Hace poco descubrí que Ratatouille es una película antigua. Me enteré cuando una adolescente me preguntó si había visto “esa película de hace tiempo donde un ratón cocina”. En otra ocasión, un chico me habló de “la saga vieja de Spider-Man”, refiriéndose a la trilogía de Tobey Maguire. Hasta entonces, nunca se me había ocurrido que las películas de mi infancia necesitaran semejante clasificación histórica.

Nací en el año 2000. No me considero viejo, pero desde que comencé a atender adolescentes cada vez me siento más añejo. Basta con hablar de películas, música o tecnología para descubrir que varias cosas de mi infancia ya necesitan explicaciones.

Cómo era antes

Me ha tocado explicar que antes de Spotify descargaba canciones en Ares y después las pasaba a un MP3. Había que encontrar la canción, esperar a que terminara de descargarse, comprobar que fuera la correcta y conectar el reproductor al computador para transferirla. A veces el archivo estaba mal etiquetado, otras veces tenía una calidad horrible. Y como la memoria del dispositivo era limitada, había que escoger con pinzas qué canciones llevar. Para alguien acostumbrado a encontrar cualquier canción en segundos, tal procedimiento parece absurdo. Para mí, en cambio, era la manera más normal de escuchar música.

Lo gracioso es que, mientras intento explicar estas cosas, comienzo a escucharme como mis papás. Recuerdo que me contaban cómo grababan canciones directamente de la radio en casetes. Tenían que esperar que sonara la canción que querían, apretar el botón de grabar en el momento preciso y cruzar los dedos para que el locutor no comenzara a hablar antes de que terminara. A mí me parecía una práctica prehistórica. ¿Cómo que había que esperar a que pusieran una canción? ¿Tenían que pasar toda la tarde pendientes de la radio?

Con las películas ocurría algo parecido. Cuando mis papás eran jóvenes, ver una película podía significar esperar que la transmitieran por la tele o conseguirla en VHS, siempre que hubiera un reproductor en casa. Yo crecí yendo a Blockbuster, recorriendo estanterías y escogiendo algún DVD para el fin de semana. Hoy basta con abrir Netflix y elegir entre cientos de películas y series.

También hay costumbres que han cambiado de maneras menos evidentes. Antes, para hablar con un amigo, llamaba al teléfono de su casa. Podía contestar su mamá, así que había que saludar, preguntar por él y esperar a que lo fueran a buscar. Hoy una llamada inesperada puede parecer casi invasiva. Incluso el lenguaje conserva rastros de esas prácticas. Todavía digo que voy a “colgar” el teléfono, aunque hace años que no cuelgo nada.

De la costumbre al recuerdo

Todas estas historias me recuerdan una expresión que escuchaba con frecuencia cuando era niño: “En mis tiempos”. Solía aparecer cuando mis papás querían explicarme cómo funcionaba algo antes de que yo naciera. La frase anunciaba una comparación y, muchas veces, venía acompañada de alguna observación sobre lo fácil que era mi vida. Lo preocupante es que últimamente me descubro pronunciándola cada vez más. A los veintiséis años, mucho antes de lo que imaginaba.

Pero comienzo a entender por qué aparece esa expresión. Las cosas que ahora debo explicar alguna vez fueron tan normales que apenas merecían atención. Nadie se levantaba por las mañanas pensando que estaba viviendo en los tiempos del casete. Tampoco yo me detenía a considerar que descargar música de Ares o ir a Blockbuster fueran costumbres propias de una época. Simplemente era la manera en que funcionaban las cosas.

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Con los años, sin embargo, lo que antes resultaba evidente comienza a despertar preguntas. Las costumbres cambian y, con ellas, también cambia lo que puedo dar por supuesto al conversar con alguien. De pronto, aquello que bastaba con mencionar ahora requiere detenerse y describir cómo funcionaba. El tiempo termina convirtiendo en anécdota lo que alguna vez fue una simple rutina.

Por eso me cuesta tanto pensar en Ratatouille como una película antigua. Para mí aún conserva la familiaridad de una memoria infantil. Para alguien nacido después de su estreno, en cambio, pertenece a un pasado que nunca conoció. Mientras mi paciente habla de ella como una película de otro tiempo, yo todavía recuerdo verla en Disney Channel.

Empiezo a comprender entonces algo de aquella expresión que antes me parecía tan propia de mis papás. Decir “en mis tiempos” es una manera de recordar un mundo que alguna vez pude habitar sin necesidad de explicarlo. Un mundo que sigue siendo familiar en mis recuerdos, aunque algunas de sus costumbres ya resulten extrañas para quienes llegaron después.

Las antigüedades del mañana

Lo curioso es que sigo viviendo rodeado de cosas que me resultan igualmente naturales. Escucho música en Spotify, converso por WhatsApp y busco información en Google o le hago preguntas a ChatGPT. Cuando era chico, no tenía ninguna de estas herramientas. Hoy las uso casi sin pensarlo. Lo nuevo tiene esa facilidad para volverse costumbre. Primero sorprende, después se instala y finalmente parece que siempre hubiera estado ahí.

Lo nuevo tiene esa facilidad para volverse costumbre. Primero sorprende, después se instala y finalmente parece que siempre hubiera estado ahí.

Me cuesta imaginar que algún día alguien pueda encontrar extrañas estas mismas prácticas. Que deba explicar por qué enviaba mensajes de voz, escribía con los dedos sobre una pantalla o pasaba media hora escogiendo una película en Netflix. Quizás me pregunten por qué había tantas aplicaciones distintas o qué sentido tenía buscar información recorriendo páginas de internet. Y yo tendré que explicarles, como mis papás alguna vez hicieron conmigo, que así era como funcionaban las cosas.

Cuando recuerdo mi infancia, puedo reconocer con facilidad las costumbres que han quedado atrás. Pero me cuesta mirar mi vida actual con esa misma distancia. Todo resulta demasiado familiar. Cuando escucho una canción o le escribo a un amigo, difícilmente pienso que estoy viviendo una época particular de la historia. Son apenas las cosas que hago durante el día. Y, sin embargo, en esa misma normalidad hay detalles que mañana serán propios de un mundo lejano.

Por eso hay algo curioso en hablar de “mis tiempos” como si fueran un lugar que dejé completamente atrás. Después de todo, sigo viviendo en mis tiempos. Solo que todavía no puedo reconocerlos como un pasado al que regresar con la memoria. Por ahora, son simplemente la vida que llevo.

Pero algún día tendré que explicar cómo era vivir hoy. Y seguramente me sorprenderá que alguien necesite preguntarlo.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram