Hay quien aprende, prematuramente, a leer el clima de otra persona antes de decir una palabra, un verdadero talento relacional diría. Es algo parecido a un instinto de supervivencia doméstico, por ejemplo, el de entrar a una habitación y calcular, en una fracción de segundo, si conviene callar, hablar de esto o aquello, si el humor permite jugar con los límites o exige formalidad. En esta línea, con el tiempo es esperable que uno deje de vivir su propia vida y empiece a "administrar" la del otro desde adentro, como quien enseña a manejar un auto sentado en el asiento del copiloto, con las manos siempre listas para corregir un volante que no le pertenece.

La paradoja, es que esto ocurre en el día a día, casi sin darnos cuenta. Lidiamos con personas que no se consideran a sí mismas controladoras, al contrario, están convencidos, con una honestidad ciega que hace todo más difícil de discutir, de que saben lo que es conveniente. Saben con quién hay que juntarse y con quién no o qué decisiones son sensatas y cuáles una pérdida de tiempo. Tienen, además, una habilidad casi artística para llevar cualquier conversación hacia el terreno que más les conviene, y una sutileza notable para imponer sus criterios sin que pareciera que los estaba imponiendo.

Nuevamente la fenomenología de Heidegger, en su libro Ser y tiempo (Trad. Rivera, 1997), nos permite profundizar aún más en el fenómeno que planteo. Describe dos formas posibles de ocuparse del otro, dos maneras de ejercer lo que llama solicitud (Fürsorge). Una de ellas, la sustitutiva, salta al lugar del otro y le quita de encima su propia carga, es decir, decide por él, resuelve por él, le devuelve el problema ya masticado, sin que haya tenido que hacerse cargo de nada. La otra, la anticipativa, no le saca al otro su preocupación de las manos, más bien le ayuda a hacerse cargo de ella, a ponerse en libertad frente a su propia posibilidad de ser.

La solicitud sustitutiva se disfraza casi siempre de cuidado, y a veces incluso lo es. El problema no es la intención, sino lo que le hace a quien la recibe, ya que lo convierte, aunque sea con el más profundo afecto, en un personaje —irremediablemente secundario— dentro de una historia que otro está narrando. A mi juicio, es en ese ceder implícito, donde se pierde algo central de la identidad de uno. Es dejar de ser el autor de la propia vida para pasar a ser, en el mejor de los casos, un personaje "bien tratado" dentro de la novela que alguien más escribe sobre uno.

Eso es, exactamente, lo que se siente al entrar a una habitación calculando el clima antes de abrir la boca. Lejos de un vivir auténtico, es actuar la versión de esa vida que otra persona necesita que uno interprete.

En este punto, es necesario hacer la pregunta de rigor de esta columna: ¿por qué ceder, no siempre calma las cosas, sino que las empeora?

Cuando uno cede, la fricción desaparece. No queda nada afuera contra qué pelear. El espejo se vuelve transparente, y detrás de un espejo transparente solo está el propio vacío, esperando a ser mirado.

Wolfgang Giegerich, el analista junguiano cuya obra viene apareciendo en estas columnas con cierta insistencia, tiene una idea base que amplía lo anterior. Para Giegerich, el alma tiene una tarea lógica, la de negar lo literal, interiorizar el conflicto, dejarlo morir como hecho externo para que pueda renacer como comprensión. Cuando alguien no puede —o sencillamente no quiere— hacer ese movimiento hacia la interioridad, necesita seguir teniendo el conflicto afuera. Necesita, literalmente, un lugar empírico donde depositarlo. Y ese lugar, muchas veces, es otra persona.

Quien asume ese lugar recibe la proyección de un conflicto que el otro no logra mirar hacia adentro ni más allá de las narices de su propio malestar inmediato. Mientras haya resistencia, discusión, queja, hay fricción, y esa fricción cumple una función esencial, concretamente le da a quien la ejerce algo externo que explique su propio malestar. Cuando uno cede, la fricción desaparece. No queda nada afuera contra qué pelear. El espejo se vuelve transparente, y detrás de un espejo transparente solo está el propio vacío, esperando a ser mirado.

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Sin duda, nadie quiere mirar ese vacío, por lo que, en vez de mirarlo, aparece sucesivamente un nuevo reclamo. Un tema viejo desenterrado justo a tiempo, una incomodidad contextual o cambio de opinión de último minuto…etc. Cualquier cosa que devuelva la fricción y postergue un poco más el encuentro con uno mismo.

Los reclamos que llegan justo después de ceder no son, probablemente, actos deliberados de crueldad. Corresponden a una dinámica que se resiste a que los fenómenos se cierren. Aparecen exactamente en el umbral donde el orden empieza a instalarse y lo desordenan de nuevo, porque algo todavía no está en condiciones de resolverse.

Eso no vuelve la experiencia menos dolorosa para quien la recibe, pero cambia por completo lo que se puede hacer con ese dolor. Deja de ser un problema personal —"qué hice mal, por qué nunca es suficiente"— y se revela como una estructura que se repite con una regularidad casi mecánica, independiente de cuánto uno se esfuerce en complacer.

No es el deber ético de nadie resolver ese vacío ajeno cediendo cada vez más terreno propio. La solicitud sustitutiva heideggeriana, cuando viene de otro, es difícil de frenar. No obstante, también se puede ejercer sobre uno mismo, en sentido inverso, entregándole a alguien más la autoría de la propia historia, con la esperanza de que, si se cede lo suficiente, la paz por fin llegue.

Lamentablemente, no llega así. Una paz que depende de que uno desaparezca un poco cada vez no es paz, es una tregua que dura exactamente hasta que el conflicto necesita volver a desplegarse.

Lo que sí puede llegar, toda vez dispuestos a realizar un sacrificio consciente y sostenido en el tiempo, es dejar de ofrecerse como el lugar u ofrenda donde el otro deposita lo que no quiere mirar, y quedarse en cambio, escribiendo la propia historia, aunque eso signifique que la relación tenga que encontrar otra forma, o en el peor de los casos, no encontrarla.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026. Esta columna dialoga con Heidegger, M. (1997). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Universitaria.; y con Giegerich, W. (2005). The Soul Always Thinks. Spring Journal Books.