Durante estos días Chile se hace notar. Aparecen banderas en las ventanas, volantines, canciones que apenas escuchamos el resto del año, comidas que reconocemos como propias y una serie de gestos con los que volvemos a poner en escena aquello que somos. Es como si septiembre nos permitiera dibujar por unos días un contorno más nítido del país. Nos envolvemos en colores, símbolos, recuerdos y relatos capaces de reunir bajo un mismo nombre experiencias bien distintas.

Hay algo tranquilizador en ese reconocimiento. Durante septiembre resulta relativamente fácil saber dónde mirar para encontrarnos. Una bandera, un baile o una mesa compartida pueden devolvernos imágenes en las que reconocemos algo propio. Pero una comunidad puede reconocerse y, al mismo tiempo, no tener demasiado claro qué hacer consigo misma. Los símbolos permiten decir quiénes somos, pero dicen bastante menos acerca de qué esperamos llegar a ser.

Esa diferencia importa porque vivir juntos exige también alguna forma de orientación. Hay esfuerzos que solo pueden sostenerse si parecen conducir hacia alguna parte, y renuncias que solo adquieren sentido cuando sabemos en nombre de qué las hacemos. Necesitamos distinguir qué merece ser cuidado, qué puede justificar una espera y hacia dónde vale la pena dirigir aquello que hacemos. En definitiva, necesitamos que algunas cosas lleguen a importarnos lo suficiente como para ordenar las demás.

Pensando en este asunto, llevo varios días escuchando insistentemente Deseo, carne y voluntad, de Candelabro. El disco está lleno de palabras e imágenes que alguna vez ofrecieron una forma de ordenar la vida. Dios y el pecado, ángeles y cálices; pero también referencias a la democracia, el trabajo y la promesa de una vida mejor. Pero junto a todo eso aparecen los guetos verticales de Estación Central, cuerpos cansados y personas que vuelven a levantarse para seguir trabajando.

Ahí aparece una tensión extraña. Las grandes palabras siguen ahí y todavía conservan algo de la fuerza con que aprendimos a pronunciarlas, pero la experiencia que deberían ordenar parece cada vez menos dócil a sus promesas. La religión mantiene sus símbolos, la política conserva sus ideales y nuestra vida cotidiana continúa organizándose alrededor de expectativas heredadas. Lo incierto es cuánto pueden sostener hoy aquello que vivimos.

Sin mar ni horizonte ni sol

Se me hace imposible reflexionar sobre este asunto sin volver a Nietzsche. En La ciencia jovial, Nietzsche pone el anuncio de la muerte de Dios en boca de un loco que irrumpe en el mercado con una linterna a plena luz del día. Llega buscando a Dios, rodeado precisamente por personas que han dejado de creer en él. Ellos se ríen porque, para ellos, Dios simplemente ha dejado de ocupar el lugar que alguna vez tuvo.

El loco, en cambio, no ríe. Con preocupación y desesperación anuncia que hemos matado a Dios y pregunta cómo pudimos bebernos el mar, quién nos dio la esponja para borrar el horizonte y qué hicimos al desprender a la Tierra de su sol. La muerte de Dios aparece así como algo mucho más profundo que el abandono de una creencia. Lo que se pierde es el punto respecto del cual muchas otras cosas encontraban su lugar.

Beberse el mar arrasa el espacio sobre el cual todavía era posible navegar; borrar el horizonte elimina aquello respecto de lo cual podíamos reconocer una dirección; desprender a la Tierra de su sol significa perder un centro capaz de ordenar el movimiento, dar luz y volver visibles las cosas. Nietzsche parece preguntarse qué sucede cuando desaparecen esas referencias que, sin ocupar cada instante de nuestra atención, permitían que el mundo conservara cierta orientación.

Por eso el loco habla de una caída continua, de un desplazamiento sin arriba ni abajo y de un errar por una nada infinita. Se vuelve incierto incluso desde dónde formular las preguntas que permanecen. Durante siglos, muchas de esas cuestiones habían encontrado en Dios un punto último de referencia. De él dependía, en buena medida, qué merecía ser perseguido, qué podía exigir un sacrificio y qué permitía distinguir una vida lograda de una desperdiciada.

Pero hay, además, algo especialmente inquietante en la escena. El loco termina comprendiendo que ha llegado demasiado temprano. La muerte de Dios ya ha ocurrido, pero sus consecuencias todavía están en camino. Se puede haber dejado de creer mucho antes de aprender a vivir en un mundo sin Dios.

Ese desfase se escucha en Deseo, carne y voluntad. Los símbolos no desaparecen cuando aquello que los sostenía empieza a debilitarse. Permanecen los significantes religiosos, los rituales, las expectativas y también la necesidad que alguna vez encontró respuesta en ellos. Seguimos heredando formas de nombrar el bien, el sacrificio, la esperanza o el futuro, aunque ya no podamos descansar en ellas con la misma tranquilidad.

La caída de los metarrelatos

Buena parte de la modernidad buscó nuevas formas de devolverle una dirección a la historia. Si la religión había situado la existencia dentro de un orden que la trascendía, palabras como progreso, emancipación, desarrollo o revolución volvieron a disponer la vida alrededor de una promesa. La historia podía avanzar y, con ella, también nosotros.

Jean-François Lyotard llamó metarrelatos a esos grandes discursos. Además de explicar de dónde venimos, estos relatos legitimaban prácticas, instituciones y sacrificios al situarlos dentro de un proceso mayor. Así, una dificultad podía adquirir el carácter de una etapa, una renuncia convertirse en sacrificio y una espera sostenerse como expectativa si algo al final del recorrido parecía capaz de justificarlas.

Estudiamos durante años porque imaginamos una vida que ese esfuerzo hará posible. Una familia acepta ciertas privaciones esperando que sus hijos vivan mejor. Una sociedad atraviesa transformaciones difíciles porque confía en que forman parte de un proceso de democratización, desarrollo o mayor justicia. En todos esos casos, el futuro actúa sobre el presente antes de haber llegado. Le presta una dirección.

El problema aparece cuando esa relación comienza a volverse incierta. Lyotard describió la condición posmoderna a partir de una creciente incredulidad frente a los metarrelatos. Sus ideales pueden seguir circulando mucho después de que se haya debilitado la confianza en el destino que prometían. Seguimos hablando de progreso, mérito, movilidad social, crecimiento o democracia, aunque resulte cada vez menos claro qué clase de futuro podría desprenderse de esos discursos.

Y cuando esa promesa pierde credibilidad, también cambia el modo en que vivimos el presente. Estudiar durante años puede no conducir al trabajo esperado; trabajar ya no asegura una vivienda; el crecimiento económico puede convivir con vidas que siguen sintiéndose precarias; una elección puede despertar expectativas de transformación que luego parecen encontrarse con los mismos límites. El esfuerzo continúa, pero se vuelve menos claro hacia dónde conduce.

Ahora ya no dudamos solo de las promesas. También empieza a deteriorarse la confianza en los relatos que vinculaban nuestras acciones con algún desenlace. Incluso ese "futuro esplendor" que alguna vez pudo nombrar una dirección común empieza a volverse difícil de imaginar.

En Fracaso, después de la decepción con las ideas y con la esperanza depositada en la democracia, todo termina reduciéndose a una petición mínima: "dame algo en que creer".

En ese punto Deseo, carne y voluntad adquiere buena parte de su fuerza. El disco todavía habita esas promesas. Las conoce, las hereda y no termina de renunciar a ellas. Por eso su desgaste puede doler. En Fracaso, después de la decepción con las ideas y con la esperanza depositada en la democracia, todo termina reduciéndose a una petición mínima: "dame algo en que creer".

La frase pide muy poco y, al mismo tiempo, demasiado. Busca algo que permita volver a proyectarse; alguna razón para pensar que aquello que hacemos hoy todavía puede conducirnos hacia un lugar que justifique el esfuerzo.

Sostener sin resolver

Fracaso deja su petición suspendida. "Dame algo en que creer" es un ruego dirigido hacia afuera. La voz todavía espera que alguien le devuelva cierta consistencia al mundo. Y el disco continúa, pero Dios no vuelve cómodamente a su trono, la política no recupera la capacidad de prometer un destino y ninguna revelación consigue reunir todo lo vivido bajo una explicación definitiva.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

En Cáliz, la posición de súplica cambia. "Soy yo quien pregunta, soy yo quien responde esta vez". Quien antes pedía algo en qué creer asume ahora la tarea de responder. La ausencia de una garantía exterior devuelve la pregunta a quien la formula.

Para pensar esta respuesta, la canción ofrece una imagen. Un cáliz puede recibir algo, darle un borde y mantenerlo reunido sin alterar aquello que contiene. La respuesta de esta vez adquiere una forma similar. Puede sostenerse y evitar que la experiencia se derrame, aunque no resuelva de una vez y para siempre la pregunta que la hizo necesaria.

Nietzsche utiliza una expresión particular para pensar algo parecido cuando habla de aquello que puede ser "ilusorio y, sin embargo, sólido". La ausencia de un fundamento último no vuelve necesariamente frágil todo cuanto construimos. Un valor puede orientar sin presentarse como eterno; un proyecto puede comprometer una vida sin prometer que la historia terminará dándole la razón; una relación puede merecer cuidado aun sabiendo que ninguna certeza la protege de su pérdida.

Lyotard permite pensar algo parecido en el terreno colectivo. La caída de los metarrelatos no deja necesariamente un vacío. Cuando pierde fuerza la pretensión de reunir la historia entera bajo un mismo relato, cobran importancia formas más acotadas de orientación: relatos locales, limitados y revisables, ligados a problemas, comunidades y formas de vida concretas.

Precisamente porque no pretenden abarcarlo todo, esos relatos pueden permanecer cerca de las prácticas que organizan. Un proyecto común puede comprometer a quienes lo sostienen sin anunciarse como destino de la humanidad. Puede ordenar el presente, repartir responsabilidades y abrir un futuro cercano, aun sabiendo que habrá otros relatos a su lado y que sus acuerdos deberán volver a discutirse.

El cáliz permite pensar justamente esa escala. No contiene el mundo, apenas aquello que cabe en él. Quizás creer, después de la caída de ciertas certezas, se parezca menos a encontrar una explicación definitiva que a decidir qué estamos dispuestos a mantener en pie sin una garantía última.

Desde ahí, el título Deseo, carne y voluntad adquiere otra resonancia. El deseo abre algo que todavía falta y mantiene una dirección incluso cuando no sabemos si llegará a cumplirse. La carne carga con el cansancio, la necesidad, el dolor, el placer y la precariedad que ninguna explicación consigue volver completamente transparentes. La voluntad permite continuar cuando el movimiento ya no puede descansar únicamente en la promesa de un desenlace. Ninguna devuelve el fundamento que Fracaso había pedido. Pero entre las tres aparece una manera de seguir haciendo algo con las condiciones en que nos toca vivir.

Habrá que levantarse a construir

Candelabro recoge algo profundamente reconocible de este país: las grandes palabras pierden autoridad, pero seguimos viviendo dentro de ellas. Trabajamos, esperamos, votamos, estudiamos, nos endeudamos, volvemos a intentarlo. La vida sigue aunque no tengamos claro en qué creer.

Visto así, septiembre aparece de otra manera. Durante unos días, Chile parece fácil de reconocer. Pero cuando el mes termine y sus símbolos pierdan presencia, quedará la parte menos visible de una vida común. Habrá que decidir qué hacemos con aquello que compartimos, qué merece seguir siendo cuidado cuando hacerlo cuesta y qué promesas todavía justifican un nuevo intento.

Fracaso advierte que "habrá que levantarse a construir". Después del 18, el desafío será construir algo que tenga sentido cuando las banderas vuelvan a guardarse.

Referencias

Candelabro. (2025). Deseo, carne y voluntad [Álbum]. Registro Móvil.

Lyotard, J.-F. (2006). La condición postmoderna: Informe sobre el saber (M. Antolín Rato, Trad.). Cátedra.

Nietzsche, F. (2014). Humano, demasiado humano. En D. Sánchez Meca (Ed.), Obras completas. Volumen III: Obras de madurez I. Tecnos.

Nietzsche, F. (2018). La ciencia jovial (J. Jara, Trad.; 2.ª ed.). Editorial UV.

Orellana, S., & Pérez, P. (2025, 8 de octubre). Candelabro desalambra tema por tema su nuevo disco, "Deseo, Carne y Voluntad". La Rata.

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram