Cuando escribo, un rastro de mí va quedando entre las palabras. Esto es ineludible. La abstracción del yo es tan solo una vana pretensión. Sin embargo, tampoco es viable creer que todo lo que se escribe corresponde a un relato autobiográfico. Hoy volví a leer algunos de los cuentos que he escrito y fue imposible no recordar todas las veces que alguien emitió un juicio de valor sobre mí a raíz de lo que había escrito. Claramente, el problema se daba porque no estaban leyendo realmente el cuento, sino que estaban intentando leerme a mí a través de él.
Escribir tiene sus reglas. No solo se trata de imaginar algo y volcarlo en un papel a ver qué tal queda. Una de ellas es no enamorarse de lo que uno escribe. Aprender a soltarlo y estar dispuesto a prescindir de aquel párrafo, frase o idea general ante la que alguien pregunta: «¿Qué quieres decir con esto?». En ese proceso eliminé conceptos y cuentos enteros. Pero ninguno de estos parámetros incluía tener que afrontar escenas de celos por alguna historia que yo había inventado.
Me vi un buen número de veces intentando explicar que yo no era la protagonista. De hecho, si en algún momento decidí ponerme como un personaje, siempre lo hice con alguno que no tenía mucha relevancia. Para ser franca, necesitaría más o menos unas cien reencarnaciones más para vivir todas las historias que he escrito. Mis explicaciones nunca fueron lo bastante convincentes y he de confesar que me resultaba divertido ver a alguien disgustado por algo que no había existido más que en mi mente, y también me sorprendía que hubiera quienes decían tener sentimientos románticos hacia alguien que no conocían. Esto me llevó a pensar en cuánto podemos llegar a conectar con experiencias ficticias a través de lo que alguien más nos narra.
No voy a negar que, cada vez que escribo, lo hago para ti. Me gusta imaginar que me lees, que tratas de descubrir quién soy, cómo pienso o cómo imagino el mundo. Pero, al mismo tiempo que la escritura muestra algo de mí, también lo oculta. Esta dinámica se genera de forma unilateral. ¿Y qué pasa cuando dos personas que escriben se leen, saben el uno de la existencia del otro, pero no se conocen realmente?
En la época en la que formé parte del taller de escritura del Banco de la República de Colombia, esta dinámica era frecuente. Intercambiábamos los escritos, fueran cuentos o poesía, y bajo este parámetro la posibilidad de que se generara mayor curiosidad por saber qué tanto había de esa persona plasmado en el papel se hacía mucho más relevante. La escritura terminó siendo el inicio de un vínculo que me resultaba bastante particular. Realmente, uno puede ir generando interés y atracción por alguien a través de leerse mutuamente.
Claro, deben influir otros aspectos, pero en aquel caso la base de todo se encontraba entre líneas. Ahí apareció la admiración del uno por el otro, no solo por el talento que tenían para escribir, sino por el juego que ello representaba. La espera del siguiente texto. Leer ávidamente en busca de un mensaje cifrado que les permitiera irse acercando desde la distancia.
El taller se impartía una vez por semana, así que durante ese tiempo cada uno de nosotros tenía el texto de alguien más para leerlo. Ellos se las ingeniaron para salirse de la dinámica aleatoria y entrar en su propia dinámica. Nadie más podía leer lo que ellos escribían.
Texto a texto se fueron descubriendo el uno al otro. Imaginaron escenas, contextualizaron personajes, dejaron al descubierto sentimientos que, al ser leídos, confunden. ¿Esto lo habrá escrito para mí? Se convirtió, de a poco, en la pregunta silenciosa. Entre más avanzaba el tiempo, más notorio se hacía el cambio en la forma en la que se trataban. Ahora los unían el amor por la escritura y una complicidad silenciosa. Por más que se esforzaron por no ser descubiertos, ante todo en aquella mesa, no lo lograron. Hasta donde supe, su intercambio literario los llevó a construir una relación, no de novela, pero sí lo bastante sólida como para decir que eran buenos compañeros de vida.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
El riesgo de este tipo de interacciones está en no caer dentro de la idealización. Podría escribir: mientras camino por las viejas calles, pisando las hojas secas de los arces, pienso en lo interesante que debe ser compartir contigo un café. Si supieras cuántas noches he imaginado que me pierdo entre tus pensamientos, quizás te animarías a buscar mi mirada entre todas aquellas personas que te leen. No se puede perder de vista que, más allá de lo que se escribe, existe alguien real, con todo y sus colores.
En el caso que vengo narrando, todo comenzó con un cuento que ella escribió y que a él le tocó leer. Y ahí su iniciativa quedó clara: para la próxima, él le pasaría a ella su escrito. Así de simple se puede armar toda una historia. Una que nadie planeó; solo nació del encadenamiento de intenciones veladas y del silencio de las miradas.
Cuando hablamos de escritura creativa, podríamos pensar que es más complejo encontrar que alguien nos habla a nosotros en particular, aunque le esté hablando al público en general, que cuando leemos textos que van más en el orden de lo experiencial. Empero, yo diría que es igual de complejo, aunque creo que es más sencillo que pueda derivar en un interés que vaya más allá del carácter informativo.
Si comenzamos a leer todo lo que esa persona escribe, primero que todo vamos a descubrir su sello particular, y ello ya nos da información. Posteriormente, nos podemos ir dando cuenta de si va cambiando en su narrativa. Si se sentía triste, molesto, melancólico o feliz cuando escribió sobre este o aquel tema. Y así, con el pasar de varios textos, podremos ir descubriendo qué le interesa, qué le gusta, cuáles son sus miedos... Todo está en leer con atención.
Leer es un viaje que nos permite transitar por las habitaciones de la mente de quien escribe. Ver el mundo a través de otra mirada, sentir la vida desde otra interpretación y, al mismo tiempo, ir creando nuestra propia versión de lo que nos transmiten. Asomarte al borde del alma de alguien a quien quizás nunca veas en persona. Buscar al escritor más allá de su imaginación, intentar desentrañar su cotidianidad. Rellenar los espacios vacíos que va dejando a propósito dentro de la narrativa. Hasta llegar al punto donde uno puede comenzar a ser parte de una historia que, aunque no nos pertenezca del todo, está ahí para ser vivida.
Leer es un viaje que nos permite transitar por las habitaciones de la mente de quien escribe.
La escritura crea una intimidad extraña que nace desde aquella lícita necesidad de sentirnos acompañados. De saber que alguien nos lee. Que, aunque lo que uno escribe no le interese a todo el mundo, siempre habrá alguien por ahí que se detendrá ante algún desatino, un concepto, un sentir o un trozo de nuestra existencia. Alguien que sonreirá, refutará, pensará o creará algo nuevo a partir de lo que está escrito. Como también estará quien nos buscará entre las líneas de un cuento, un ensayo o un poema y que, tal vez, en alguna de aquellas carambolas que suele dar la vida, se puedan encontrar lector y escritor frente a frente.
En lo personal adoro los silencios compartidos, esos que no incomodan porque se saben llenos desde el alma. Después de todo, ya nos hemos leído tanto que sobran las palabras.