje.
Con naturalidad, solemos llamar flaite a algunas de estas conductas, aunque el término se haya cargado de connotaciones clasistas, estéticas y geográficas. Sin embargo, basta mirar un poco más allá de esa caricatura para advertir que el fenómeno de aquello que llamamos flaite no pertenece necesariamente a un sector social. Puede aparecer tanto en una esquina de la periferia como en el interior de un auto de lujo, en una oficina o en un condominio cerrado; es estructuralmente transversal, nos guste o no.
Entonces, si despojamos a la palabra flaite de su función reduccionista como insulto de clase, aparece una comprensión más amplia respecto a la noción que nos convoca en esta columna. Lo flaite, entendido aquí en su dimensión contemporánea, es una falla ético-relacional un verdadero modo de habitar el espacio común caracterizado por la anulación del otro. Me atrevería a decir que es la “sociopatía de la vida cotidiana”.
En Chile, el trabajo de Kathya Araujo permite introducir un matiz decisivo desde mi punto de vista. En su libro El miedo a los subordinados (2016), la socióloga examina las transformaciones de la autoridad y las nuevas expectativas de horizontalidad en las relaciones sociales. Refiere que los individuos reclaman cada vez más un trato respetuoso, reconocimiento y relaciones menos arbitrarias, pero estas aspiraciones conviven con la persistencia de prácticas autoritarias. La tensión es relevante para nuestra discusión, ya que exigir respeto para uno mismo no significa necesariamente estar dispuesto a reconocer al otro en condiciones equivalentes. Podemos rechazar que alguien ejerza su poder arbitrariamente sobre nosotros, y sin embargo, ejercerlo de ese mismo modo cuando creemos tener la ventaja.
Esta contradicción ayuda a comprender por qué la incivilidad no puede explicarse únicamente por la pobreza, la educación formal o la pertenencia a un determinado grupo. Tampoco basta con atribuirla a una supuesta pérdida general de valores. Hay algo más concreto en juego, relacionado a la dificultad de aceptar que la propia autonomía tiene un límite en la autonomía ajena. Queremos decidir por nosotros mismos, pero no siempre aceptamos que los demás tengan el mismo derecho; reclamamos consideración, pero podemos volvernos indiferentes cuando somos nosotros quienes debemos ofrecerla.
Cuando el espacio compartido se interpreta exclusivamente desde el interés individual, la convivencia deja de ser una tarea colectiva y se convierte en una negociación permanente entre voluntades que buscan imponerse. La consigna implícita parece ser: “Hago lo que quiero, porque nadie me cuida, nadie me respeta y a nadie le importo”. Sin duda que pueden haber detrás de ella experiencias reales de abandono, desigualdad o desconfianza, aun cuando comprender esas experiencias no obliga a justificar sus consecuencias. El sentimiento de no haber sido respetado no concede el derecho a desconocer a los demás.
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Lo que llamamos cotidianamente flaite - la música a todo volumen, la conducción imprudente, la agresión verbal ante la mínima fricción o la ocupación abusiva del entorno – es parte fundamental del ruido urbano. Es la incapacidad de registrar que al lado hay un semejante cuya tranquilidad, vulnerabilidad y existencia merecen el mismo espacio vital, donde lo decisivo, es la disposición a desconocer cualquier límite cuando ese límite proviene de alguien distinto de uno mismo.
La misma dinámica opera en las más altas esferas de nuestro país, donde prima una cada vez más alicaída “impunidad”. En estos casos, el poder puede volver más eficaz el desprecio y menos visibles sus consecuencias, pero no modifica su lógica estructural. La incivilidad no tiene una clase social determinada; lo que cambia es la escenografía, el poder disponible y el grado de sofisticación con que se ejerce.
Por tanto, redefinir este concepto nos obliga a salir del facilismo clasista, para efectos de reconocer una dolencia cultural colectiva comprendida como el quiebre de la convivencia como responsabilidad hacia el otro. Si el término flaite ha de conservar alguna utilidad más allá del insulto, tendrá que servir para interrogar una conducta y no para condenar una identidad. De lo contrario, su uso reproduce exactamente aquello que pretende denunciar, la reducción del otro a una caricatura que nos exime de reconocerlo.
Si el término flaite ha de conservar alguna utilidad más allá del insulto, tendrá que servir para interrogar una conducta y no para condenar una identidad.
Veámoslo desde una perspectiva arquetipal. En la Ilíada, Hermes conduce a Príamo a través del campamento enemigo para que pueda llegar hasta Aquiles y pedirle el cuerpo de su hijo Héctor. La escena ocurre en medio de una guerra, es decir, bajo el signo de Ares. Sin embargo, cuando Príamo se arrodilla ante Aquiles y le besa las manos que dieron muerte a su hijo, algo interrumpe la lógica de la confrontación. Aquiles reconoce en el dolor de su enemigo algo de su propio dolor. Por un instante, el otro deja de ser solamente un adversario.
La escena no representa la desaparición del conflicto, sino la posibilidad de interrumpir su lógica. Hermes, dios de los caminos y la mediación, hace posible el encuentro; Ares, dios de la guerra, encarna la fuerza que amenaza con reducirlo todo a la confrontación. No se trata de que uno sea bueno y el otro malo, y es que la vida humana necesita afirmarse, defenderse, y en ocasiones inclusive enfrentarse, en definitiva, encontrar un espacio en donde la voluntad encuentre un límite en la existencia ajena, en lo cotidiano y en lo adverso.
Si el espacio común queda reducido al triunfo del impulso individual, lo que perdemos no es solo el orden urbano, sino la posibilidad misma de reconocernos como una comunidad. La vida en común exige una renuncia mínima al goce irrestricto en favor de un mundo que no pertenece exclusivamente a nadie. No exige que abandonemos nuestra singularidad, sino que aceptemos que esa singularidad convive con otras y que ninguna tiene, por sí sola, el derecho de imponerse sobre todas las demás.
Una sociedad donde nadie es capaz de registrar la presencia, el dolor o la tranquilidad de quien tiene al lado deja de ser un espacio de convivencia y se convierte en un archipiélago de solitarios armados de ruido, donde la supervivencia del más fuerte o del más indolente reemplaza a cualquier forma de civilidad.
Tal vez por eso la antigua escena de Príamo y Aquiles todavía tenga algo que decirnos. En medio de la guerra, cuando todo parece autorizar la violencia, un hombre consigue reconocer el dolor de otro. Hermes abre el camino para ese encuentro, pero es Aquiles quien debe aceptar que su voluntad no es la única medida de lo real. Es así como la convivencia comienza precisamente ahí, cuando la existencia ajena deja de ser un estorbo y se convierte en un límite que reconocemos como legítimo.
Devolverle espesor al concepto de flaite, sacándolo del desahogo clasista para llevarlo al terreno de la ética y la filosofía social, es un primer paso para empezar a habitar de nuevo las ruinas de nuestro espacio común. Lo que realmente necesitamos, incluso en medio de nuestras inmemorables y eternas diferencias y conflictos, es la fundacional posibilidad de que siga siendo posible abrir un camino hacia el otro.
Referencias
Araujo, K. (2016). El miedo a los subordinados: Una teoría de la autoridad. LOM Ediciones.