Leí una columna cuyo título, en primera medida, me atrajo: "Uno se atrasa porque otro espera", escrita por Rodrigo Pantoja Manríquez. Seguramente también has visto o escuchado sobre algún tema que luego te ha llevado a pensar en ti mismo o en algunas dinámicas que, por ser cotidianas, no nos detenemos a cuestionar. Eso me pasó al leer aquel texto.

Lidiar con la impuntualidad de las personas no es ajeno para muchos de nosotros. El escritor plantea algo que va más allá de la tardanza de quien se ha habituado a que la única consecuencia que debe enfrentar es algún comentario con el que se le reprocha su impuntualidad, mientras siguen esperándolo una y otra vez.

Rodrigo Pantoja nos lleva a observar esta dinámica dentro de otros contextos cuando lo escribe así: "Uno olvida y otro recuerda. Uno posterga y otro resuelve. Uno desordena y otro recoge. Con suficiente repetición, ambas posiciones comienzan a encajar demasiado bien".

Ahora la pregunta que me surge es: ¿qué tanto terminamos soportando cuando se trata de una relación de pareja?

Y aquí es cuando me voy de viaje a mi pasado.

Recuerdo a mi primer novio. No vamos a perder de vista que la adolescencia y la madurez apenas y se conocen. En aquella época, en Colombia hicieron una campaña de ahorro energético, así que en las noches cortaban el servicio por algunas horas y mi novio desaparecía en automático y reaparecía justo cuando regresaba la electricidad.

Al principio no me resultó extraño. Yo igual pasaba las horas de oscuridad apostada en el balcón del departamento, charlando con una amiga. Sin embargo, en algún punto le dije que bien podía acompañarme él, pero de nada sirvió: la escena se repitió una y otra vez.

Pese a que no me gustaba lo que estaba pasando, yo igual lo esperaba y lo recibía apenas regresaba la energía.

Lo que para él se había convertido en comodidad, para mí era incómodo, pero era mejor fingir que lo podía soportar a tener que enfrentarme a la posibilidad de quedarme sin novio. Porque hay que ver la facilidad con que uno puede llegar a creer que el primer novio será eterno.

Claro, hay excepciones, pero en esas es mejor no fijarnos; por lo general, la norma es la que se impone.

Soy de creer que, cuando no nos gusta aceptar las señales que van apareciendo de que algo va por mal camino, estas van empeorando, como si, de un modo u otro, no pudiésemos evadir la realidad por más que intentemos engañarla.

Así que, un día, la electricidad regresó antes de lo habitual y ahí estaba él, jugando al caballero andante con una vecina que vivía diagonal a mi edificio.

Francamente, no me detuve a pensar en nada. Solo grité su nombre con tantas ganas que no quedó duda de que lo había descubierto. Él me miró, se zafó de la señorita de un empujón, bajó las escaleras y subió a mi piso más rápido que una gacela.

Cuando estuvo enfrente de mí, le dije:

—Hasta aquí llegamos vos y yo.

La infidelidad es algo que nunca he negociado. Mi mamá siempre fue clara al hablarnos del tema a mi hermano y a mí. No se lo iba a pasar por alto si nosotros llegábamos a hacerlo, ni teníamos que permitírselo a nadie. Aún no sabía de mi autismo, pero yo me tomaba de forma literal la advertencia y, sin duda alguna, las enseñanzas también.

Saltar nuestros propios limites en pro de mantener amistades, pareja o familia no suele terminar nada bien. Cuando alguien, por primera vez, nos lastima, carga con toda la responsabilidad; pero cuando esto vuelve a pasar, nos vamos convirtiendo en cómplices, así que esa responsabilidad ya es compartida.

Existen muchas razones para caer en este tipo de dinámicas: donde se justifica lo injustificable, donde perdonar equivale a quedarse o aceptar a la otra persona tal como es implica soportar todo lo que se le ocurra.

De hecho, nuestras propias carencias y miedos muchas veces nos llevan a vivir experiencias que luego nos hacen preguntarnos: ¿cómo es que terminé metida en algo así?

No siempre hay que estar dentro de una relación para dejar de reconocer la importancia de nuestro bienestar. También sucede cuando alguien se enfrenta a un amor no correspondido.

No siempre hay que estar dentro de una relación para dejar de reconocer la importancia de nuestro bienestar. También sucede cuando alguien se enfrenta a un amor no correspondido y esto me lleva a pensar en el mito de Eco y Narciso.

Muchas personas llevan en sus historias de vida uno que otro amor no correspondido. Acá no me incluyo, y no vaya a creer que es porque soy muy de buenas en el amor. Literalmente, soy de aquellas personas a las que hay que decirles: "Me gustas", porque, de lo contrario, no me entero. Esto me lleva a no generar expectativas románticas con nadie.

Punto para mi autismo.

Como venía diciendo, están aquellos amores que tan solo habitan en la imaginación y se van haciendo perfectos. Un gesto, una mirada, un detalle. La forma en que habla, camina, se mueve, su sonrisa... Todo en aquella persona va generando un sentimiento unilateral, hasta que un día se encuentra el valor.

Elige con cuidado las palabras que va a usar, las ensaya más que un dramaturgo y, cuando ya está a la altura de William Shakespeare, sale en busca de su amada.

Pero mientras va caminando, el discurso se va desvaneciendo, las manos sudan y el andar va perdiendo determinación. Aun así, continúa.

Mira su reflejo en alguna vidriera o en un auto para asegurarse de que se ve bien. Al llegar, respira hondo. A duras penas parpadea. La ansiedad le hace querer beber agua, pero no hay.

Al darse cuenta de que no queda más que vencer el miedo y que su memoria ya olvidó el discurso, dice:

—Me gustas.

La contraparte abre los ojos, levanta las cejas y sonríe por amabilidad. También respira hondo y, en algunos casos, adorna la respuesta; en otros, es más escueta. Pero al final es un:

—Yo te veo solo como amigo o amiga.

En ese preciso instante, todas las proyecciones a futuro que le habían acompañado día tras día se esfuman.

Cae el telón y aquí se abren tres caminos.

Uno corresponde a quien acepta el rechazo, procesa lo que pasó y, con el tiempo, lo convierte en una anécdota más.

El segundo corresponde a quien convierte el rechazo en una razón para insistir más, en una lucha que terminará haciendo de esta experiencia algo amargo para recordar.

Y el tercero corresponde a quienes emulan a Eco en el mito: aquellos que, ante el rechazo, terminan perdiéndose a sí mismos, convirtiendo aquello en una herida que puede llegar a impedirles mirar en otra dirección.

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Quedarse atrapados en una relación que no aporta nada bueno, bien sea porque se argumente desde un "no podría vivir sin esa persona" hasta un "me aguanto por mis hijos", de un modo u otro nos hace responsables de todo el desgaste emocional al que estemos sometidos.

Alguien decía por ahí: para estar mal no necesitamos ayuda. Y concuerdo con ello. Después de todo, uno solo puede sentirse pésimo; basta con anticipar panoramas en los que nada parece resultar, así como traer a la memoria toda clase de vivencias tristes.

Así que no tener claros los límites que, bajo ningún parámetro, vamos a permitir que crucen es una forma de decirle a la otra persona: "Me haces daño, pero puedes continuar haciéndolo".

No importa cuántas veces le digas a alguien que, si vuelve a hacer esto o aquello, todo se termina. Si no lo cumples, pierde valor.

Apuesto una pestaña a que todos hemos pasado por alto alguna conducta ajena que nos descolocó.

Ahora nos corresponde mirarnos a nosotros mismos, y no como Narciso, sino con amor, con aceptación y, desde ahí, preguntarnos en qué situaciones podemos hacer una concesión y cuáles, definitivamente, no.

Melina E. Bonello es escritora y columnista. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.

Esta columna dialoga con Pantoja Manríquez, R. "Uno se atrasa porque otro espera", publicada previamente en UpToYou.