Buscamos una foto que alguna vez tomamos con el celular. No recordamos la fecha exacta, aunque tenemos una vaga idea de dónde podría estar. Empezamos a retroceder por la galería y aparecen selfies borrosas, distintas versiones del mismo paisaje, capturas de aquel chat polémico, veinte fotos de un perro durmiendo la siesta, memes, comprobantes de transferencias, videos que alguien mandó por WhatsApp y platos que ya ni siquiera recordábamos haber preparado. La foto que buscamos, por su parte, no aparece.
Sabemos que está por ahí. Pero entre tantas carpetas y archivos, la imagen quedó perdida entre miles de registros cuyo origen tampoco recordamos demasiado bien.
Algo similar ocurre con la música. Tenemos acceso inmediato a cualquier canción que se nos venga a la cabeza, aunque muchas veces no alcanzamos a escucharla completa. A los pocos segundos recordamos otra, la cambiamos, dejamos sonando una playlist y, al cabo de un rato, ya ni siquiera sabemos qué estamos reproduciendo. La música puede acompañarnos durante horas sin que hayamos estado realmente con ella.
La misma lógica alcanza incluso a algo tan sencillo como preparar un café. Basta con poner una cápsula y pulsar un botón. Es rápido, cómodo y nos permite ordenar el mesón mientras la máquina termina el trabajo. En pocos segundos la taza está lista y apenas advertimos lo que ocurrió entre medio.
En las tres escenas, las cosas no faltan. Las fotografías están guardadas, la música sigue sonando y el café llega a nuestras manos. Sin embargo, nuestra relación con ellas parece volverse más tenue. Producimos registros sin recordarlos, escuchamos sin detenernos y obtenemos lo que deseamos antes de que alcance a desplegarse una experiencia.
Nada de esto resulta problemático por sí mismo. La dificultad aparece cuando esa manera de relacionarnos con las cosas deja de ser una opción y se convierte en la única que toleramos. Todo lo que exige algunos minutos de preparación o dedicación comienza a parecer innecesariamente complicado. El tiempo que separa el deseo de su satisfacción se vive entonces como un desperfecto que todavía no hemos logrado eliminar del todo.
Un presente fragmentado
Byung-Chul Han sostiene en El aroma del tiempo que nuestra crisis temporal no se debe únicamente a que vivamos demasiado rápido. La prisa vendría a ser apenas el síntoma de una enfermedad que nos ha hecho perder la capacidad de enlazar los momentos, darles una dirección y permitir que duren.
El scrolling ofrece una de las escenas más claras de esta experiencia. Podemos pasar horas mirando la pantalla y quedar con la extraña sensación de que en ese rato no ocurrió nada. Hubo videos, historias, memes, tutoriales, noticias y polémicas, pero todo quedó suelto, desparramado por las redes. Cada estímulo ocupa durante unos segundos el presente y enseguida cede su lugar al siguiente. Han habla de una atomización del tiempo: una sucesión de instantes que no alcanzan a articularse en una experiencia con continuidad.
Quizás por eso ciertas prácticas conservan hoy un atractivo particular. Una cámara con rollo solo ofrece una cantidad limitada de disparos. Luego toca esperar. La imagen no aparece de inmediato en la pantalla, disponible para ser revisada, corregida o descartada. Entre el instante en que se presiona el obturador y el momento en que finalmente vemos la fotografía queda abierto un intervalo.
Y no es un intervalo que garantice una fotografía de mejor calidad. Es un espacio que instala una espera, un interludio que habilita un proceso, una pausa que da lugar a la expectativa y a la sorpresa. Cuando finalmente aparece la fotografía, ese mismo intervalo permite una distancia respecto al momento en que fue hecha.
Con el teléfono sucede algo distinto. Podemos sacar veinte fotos casi idénticas, elegir una, publicarla y olvidarla antes de que termine el día. Hemos conservado el momento, pero sin darle el tiempo suficiente para convertirse en recuerdo. Incluso miramos la imagen antes de haber terminado de observar aquello que queríamos fotografiar.
El vinilo introduce otra clase de resistencia. Hay que elegir un álbum, sacarlo de su funda, limpiar el polvo y apoyar la aguja. Las canciones tienen un orden específico que el formato invita a respetar. Al terminar un lado, la música se detiene y hay que intervenir para que continúe.
Ese gesto parece insignificante, pero devuelve a la escucha una forma que las plataformas tienden a borrar. El álbum comienza, atraviesa una secuencia, aparece un silencio entre sus caras y finalmente la música se acaba.
Siempre hay otra canción, otra fotografía, otro capítulo, otra publicación. La abundancia puede parecer lo contrario de la carencia, pero también genera una forma particular de vacío.
En las plataformas, en cambio, el final se vuelve cada vez más difícil de ubicar. Termina una canción y de inmediato se reproduce otra. Después suena una recomendación, una playlist creada especialmente para ti o una selección infinita que promete acompañarnos durante el resto de la jornada. La música sigue de fondo hasta que nos aburrimos o alguna otra cosa llame nuestra atención. Rara vez termina. Simplemente la abandonamos.
Darle forma al tiempo
Han advierte que la aceleración se relaciona con nuestra dificultad para concluir. Cuando nada encuentra un final, el presente queda abierto hacia una sucesión interminable. Siempre hay otra canción, otra fotografía, otro capítulo, otra publicación. La abundancia puede parecer lo contrario de la carencia, pero también genera una forma particular de vacío. Nada se acaba y, por lo mismo, nada alcanza a adquirir contorno.
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En medio de la premura y de esa sucesión que nunca parece cerrarse, preparar manualmente el café puede devolverle al tiempo una forma. Se pesan los granos, se escucha el molino, se calienta el agua y se espera mientras el café atraviesa lentamente el filtro. Sin embargo, este procedimiento no es una rebelión contra la productividad ni una ceremonia capaz de devolvernos una existencia auténtica. A veces es solo una manera innecesariamente complicada y costosa de obtener cafeína.
Aun así, ese breve ritual puede cumplir una función. La preparación marca una transición entre el sueño y la mañana, entre estar en casa y comenzar a trabajar. El aroma llega antes que el primer sorbo y anuncia que algo está por suceder. El café organiza así un pequeño umbral.
Para Han, los intervalos poseen una riqueza que la búsqueda de inmediatez tiende a ignorar. Bajo apuro, el camino entre el punto de partida y la meta parece un trayecto inútil. Al concederle tiempo, ese mismo camino puede preparar, transformar o incluso dar sentido a aquello que esperamos. Cuando todo debe estar disponible aquí y ahora, desaparece ese espacio intermedio, dejando únicamente la ausencia y la presencia inmediata, como si nada valioso pudiera ocurrir entre ambas.
Ahora bien, esto no significa que las cámaras análogas, los vinilos o las cafeteras manuales sean objetos filosóficamente superiores. Podemos comprar un tocadiscos para dejarlo acumulando polvo, preparar café mirando el teléfono y utilizar una cámara con rollo para producir fotografías destinadas a Instagram. La demora también puede convertirse en un artículo de consumo, una marca de estatus o una pose esnob. El mercado aprendió hace tiempo a vendernos la ilusión de haber escapado de él.
Por otro lado, no es que las tecnologías condenen nuestras experiencias a la distracción. Una fotografía tomada con un teléfono puede permanecer con nosotros durante toda una vida; un álbum puede ser escuchado con atención en Spotify y una taza de café instantáneo puede beberse sin prisa.
Lo decisivo no depende de si la foto fue tomada con un celular o una cámara analógica, ni de la lentitud por sí sola. Importa que el tiempo alcance a adquirir forma y duración. Una fotografía que comienza antes de la captura y continúa después de ella; una escucha que recorre un álbum hasta su última canción; un café que pasa por la molienda, la extracción y el primer sorbo. Cada una de estas experiencias traza un comienzo, un desarrollo y un final en medio de un presente que tiende a dejarlo todo abierto.
Cuando una experiencia adquiere esa forma, tampoco desaparece por completo al concluir. Deja un espesor, una huella desde la cual puede volver. Por eso, al reencontrarnos con ciertas fotografías, reaparece mucho más de lo que cabía en el encuadre: el calor de aquella tarde, la conversación que estábamos teniendo, la persona que caminaba a nuestro lado, el lugar al que fuimos después. Si una imagen puede devolvernos todo eso, es porque quedó enlazada a una experiencia que no se agotó en el instante.
Han encuentra en el aroma una imagen para ese tiempo que no se vacía mientras transcurre. Como el incienso que llena el espacio a medida que se consume, una experiencia puede extender su duración, reunir sus distintos momentos y dejar tras de sí algo más que una sucesión de instantes desaparecidos. Recuperar ese aroma exige algo más que detenerse o rodearse de rituales cotidianos. Exige que el presente no se vuelva desechable mientras todavía lo estamos viviendo.
Por eso ciertas prácticas vuelven a atraernos en una época organizada por la inmediatez. Su atractivo no reside tanto en la promesa de una fotografía más cuidada, un sonido más fiel o un café más sofisticado. Frente a una vida que nos obliga a saltar de una cosa a la siguiente, abren la posibilidad de que una experiencia se despliegue, alcance consistencia y encuentre un final.